DE LA ESTUPIDEZ HUMANA. EL CINE DE LOS HERMANOS COEN (I)

the-man-who-wasn-t-there-originalDesde unos inicios, ya lejanos, allá por la década de los ochenta, la filmografía de los hermanos de Minnesota ha venido redundando, como suele ser habitual dentro de las fórmulas autorales, en una serie de planteamientos narrativos y estéticos que si bien, debieron resultar ajenos a los imperantes dictados de las grandes majors, confluyeron después,- seguramente debido al éxito cosechado por los diferentes festivales europeos-, en un solapamiento de las etiquetas que dio lugar, entre otros, a títulos como El hombre que nunca estuvo allí (The Man Who Wasn’t There , 2001) Crueldad Intolerable ( Intolerable Cruelty, 2003) o la más reciente, e igualmente inclasificable No es país para viejos (No Country For Old Men, 2007).

Que el espíritu cinematográfico de estos dos oriundos del Medio oeste haya permanecido intacto tras su abismal absorción por los grandes estudios, dice mucho de unos cineastas que, y salvo en el caso de Crueldad Intolerable, han firmado, editado y dirigido todos y cada uno de sus trabajos. Joel (Coen) en labores de dirección y Ethan (Coen) en las de producción y montaje, han escudriñado, con lucidez y humor cáustico, una América que perece bajo el poderoso influjo de la idiotez. Así, la imbecilidad alcanza del mismo modo al Walter Sobchak de El gran Lebowski (The Big Lebowski, 1998) y al miserable vendedor de coches que da vida William H. Macy en Fargo, (íd., 1996). No es la idiotez un hecho aislado en el cine de los Coen, es, más bien, una fuerza que todo lo envuelve y que acaba por aniquilar, podría decirse, casi de forma determinista, a unos personajes disminuidos por la fatalidad.

El universo Coen está poblado de seres esperpénticos y estúpidos; por eso, el punto central de este estudio, tiene como núcleo, la constante preocupación de los cineastas por señalar, la siempre inevitable ridiculez, falta de inteligencia y valga la redundancia, estupidez galopante, del homo contemporaneus.

EL DESTINO FATAL DE AMÉRICA

El periplo hacia la idiotez comienza en Arizona en el año 1984. Un narrador que luego veremos ataviado de riguroso uniforme tejano, reflexiona sobre la condición humana. Diserta, mientras contemplamos los vastos horizontes del desierto, sobre un mundo poblado de quejicas. La sangre corre deprisa en esta ópera prima que dará a los Coen el reconocimiento suficiente para abordar su siguiente proyecto. Sangre Fácil (Blood Simple, 1984) pone ya las bases de lo que estará por llegar; esto es: radiografía de la América paleta, preciosismo en la construcción de imágenes y mucha, mucha mala suerte.

Abonados a la Ley de Murphy, los Coen piensan que si algo puede salir mal, saldrá mal. Por eso, los sufridores personajes de Fargo acaban sumidos en una vorágine de acontecimientos que terminará por destruirlos, encarcelarlos o empujarlos, con la mandíbula desencajada, a las heladas estepas de Minnesota.

Algo parecido le ocurría al Ed Crane de El hombre que nunca estuvo allí. Un tipo que atrapado en una vida monótona, acabará envuelto en una trama que parece empeñada en conspirar contra él. Los Coen redactan los destinos de sus criaturas como un demiurgo castigador. La pequeñez a la que quedan reducidos los seres de sus películas denota la fragilidad y el peso con el que en ocasiones, la vida, se empeña en destruirnos.El acto nimio y primigenio con el que suelen comenzar sus tramas (ya sea el descubrimiento de un CD en una mochila olvidada, recuperar una alfombra orinada o el ocultamiento de una infidelidad) hacen que de una acción irrelevante, se derive toda una amalgama de fatalidad y desastre.

Pero los Coen no poseen un espíritu trágico, no conciben la estructura de sus filmes como lo haría Sófocles. Los Coen, con su característico humor, reivindican un determinismo cínico y brutal. No hay espacio para la reflexión y la hondura del drama griego. A pesar de sus escarceos con Homero en O Brother!, ( O Brother, Where Art Thou?, 2000) los dos hermanos   –o el director bicéfalo, como son conocidos entre el ambiente de Studio- guardan siempre una mirada fría y distante. No miman a sus personajes ni los justifican; al contrario, se recrean con marcada mala baba, en el sufrimiento vital de estos.

