CEMENTERIO PÈRE-LACHAISE. A LA BUSCA DEL TIEMPO PERDIDO

proustoyeMarcel Proust dejó de existir el dieciocho de noviembre de 1922. Con su magnificente bigotito de marica, el escritor se descompone,- junto a otros personajes ilustres de la humanidad- en el corazón de una ciudad que todos acusan de luminosa. No obstante, París es más bien grisáceo, húmedo, de un extraño brillo dorado que apenas se deja ver en entreactos. La luz de París resulta insuficiente para los que proceden del sur. París es, para el meridional, una ciudad de tinieblas; de cabezas cortadas.

Sin embargo, la capital del Sena ostenta, y aun privada de la incandescencia de las ciudades australes, la ubicuidad de lo ficticio. No existe en ésta, callejón, tugurio o panorama que no haya sido subjetivado una y mil veces por algún pintor impresionista. De no ser así, por sus barrios han desfilado tantos creadores, que resulta difícil imaginar un ángulo desprovisto de esa aura pictórica que tan bien sienta a la ciudad francesa.

Si todavía albergamos alguna duda sobre el asunto; si desconfiamos de la fidelidad de los pinceles, tenemos, para salvarnos el culo, a los literatos. Solo Balzac, se propuso edificar una obra (La comedia humana) que plasmase toda la vida parisina de la primera mitad del XIX. Ochenta y cinco novelas; que se dice pronto. Aunque proyectó escribir ciento treinta y siete, Balzac, y guiándonos por los datos que nos proporciona su tumba, (situada en la división 48 del mismo cementerio en que descansa Proust) nuestro orondo y voluntarioso autor, estiró la pata un dieciocho de agosto de 1850 dejando inconclusa su monumental catedral.

Desconocemos, por otro lado, el número de cuartillas necesarias para narrar una vida. Anne-Lise asegura que unas mil. En busca del tiempo perdido, la gran creación proustiana, abarca más de cuatro mil páginas. Todo un reto. Proust, el eterno zascandil, snob y cronista de la vida aristocrática parisina, aunque corrupto hoy bajo tierra, otrora destacó por la voluptuosa y neurótica redacción de una vida recordada. Proust, autoficciona su propia existencia y la sirve en bandeja metamorfoseada en siete volúmenes de arte. Como Balzac (es lo que suele ocurrir con los constructores de catedrales), Proust no vivió lo suficiente para ver publicada su edificación completa. Los tres últimos tomos de En busca del tiempo perdido: La prisionera, 1925, La fugitiva, 1927 y En busca del tiempo recobrado, 1927, fueron editados de manera póstuma. <<En realidad Proust fracasó estrepitosamente durante toda su vida>>, dijo Anne-Lise con un divertido acento francés << ¡Para colmo fue siempre enfermo crónico y maricón! >>. Anne-Lise había aprendido en cuestión de días todo lo necesario para dominar el abecé del improperio español. Soltaba, los exabruptos, con asombrosa naturalidad. En contextos naturalmente poco adecuados y casi siempre de forma inesperada, Anne-Lise era la típica francesa de nariz chata y mirada penetrante; tan bonita como esas otras muchachas en flor. Ahora, caminando por el camposanto, tan aburrida, tan imperiosa, resultaba verdaderamente encantadora. A un tipo que se había estado fotografiando sobre la tumba del escritor con una edición de Por el camino de Swann en la mano, Anne-Lise lo tachó de soplapollas y de payaso. <<Hay que ser idiota para fotografiarse con un libro. Probablemente, ni siquiera lo haya leído>>. Anne-Lise sabía bastante más que yo sobre la vida del autor francés. Por eso, sentado sobre la lápida de mármol negro, dejé que Anne-Lise comenzara la perorata.

