MINIATURA HISTÓRICA. MARQUÉS DE SADE (I)

Ralph_Gibson__poema_de_Jorge_Eielson_Noctambulario_octubre_08Todos nos engañamos una y otra vez. Nos mentimos, qué remedio, a fin de permanecer unidos al tejido social. Sacrificamos nuestras diferencias con la vista puesta en una colectividad que arrasa cualquier aspiración de universalidad. Pocos han sido los hombres que, obstinándose de manera ciega en sus singularidades, se empeñaron en ser aceptados por la comunidad humana. Sade fue uno de ellos. <<Imperioso, colérico, irascible, extremo en todo, con una imaginación disoluta como nunca se ha visto, ateo al punto del fanatismo, ahí me tenéis en una cáscara de nuez…Mátenme de nuevo o tómenme como soy, porque no cambiaré>>, así se definía el Divino marqués en una de sus cartas. En la frontera de su vida adulta, Sade va a descubrir de manera abrupta que su existencia social y sus placeres como individuo son, a todas luces, irreconciliables. De una forma determinada, su deambular se verá condenado a la reclusión y el rechazo. Y sin embargo, Sade aún desconoce su resurrección a manos de los surrealistas. Más de cien años deberán transcurrir hasta que Apollinaire lo rescate del infierno de la Biblioteca de Francia.

Solo hay una cosa que apasiona realmente a Sade y no es la erótica. La erótica, seamos realistas, no es una pasión. Lo que verdaderamente empuja a sobrevivir al autor de <<Los infortunios de la virtud>> es el teatro. Ya volveremos sobre este punto más tarde. Tiene fobia al mar, y lo admite. Le gustan los perros de agua y los versos de Petrarca. La noche antes del asalto a la Bastilla, Sade permanece tumbado en el suelo de su celda observando el espectáculo pútrido que forman las grietas mohosas del techo <<¡Tú!>> grita el carcelero <<¡Levántate! ¡Nos vamos!>> El pueblo parisino se revuelve en el humo revolucionario mientras Robespierre afila, con impulso apasionado, la primera de las guillotinas <<¿A dónde me lleváis?>>, pregunta el preso. Un nuevo destino lo espera. Otra cárcel. Otro receptáculo en el que permanecer, una vez más, olvidado por la vida. Sade pasa más de veinticinco años, -veintisiete para ser exactos-en prisión. No solo la Bastilla. Nuestro autor conoce, como las lineas torcidas de su mano, las mazmorras de Vincennes o Charenton. Su particular visión del mundo se ve exagerada hasta el paroxismo debido a esta existencia intramuros.

Donatien Alphonse Francois de Sade nace en París el 2 de junio de 1740, fruto del matrimonio aristócrata formado por Jean-Bastiste Francois Joseph de Sade y Marie-Éléonore de Maillé. Cualquiera que viva ahora en Saint- Germain-des-Prés debe saber que habita un espacio sadiano sagrado. La entrada al mundo de Sade tiene lugar en algún punto entre la calle Monsieur-le-Prince y la calle de Condé; es, precisamente en este lugar, donde el sadismo inicia su apertura al mundo. Pero, ¿qué es el sadismo? Probablemente, una palabra pesada, el término que hace referencia al contenido grosero del texto sadiano. El vocablo, nada nos dice acerca de la extensa obra del autor. Refiriéndose a Sade, muchos lo relacionan todavía con un criminal. Pero si la erótica sadiana es criminal, su autor, el hombre y no su mito, está lejos de transitar los caminos del crimen. Pocos escritores han sido mezclados con su propia obra de manera tan obscena como Sade. Leyendo algunos de sus apuntes biográficos, uno descubre que, lejos de incorporar su experiencia al texto, lo que trata el autor, y de manera siempre infructuosa, es convertir su obra en la propia vida. Del dicho al hecho hay un trecho, y la vida de Sade se nos antoja ridícula en comparación con las abominaciones practicadas por los libertinos que protagonizan sus obras. Jamás participó del crimen o la tortura. Rechazó toda forma de aniquilación y, en pleno Terror, abdicó de su puesto como Presidente de la sección de Picas ante la repugnancia de un gobierno que, en aras de la virtud, legitimaba la pena capital.

¿Por qué entonces una vida condenada al enjaulamiento? Sade es, no hay duda, un hijo de su tiempo. Perteneciente a una nobleza que ha visto perder toda opción de soberanía, los jóvenes ricos de su generación, cultos, como Sade, interesados por el arte y la lectura, como Sade, y libertinos, como Sade, buscan la superioridad perdida en burdeles y casas de citas. Será precisamente en uno de estos lugares, donde Sade provoque su primer gran escándalo. El Domingo de Pascua de 1768, el joven escritor, (tiene veintiocho años) vestido con levita gris, cuchillo de caza y bastón, aborda a la mendiga Rose Keller en los alrededores de la plaza de las Victorias. Posteriormente, la azota dinamitando la denuncia de Keller. Como consecuencia, Sade pasa siete meses en prisión consiguiendo que la anécdota traspase fronteras. Hay que resaltar, que en este tiempo, Sade ya ha contraído matrimonio con Renée-Pélagie Cordier de Launay de Montreuil; mujer que, aún conociendo las particularidades de su marido, lo acompañará hasta el final de su confinamiento. Será Renée, con su enorme gentileza, quien luche por sacar a Sade, y bajo cualquier circunstancia adversa, de la prisión. Gracias a Renée, nuestro marqués consigue infinitos privilegios. Es ella quien le lleva libros y quien recoge su ropa sucia. Es ella quien paga su manutención y es ella la encargada de que éste tenga un trato privilegiado dentro de su confinamiento. Sade disfruta de una celda especialmente acondicionada donde incluso llegará a poseer su propia biblioteca. El paisaje sadiano está poblado por víctimas y verdugos. En un mundo en el que el mal reina, Sade dibuja una mimesis de la naturaleza.