GEOGRAFÍA DE LA SANDEZ

Minnesota, Los Ángeles, Washington

Tres, de las diecinueve –si incluimos las colaboraciones en los films de episodios Paris je t’aime (íd, 2006) y A cada uno su cine (Chacun son cinéma ou Ce petit coup au coeur quand la lumière s’éteint et que le film commence, 2007) películas rodadas por Joel y Ethan Coen, ejemplifican a la perfección, y como un tríptico de paisajes entrelazados por una misma temática, la representación del mundo idiota. Con Fargo, (íd, 1996) El gran Lebowski (The Big Lebowski, 1998) y Quemar después de leer (Burn After Reading, 2008) la hipóstasis de la estupidez humana se desarrolla hasta alcanzar el paroxismo con el filme protagonizado por George Clooney.

Es en esta última cinta donde más claramente se expone lo intrascendente de los actos humanos. Además, los Coen sitúan la acción, -lo que es todo un acierto- entre los ilustres decorados de las altas esferas; esto es: la Agencia Central de Inteligencia.

Los inútiles personajes de Quemar después de leer, corretean por la Embajada de Rusia, sin comprender muy bien qué están haciendo. Salen de un lío para meterse en otro poniendo mientras tanto, y sin saberlo, la propia vida en juego. La frialdad con la que los Coen se asoman al asesinato y la aniquilación del ser humano, pone de manifiesto una filosofía que anda más cerca del pensamiento, pongamos, de un Schopenhauer con plena conciencia de lo indiferente que le resulta a la naturaleza, la desaparición del individuo, que a una filosofía trascendental. Por eso, los crímenes que pueblan la filmografía de los Coen, son tan rápidos y furtivos como la expiración de una hormiga que pisamos por accidente. No hay llanto, ni lamento. La muerte se consume rápido y bajo una pátina terrible de patetismo.

La mirada irónica con la que los Coen escriben sus personajes, queda patente en la creación del  antihéroe ridículo al que da vida George Clooney.

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Recordemos que Harry Pfarrer es un policía infiel que a su vez, es engañado por su mujer. Él no lo sabe y por eso interpreta a un hombre hipócrita, vanidoso y que, a la larga, disfruta visionando comedias ligeras en cualquier multisala de centro comercial. La forma de reír que tienen estas criaturas, de moverse, sus preocupaciones siempre banales, demuestra, una vez más, lo esperpéntica y miserable que es para los Coen, la condición humana.

Además, a lo largo del metraje, vemos a Clooney trabajando en el sótano de su casa en lo que, probablemente sea, un artefacto ingenioso, militar (está tramando algo importante) pensará el espectador. Clooney se pasea por las grandes superficies comerciales comprando material de construcción. Lo vemos soldar y encolar; virutas ardiendo escapan del soplete que maneja con maestría. Nada nos hace presagiar que en el fondo, se trata de un sillón con vibrador para sorprender a sus amantes en cualquiera de sus citas furtivas.

Este tipo de comportamiento humano, es el que los Coen nos presentan con clara intención paródica. El humor, apenas subrayado, permanece oculto y, a falta de una familiarización con el universo de los cineastas, una película tan inteligente como Quemar después de leer, se aparece, a ojos del espectador común, como una idiotez sin gracia.

Es lo que tiene escribir sobre idiotas, uno corre el riesgo de parecer uno de ellos. No es la estupidez coeniana una idiotez como la que nos proponen, por ejemplo, los Farrelly. Mientras que estos se concentran en una estupidez pueril y escatológica, casi de pre púber obsesionado con el chiste sexual, los Coen, mucho más sofisticados, presentan la broma con trabajada sutilidad. Su radiografía abarca una total desesperanza para con sus congéneres.

El ser humano, a falta de objetivos vitales, se esfuerza en buscar, siempre fracasando, razones con la que rellenar su estancia en la Tierra.

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