cupCombrayProust fue un niño mimado y melindroso. Perteneciente a una familia de la burguesía parisina, el pequeño Marcel pasaba los veranos en las purificadoras tierras de Normandía. Allí correteaba libre y pomposo descansando entre riberas y senderos. El padre de Proust, que había sido un prestigioso médico de su tiempo, recomendaba estos viajes para mejorar el estado de salud del futuro escritor. A fin de cuentas, el asma puede ser un asunto delicado. Tanto es así, que la enfermedad, reconvertida ulteriormente en neumonía, sería la encargada de sepultarlo. Proust, decía la francesa, había fracasado de tal forma en la vida, que jamás ejerció ningún empleo de los que se dicen, dignos. El destino ineluctable lo empujaba a la evasión y el pasatiempo de salón. Ni trabajo ni amor. Proust tampoco tuvo suerte en asuntos amatorios. Homosexual reprimido, todas sus tentativas sentimentales se vieron siempre vendidas. Eterno enamorado, llegó a batirse en duelo con el fin de desmentir su –descarada- homosexualidad. Pero no se puede luchar contra el deseo y desde la más tierna juventud, el escritor trata de convencer con zalamerías a compañeros del liceo que se niegan a traspasar la frontera de los placeres ambiguos. De las oscuridades prestadas por los frondosos setos de las Tullerías, Proust pasa a los prostíbulos masculinos de la Plaza de Clichy. Después, y tras una vida fugaz, el escritor se mete en la cama. Abandona el mundo. Proust tiene treinta y siete y su alternativa a la vida es la literatura. Comienza a redactar lo que probablemente sea una suerte de diario; algunas notas sin importancia. Naturalmente, Proust ha comenzando a tejer la urdimbre de lo que será En busca del tiempo perdido; la catedral barroca, la mastodóntica construcción de un artista que se sabe solo. Desde su habitación en la calle rue Almiral Hamelin, Proust levanta como un antiguo arquitecto renacentista, los cimientos de una vida irrecuperable. Vuelve a Normandía, a aquellos primeros años de infancia en los que sufre por tener que irse a dormir sin un beso de la madre. A esos momentos solapados por la opacidad tremebunda del tiempo que, de manera insospechada, solo el sabor de una magdalena puede retrotraer.

Será precisamente el envoltorio de esta magdalena lo que devuelva a Proust toda la amalgama de recuerdos que supone ser un hombre agotado. Proust toma el té a los treinta y siete y de pronto, con el sabor del bollo, se le viene encima Normandía entera. Como quien abre un viejo ropero repleto de trapos, el campanario de Combray, la meliflua voz de la madre y los espárragos que para almorzar servía, cofia incluida, Francisca, la criada de su tía Leoncia, se le abalanzan empujándolo hasta quedar justamente redactados. Ahora, y con la maldita magdalena de las narices, el recuerdo se enseñorea de Proust.

Mientras tanto, soy incapaz de elucidar el problema. Anne-Lise se fija en un grupo de turistas japoneses empeñados en fotografiarse con cualquier sepultura famosa. Odia el turismo, Anne-Lise. Odia el turismo y toda esta ciudad repleta de japoneses vestidos con bermudas y sombreritos de nailon. << ¡Qué se vayan a la tumba de Oscar Wilde! ¡Qué se vayan a llenarla de pintura de labios! Pero que no vengan aquí a joderme la meditación>>. A Anne-Lise le encantaba pasear por el Pére Lachaise los sábados por la tarde. Algunos parisinos visitan cementerios como quien va de excursión al parque. Anne-Lise se recreaba con la muerte. La atraía con su canto nefando.

Con el sendero expedito de turistas, regresamos al asunto Proust. A éste, no se le debe leer en el autobús. No se le debe leer porque de hacerlo, está uno destinado a pasar de parada. <<No sé tú>>, le digo a Anne-Lise <<Pero yo siempre me impongo el próximo punto y aparte para cerrar un libro>>. Con Proust, como con Thomas Bernhard, el punto nunca llega. Proust estira de tal forma  la oración, que el recuerdo, redactado en forma de serpiente yerta, nunca muere. Y claro, ocurre que uno se pasa de parada por culpa del escritor francés y no le queda otra que volver a casa caminando. Es curioso, pero los muertos todavía son capaces de trastocar nuestras peripecias vitales. No estarán tan muertos como dicen.<< ¿Tú dónde piensas pasar la eternidad?>>, preguntó Anne-Lise clavándome sus diminutos ojitos azules.

Al pasar por delante de la tumba de Oscar Wilde el grupo de turistas japoneses hacía turnos para fotografiarse besando las paredes de la sepultura. Sin duda, el escritor irlandés debía estar removiéndose allí abajo <<Todo esto me da asco, vámonos al hotel>>, dijo Anne-Lise cogiéndome de la mano. A medianoche, la luna, grande como un cohete, se reflejaba sobre el Sena con un brillo irreal. Una suave brisa cantaba empujando la broza de los jardines desiertos. Al otro lado, y en el XX Distrito de la ciudad, los muertos se descomponían por fin en paz.

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4 respuestas a CEMENTERIO PÈRE-LACHAISE. A LA BUSCA DEL TIEMPO PERDIDO

  1. carlos mayol dijo:

    Proust; el primer hipster

  2. Reblogueó esto en @lalopérezríosy comentado:
    Porque sólo entre locos nos entendemos. Échenle un ojo a este gran mentiroso. Una grata sorpresa de las que uno se encuentra jugando con las redes sociales.

  3. ningun dijo:

    “La luna grande como un cohete”, “con un brillo irreal”. A mí no me caben dudas de que el maricón de Proust podía escribir un final mejor que ese. Y estoy seguro de que también lloraste más tarde cuando Anne-Lise te negó de plano su besito de las buenas noches por bruto.

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