REFLEXIONES DESCAFEINADAS SOBRE EL CINE DE ÉRIC ROHMER REDACTADAS BAJO LA SOMBRA DE UN NARANJO

tumblr_m6r171vTIq1qg215co1_500No importa lo mucho que uno se esfuerce, las leyes de la atracción, son siempre ingobernables. Puedes empeñarte, poniendo todo tu cuerpo, (y el resto de alma) en convencer a alguien de los incontables atributos que te visten. Te empeñas, dejándote la sangre por el camino, en promocionarte como aquellas azafatas del Precio justo que, exhibiéndose junto al producto, nos convencían de las increíbles ventajas de adquirir una lavadora de serie. Así, nosotros mismos somos también objetos de consumo. Nos ponemos camisa limpia, perfume y tacones que disimulen nuestra limitada posición en el mundo. Falseamos estados de ánimo y fingimos voz timbrada con la intención de seducir al vecino.

Las leyes de la atracción, sin embargo, no entienden de embelecos.

La ley de la atracción nos empareja, la mayor de las veces, de manera caótica, imbécil. Nos preguntamos qué desquiciado arquitecto pudo crear dichos códigos de afinidad. Esto lo expresa muy bien el cine de Woody Allen. Fulanita está enamorada de Menganito, que a su vez quiere a Perengana, quien está casada y duda si quedarse con Mengano o por el contrario lanzarse en brazos de Zutano, quien desde fuera, y con mirada timorata, observa el confuso mundo de las relaciones.

Puede uno arrodillarse y poner un piso en la playa, que si la ley de la atracción no ha calado en la mente del sujeto a seducir, poco o casi nada podrá hacerse al respecto. Por otro lado, están los amores ofuscados; este tipo de amores, son propios de ilusos o de quienes viven eternamente esperanzados. Los amores ofuscados luchan contra el absurdo sin comprender que el asunto es, para qué negarlo, un imposible. Estos enamorados del amor ofuscado, siguen depositando una fe ciega en alguien que, y a pesar de demostrarse ruin, miserable y mezquino, continua siendo para ellos, objeto de ciega adoración. El ofuscamiento, afortunadamente, tiene fecha de caducidad, y lo siguiente (entrando en patologías), es el amor obsesivo.

LE_GENOU_DE_CLAIRE

LE_GENOU_DE_CLAIRE (Photo credit: islandlife)

El cine de Eric Rohmer suele transitar los senderos de las atracciones malogradas. En sus películas, por lo general, nunca pasa nada. Al menos, la acción cinematográfica, tal y como la entendemos en occidente, es inexistente. Sí hay, y en el caso de las películas estrictamente rohmerianas, ejemplos incuestionables de cómo estas leyes, moldean los espíritus humanos.

Los entes creados por el director francés podrían ser cualquiera de nosotros. Podrías ser tú, o el vecino. Los personajes que pueblan sus filmes, aunque casi siempre pedantes de alta  alcurnia, presentan taras universalmente humanas. Todos se mueven en espacios vacacionales; playa, montaña, ciudad; y pasan el tiempo conversando sobre sentimientos que no comprenden. Actúan y se acuestan con éste, o con aquel, y después, farfullan que no están satisfechos, que en realidad quieren a otro, y claro, eso viene a joder mucho al tipo de amor ofuscado.

Delphine, la protagonista de El rayo verde, pasa el verano lloriqueando porque, tras dejarlo con su novio, se ha quedado arrojada a los vientos de la inercia. Se larga al apartamento que una amiga le ha dejado en la playa y se aburre, visita a una antigua compañera que pasa el fin de semana en familia y se aburre. Vuelve a la ciudad y toma café en terrazas pero, inevitablemente, se aburre. Delphine no alcanza a atenuar esa incómoda sensación de soledad si no es con un nuevo compañero de juegos. Y no es que Delphine carezca de oportunidades, los pretendientes sobran; sin embargo, dadas las reglas de la atracción, y aun sabiendo que todos los hombres tienen brazos, a Delphine no le sirve cualquiera. Las conexiones emocionales son complejas.

Presenciar esto puede resultar aburrido. El espectador quiere que la chica conozca chico y se enamore. Qué le vamos a hacer, la vida se parece, más de lo que debería, al cine de Rohmer. En una escena de La noche se mueve, el personaje de Gene Hackman aseguraba que visionar una película del director francés es como ver crecer una planta. En el lenguaje cinematográfico, a este fenómeno se lo denomina Tiempo muerto. Vivir consiste de hecho, en una interminable sucesión de tiempos muertos. Los tiempos muertos pueblan la filmografía de Rohmer y la vida misma. Escuchar como gotea un grifo, observar desde la ventana la caída de la tarde, remolonear en el sofá maldiciendo la programación…Delphine siente el tiempo dilatándose ante sus narices y lo máximo que puede hacer es sentarse a leer un libro. A veces, la lectura, puede resultar reconfortante en este sentido. Aunque esta lectura sea una novela como El idiota << ¿Soy una idiota, verdad?>>  se pregunta Delphine con el libro entre las manos <<Soy una idiota por ser incapaz de arrojarme en brazos del amor>>. Sin embargo, Dostoievski no puede contestar a eso, porque entre otras cosas, Dostoievski no tuvo espacio para los tiempos muertos.

De vez en cuando, Delphine mira hacia un lado, y hacia el otro. Tal vez, por la derecha o por la izquierda, aparezca el hombre que la salve del insoportable aburrimiento vital. Tal vez se siente a su lado y le pregunte por sus lecturas, ¿quién sabe? Por el momento, deberá seguir conformándose con los paseos, los cafés y las insoportables, pero casi siempre reconfortantes, películas francesas.

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