Y LA NAVE VA (BUKOWSKI PARA TIEMPOS DE CONFUSIÓN Y DESAMPARO)

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Por Andrés Galán

Henry Charles Bukowski nunca supo muy bien qué hacer con la vida. Le gustaban las mujeres, la música clásica y rascarse los sobacos. Aunque siempre tuvo inquietudes literarias, la historia tardó lo suyo en incluirlo en esa nómina de juntapalabras que tanto empeño puso en despreciarlo desde las primeras publicaciones. Nunca lo quisieron en el grupo de los peces gordos ¡Pobre Hank! Para los académicos siempre fue un borracho. Una atracción de feria. Tal vez por eso mismo invitaron al escritor a uno de los programas más prestigiosos de la televisión francesa. Bukowski prometía montar un cristo. Pero el escritor de Los Ángeles nunca fue Fernando Arrabal, y, aunque paseó tajada por Aphostrophes, Bukowski rara vez se acercó a los niveles de comicidad (orgullo patrio) de un Arrabal pletórico; eso sí, tras la emisión, la leyenda cuenta que Bukowski paseó navaja ante los pasmarotes de seguridad. Cosas del directo.

Pero hablemos de estilo, pues el estilo es siempre el alma de todo creador. Echando un vistazo a la obra del poeta, uno descubre la poca afición de éste por el adorno literario. Su prosa carece de ornamentos porque cuando la existencia es mugrienta el texto también lo es. En eso consiste precisamente el realismo sucio, en ser más puerco que la propia vida. Bukowski se recrea en la mugre hasta herir sensibilidades. Solo hay que prestar atención al modo en que nos describe su apartamento (atestado de latas vacías y sumideros oxidados), para comprender el particular universo del autor. Para colmo de males, Bukowski nunca ingenia egos imaginarios. La suya es una literatura del Yo, de una primera persona que devora a quien la usa ¡La auto ficción se ha instalado en América, nenas! ¿Y por qué la auto ficción como arma de expresión? Bukowski noveliza su/la vida porque la realidad lo asedia. Cuando uno se pierde en su propio pensamiento, terco, inextricable, cuando se cae hacia dentro como una gotera hiriente, no queda otra que la palabra escrita. Bukowski es consciente de las posibilidades de la novela y se enfrenta al mundo mediante ésta. La creación ha salvado incontables vidas; la creación literaria, salvó la del propio Hank.

Pero todavía no hay mujeres ni lecturas multitudinarias. Nadie ha venido a aplaudirle los talentos y Bukowski pasa las horas muertas leyendo a Hemingway en el zaguán de su apartamento. Lee París era una fiesta y piensa: <<Yo puedo hacerlo mejor>>. Solo necesita tinto, del baratito, y perseverancia ¿Pero qué es la perseverancia cuando no hay otra cosa mejor que hacer? Resumamos: Bukowski es un ser, y utilizando el término heideggeriano, olvidado. A los treinta no tiene ni familia ni amigos. Alcoholizado y solo, al escritor le gusta definirse como un disidente del trabajo y un golfo. Cualquiera podría señalar sin embarazo, la aptitud del autor para escabecharse la vida. Es a Bukowski y no al mundo, a quien debemos hacer responsable de su propio naufragio. Si la vida es un barco y nosotros sus capitanes, la nave de Bukowski fue a salvarse de milagro ¡de chiripa! No son pocas las ocasiones en que el autor de La senda del perdedor considera quitarse la vida. En un mundo hostil, el espíritu desinteresado y libre, se ahoga.                                              

Bukowski vive dentro de un sistema que avanza febrilmente hacia la locura. Tras la Segunda guerra mundial, Estados Unidos se desborda por los límites de un capitalismo feroz. El escritor, situado como espectador privilegiado, es testigo lúcido del desenfreno que suponen las décadas de los setenta, la posterior política de Reagan y el comienzo del fin en los noventa. Pero Bukowski muere de leucemia en el noventa y cuatro y se libra de presenciar el desplome. Morirá plácidamente, con una mujer a su lado, y sin llegar a contemplar la caída de dos torres que arrastrarán tras de sí, un tiempo fracasado.

Empero, el mundo en el que se mueve Bukowski, aunque próspero y lustroso, sigue mostrando resquebraduras. De hecho, el escritor posee una tendencia natural para instalarse en la grieta del sistema. El suyo, es el reverso del sueño americano. El modo de vida de quien no quiere subir al carro ni por supuesto pagarlo a plazos. Bukowski rechaza cualquier ideal fundado en el engaño de la posesión. Así, toda su literatura está salpicada de tipos que, por elección propia o por infortunios del destino, permanecen en la cara B del sueño. La cabalgata bukowskiana es interminable. Por sus páginas desfilan putas baratas, borrachos de angostillo y mendigos sin alma. El propio autor es todos y cada uno de estos personajes. Y es que Bukowski se mezclaba con el lumpen con la dignidad de quien se sabe aplastado. Los desamparados, desde las raíces de su propio desarraigo, suelen proporcionarnos siempre una literatura viva. Leer a Bukowski en las postrimerías de la adolescencia es abrir las ventanas de un viejo caserón deteriorado. En ninguna escuela le enseñan a uno a rebelarse contra aquello que aniquila la propia libertad individual. La escuela fabrica paradigmas y la literatura, entre otras cosas, está ahí para derribarlos. Bukowski escribe y comunica al joven lector las posibilidades de fuga. Nadie, ni siquiera el profesor de gimnasia, debería decirnos qué hacer << ¿Por qué coño voy a tener que saltar esas vallas si a mí, realmente, no me sale de los cojones?>> Bukowski es eso: insurrección.

Pero la rebelión tiene su precio porque ir a la contra siempre es un trabajo de riesgo. A cambio de la libertad, uno debe estar preparado para pagar el pato. Negarse a cumplir órdenes, ya sea la del profesor de gimnasia o la del jefazo de oficina, implica, necesariamente, desesperación y aislamiento. Ese fue el modo de vida elegido por Bukowski antes de convertirse en uno de los escritores más leídos de Norteamérica. Antes de la fama y las mujeres, Bukowski navegaba a la deriva. El mal de Bukowski fue siempre el propio Bukowski. El padre del escritor, que dedicó su vida (cinturón en mano) a hacer del hijo un consumado borracho, tenía una teoría: cada hombre debería comprar una casa en la vida. De este modo, su hijo heredaría el inmueble al morir. Más adelante, el hijo compra una nueva casa que a su vez es heredada. El primogénito tiene ahora dos casas. Ese hijo suyo pronto compra otra casa y entonces ya tiene tres casas…El padre del escritor fue durante toda la vida, un hombre coherente. El padre de Bukowski representa el reverso del propio Bukowski. Aquello que Bukowski nunca quiso ser; engranaje de maquinaria.

Por eso el autor de Mujeres desprecia el trabajo aunque sea vea obligado a volver, cuando la necesidad aprieta, a los polígonos, a las fábricas y a los viejos almacenes del extrarradio. En estos tiempos de desamparo y confusión, leer a Bukowski es zambullirse en un mundo que, visto lo visto, ya no nos parece ajeno. Al viejo la jugada le salió redonda, pero, ¿qué ocurrirá con todos esos que, aun intentándolo, se quedaron en el camino? Los pobres de espíritu, los eternos desheredados, los sin techo sin voz y sin casa. Bukowski lo tenía claro: siempre nos quedarán los comedores; todavía allí, puede hacerse uno o dos amigos.

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