MINIATURA HISTÓRICA. MARQUÉS DE SADE (II)

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Comienza la transformación. Una vez trasladado a la Bastilla, el hombre se descompone y surge el escritor. Privado de libertad y sin conocer una sentencia que dicte la duración de su pena, Sade enloquece. Empieza a realizar cálculos cabalísticos sin orden ni fundamento tratando de establecer, como un prestidigitador, la fecha exacta en la que vuelva a poner los pies en el mundo de los hombres libres. Ni siquiera su desbordante imaginación puede presentir los largos años de presidio que tiene por delante. De conocer el futuro, y disponiendo de los medios adecuados, nuestro escritor, probablemente, hubiese optado por salirse del mundo. Pero no tiene cuerda con la que ahorcarse ni cuchilla con la que desangrarse. Así, y una vez recuperada la cordura, Sade solo puede hacer una cosa: escribir. Es en la Bastilla donde redacta los <<Diálogos entre un sacerdote y un moribundo>> y es en la fortaleza sitiada posteriormente por los revolucionarios, donde Sade escribe (en un rollo de papel de más de doce metros), <<Las 120 jornadas de Sodoma>>. La producción literaria se vuelve febril. Más de 35 obras de teatro y media docena de cuentos. Por no hablar de los manuscritos perdidos. La abstinencia sexual debe suplirse con la creación. Cae en la bulimia y empieza a comer como cuatro hombres. Devora sin preocupación y escribe como come. A partir de 1772, Sade va a pedirle a la literatura lo que la vida no puede darle; excitación y ese tipo de goce que solo proporciona la imaginación. Mientras tanto, Renée continúa siendo su único apoyo. Sade llora en su celda desconsoladamente. Apenas respira aire puro (eso cuando se le permite salir a un estrecho cementerio rodeado por un enorme muro de más de quince metros) y su única compañía es el viejo que cada noche viene a dejarle la cena. La vida es para Sade, un lugar inmundo, un perro mundo indigno y miserable.

Toda la obra sadiana se enfrenta a una problemática de difícil solución, ¿cómo justifica el privilegiado su posición? En los años previos a la revolución, la nobleza se descompone. Los privilegiados, esto es: duques, marqueses y reyes primero, burguesía ascendente después, tienen difícil una justificación de su propia identidad. Sade intenta resolver dicha incógnita concibiendo una moral basada en la nostalgia del despotismo feudal. El autor de Justine, que en 1791 declara no saber si es aristócrata o demócrata, legitima el crimen practicado por el hombre libre y soberano. La pulsión criminal como idiosincrasia de la madre selva. Por el contrario, y dentro de la ya típica contradicción sadiana, nuestro hombre siente horror ante el sangriento movimiento de la guillotina. El hombre, así Sade, debe practicar el crimen como movimiento connatural a la cruel aniquilación de la naturaleza. El asesinato, ejecutado de forma individual, jamás puede ser legitimado constitucionalmente y en nombre de una virtud ejemplar como la que bañó París de sangre durante el reinado del Terror. Sade: exaltador del asesinato y al mismo tiempo, fiel activista contra la pena de muerte.

No es un preso fácil. Durante los últimos días del Antiguo régimen, y aprovechando una tubería usada para la expulsión de heces, Sade se asoma entre los barrotes de su ventana e incita al pueblo parisino a la rebelión. <<Dentro de la prisión>>, grita el marqués a los transeúntes que pasean libres por los alrededores, <<se está maltratando a los presos ¡Se los está degollando!>>. La osadía significará el fin de su estancia en la Bastilla. No solo por su comportamiento rebelde; Sade es sacado del calabozo a toda prisa y durante la noche, debido al peligro que supone permanecer allí en unos días convulsos. Naturalmente, no tardarán en confirmarse los primeros temores. El pueblo toma la Bastilla. A las cinco de la tarde del catorce de julio de 1789 la cabeza del gobernador es separada de su cuerpo y los pocos presos que todavía continúan encerrados, son inmediatamente puestos en libertad. Sade ya no se encuentra entre ellos, ha sido trasladado a Charenton, institución de locos. Pero si en algo beneficia a nuestro hombre la revolución, es que le permite salir de su confinamiento. Así, el 1 de abril de 1790, Sade es puesto en libertad en virtud del decreto que la Asamblea Revolucionaria dicta aboliendo las lettres de cachet.