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Si Dios no existe y la naturaleza es mala y criminal, he de seguir los dictados de esta naturaleza. <<Las 120 jornadas de Sodoma>> transcurren en un castillo aislado del mundo en el que cuatro libertinos encierran a sus víctimas para hacer de ellas, mera mercancía. Sade dibuja un paisaje de fábula en el que la fortaleza queda aislada por todo tipo de obstáculos que recuerdan a los cuentos de hadas: una choza de carboneros-contrabandistas que no dejarán pasar a nadie, puentes levadizos, montañas escarpadas, fosos profundos, muros infranqueables; ¡incluso el puente será dinamitado por los libertinos una vez dentro! Así, el libertino, y en un escenario como el castillo de Silling,apartado del mundo, lejos de la mirada de cualquier ley terrenal, se convierte en Dios. Nuestra libertad encuentra siempre su límite en el otro. El infierno son los otros, diría Sartre. Sin embargo, Sade examina la libertad hasta sus últimas consecuencias y concluye: <<Mi deseo no puede quedar constreñido por la existencia objetiva del otro>>. El pensamiento Sadiano es así, categórico; y, para qué engañarnos, imposible. Si el mérito de nuestro autor reside en ser consciente de su propia singularidad, de sus extravagantes inclinaciones, insertándolas dentro de una ética que a su vez queda encajada en un portentoso sistema que metamorfea en obra literaria, encuentra al mismo tiempo su límite en la propia naturaleza. El imperativo sadiano de soberanía es impracticable en el mundo de los hombres. De hecho, Sade lo constata cuando, tras pasar una noche de libertinaje en su castillo de Lacoste con un grupo de jóvenes y bellas sirvientes, el zapatero de la región, padre de una de las chicas, se lanza en busca del marqués para rendirle cuentas.

Los otros son el infierno de Sade y, si en su obra las víctimas siempre se muestran sumisas y silentes, en el mundo de aquí las víctimas van a reivindicar su porción de individualidad. Llegados a este punto no resulta extraño preguntarse por qué mentes tan brillantes como Roland Barthes, Pasolini, Camus o Simone de Beauvoir fueron a interesarse por la obra del libertino. Pero regresemos a la Bastilla. Ya conocemos el capítulo con Rose Keller, sin embargo ignoramos el segundo gran escándalo del marqués. La guinda definitiva que lo llevará al desierto de su primer gran confinamiento. El acontecimiento maldito que lo condenará a existir trece largos años entre rejas: el suceso de Marsella o sadismo doméstico. Sade quiere que Marianne Lavergne lo azote en el trasero con un látigo de pergamino con alfileres doblados. Pero la chica, encerrada en un mundo de placeres ortodoxos, vacila ante un instrumento tan exclusivamente funcional. Sade manda entonces a la criada a comprar un escobón de brezo. Ahora sí. Con este instrumento, mucho más familiar para Marianne, no duda en azotar el culo del marqués. Tal acontecimiento está lejos, no nos cabe la menor duda, de acarrear el confinamiento de un hombre. No está justificado, pensamos, que por un par de cachetadas, juego extravagante, pero juego a fin cuentas, un hombre se vea privado de su libertad. Hay algo que no encaja y que obedece al que probablemente sea el mayor lastre en la vida de Sade: su suegra.

Naturalmente, la conducta del marqués, lejos de toda discreción, debió resultar escandalosa para cualquier familia aristócrata. El resto de la nobleza jamás se caracterizó por la pureza, sin embargo, las orgías y los desenfrenos se realizaban siempre de puertas adentro. Sade parece empeñarse, por el contrario, en hacer público su <<Yo>> más interno. Nada de hipocresías. Nada de máscaras. Mme Montreuil, suegra del marqués e influyente miembro de la aristocracia, no va a tolerar que su yerno continué por el camino del escándalo público. Así, la suegra terrible, el paradigma del temible inquisidor, consigue una carta firmada por el rey en la que se ordena la inmediata detención de nuestro hombre. Pero Sade, experimentado escapista, huye a Italia con su cuñada, a quien previamente se habrá encargado de seducir <<¡Maldita sea!>>, grita Mme Montreuil colérica. Ahora, y con la humillación de ver como una de sus hijas escapa con Sade, el futuro está decidido. En cuanto la ocasión se presente, nuestro hombre será apresado de por vida. Así sucederá cuando Sade se vea obligado a regresar a París, donde la madre, moribunda, expira el último suspiro <<¡Apresadlo!>> ordena Mme Montreuil mientras dos guardias lo sujetan antes de arrastrarlo a los calabozos de Vincennes. Allí permanecerá hasta que sea trasladado a la Bastilla <<De todos los medios posibles que la venganza y la crueldad podían elegir, convenid, Madame, en que habéis elegido el más horrible de todos. Fui a París para recoger los últimos suspiros de mi madre; no llevaba otro propósito que verla y besarla por última vez, si aún existía, o llorarla, si ya había dejado de existir. ¡Y ese momento fue el que usted escogió para hacer de mí, una vez más, su víctima. Pero mi segundo propósito, después de los cuidados que mi madre requería, no consistía más que en aplacarla y calmarla, en entenderme con usted, para tomar con respecto a mi asunto todos los partidos que le hubiesen convenido y que usted me habría aconsejado>> escribe Sade en una carta, desde la prisión, a Mme Montreuil en febrero de 1777. Varios meses después, y trasladado de manera abrupta de Vincennes a la Bastilla, Sade monta un escándalo porque no le permiten llevarse su enorme almohada sin la que no puede dormir ¡Ah, bárbaros!

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