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Pero Sade ya no volverá a ser el mismo, ha pasado demasiado tiempo apartado del mundo. Su mirada irradia agotamiento. Es un hombre envejecido y orondo. Su obesidad es tan pronunciada que apenas puede caminar. La falta de ejercicio ha demostrado que un hombre otrora atractivo y seductor puede acabar sus días como un monstruo informe. La historia se ha conjurado contra él. Lo ha aplastado como sus libertinos aplastaban a las víctimas. Sade permanece encerrado durante el Antiguo Régimen, el Terror y el posterior Imperio de Napoleón. No hay régimen, por conservador o liberal que sea, en el que Sade no juegue el papel de eterno reo. Nuestro hombre, una y otra vez, continua resultando incómodo para el orden social. Pero antes de su último y definitivo encierro Sade tiene tiempo de reunirse con sus hijos. Cena con ellos pero no los reconoce; su hija, una granjera gorda, le resulta extraña. Abatido y lleno de deudas, se verá obligado a vivir de la caridad de sus amigos. Sade ha pasado de la aristocracia a la mendicidad. Además, el manuscrito de las 120 jornadas, entre otros textos definitivamente extraviados, se ha perdido en la toma de la Bastilla. (Sade ignora entonces que su obra más irrespirable ha sido salvada). Su mundo se desmorona porque ya no pertenece al reino de la libertad. Incluso alejado de la prisión, Sade sigue siendo un hombre encarcelado. Tal vez por eso continúa escribiendo satíricas obras teatrales que parecen evidenciar un sentimiento de coqueteo con el peligro. Los nuevos textos, siempre críticos con el poder, lo llevarán, entre otras muchas circunstancias, de nuevo al hogar. Esta vez, el manicomio. Pero antes, Renée solicita el divorcio (uno de los primeros de Francia) y Sade conoce a la que será la última mujer que permanezca con él hasta el final, Constance.

Sensible, así llama Sade a Constance, no lo abandona. Pero la relación entre Sade y Sensible ya no es tan carnal como cabría esperar en un autor que rellenó cuartillas y cuartillas de humedades. Sade está cansado y la empresa de vivir lo agobia. En Constance encuentra el apoyo necesario para sobrellevar los años de vejez. Nuestro hombre teme de manera impepinable la enfermedad y la muerte; en el fondo, morirse lo aterra. Tal vez por eso, sigue escribiendo. Hace circular de forma ilegal Justine y arremete en sus escritos contra Josefina, Madame Tallien y el mismísimo Bonaparte. Esta conducta temeraria es la que nos hace sospechar la añoranza de Sade por una celda segura, caliente y alimenticia. A fin de cuentas, su existencia a comienzos de 1800 se reduce a permanecer enfermo y hambriento en una cama del hospital de Versalles. Y sin embargo, el destino prosigue con su extraño canto. Un año después, Sade es conducido de nuevo a prisión. Será finalmente el manicomio de Charenton el lugar elegido por Napoleón para que nuestro hombre muera. Pero antes de que esto ocurra (morirá en 1814), Sade todavía tiene tiempo de agonizar lenta y concienzudamente. <<El exceso del Terror ha hastiado al crimen>>, escribe Saint Just. Sade piensa esta premisa una y otra vez en la soledad de su celda. Para complacerse en humillar la carne, primero hay que valorarla. Pero la guillotina trata a los hombres como cosas. Esta reificación de la carne impide la expansión del placer sexual imaginado por Sade. A fin de cuentas, tampoco importa ya mucho. Su sexualidad se ha apagado y solo rememora los años libidinosos a través de las picantes ilustraciones que acompañan sus novelas.

En Charenton Sade sobrevive gracias al teatro, su verdadera pasión. Valiéndose de los tarambanas del manicomio, a los cuales utiliza como actores, nuestro autor dirige piezas con cierto éxito. Las clases acomodadas acuden para ver las representaciones y Sade consigue así sobrellevar una existencia difícil. El escritor francés tuvo dos fijaciones durante sus años de reclusión: el paseo y la escritura. El primero, relacionado con una obsesión por rebajar su obesidad. La segunda, como una necesidad vital sin la cual se ahogaba. Ministros y alcaides lo privaron no en pocas ocasiones de la literatura, y no solo de forma metafórica, a Sade se le prohíbe el lápiz y cualquier herramienta que sirva para representar el mundo. Cuando lo privan de la mano y el músculo, Sade se atasca. Muere en diciembre de 1814. En su testamento pide que una vez cavada la fosa, sea recubierta con bellotas a fin de que el terreno vuelva a ser tupido. Así su memoria quedará borrada, y para siempre, de la mente de los hombres. No lo conseguirá. Hoy, y en el año del Señor de 2013, todavía algunos se preguntan quién fue realmente el Marqués de Sade.

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