MIS PROBLEMAS CON HEIDEGGER

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Te diré algo: Heidegger me importaba lo mismo que tus conquistas de fin de semana. Heidegger: pensador de las montañas, filósofo de pantalones bombachos, (mundo inextricable) fiel cazador de muchachas judías…me importaba tanto como tus tragedias de alcoba. Ese filosofador de la Selva Negra que vino a complicarme la vida durante el segundo curso con su miradita prealpina, es hoy, poco más que ceniza. Dinosaurio filosófico de Todtnauberg; provocador de catástrofes. Ningún otro filósofo ha sido nunca merecedor de mi anatema tanto como Heidegger. Pero no solo Heidegger, que de por sí es siempre capaz de escabecharte las neuronas, (Heidegger) también sus discípulos, que son muchos y se extienden como una plaga de cucarachas hermenéuticas, (Heidegger) ellos y solo ellos pueden considerarse hoy responsables de mi desgracia. Ni siquiera Kant. Solo Heidegger (ejemplar único dentro de la filosofía alemana), tuvo la arrogancia de ponerme la zancadilla. Pierna estirada y al suelo. De cómo Heidegger y su ejército de cucarachas hizo que terminara ensangrentado y con la camisa hecha jirones, es lo que trataré de explicar a continuación.

II

Nunca dediques tu tiempo a un filósofo. Es pringarte de barro hasta las orejas. Ni Schopenhauer ni Nietzsche fueron nunca tolerables como individuos. La filosofía corrompe al filósofo, lo vuelve neurótico, altivo y detestable. Solo existe una cosa peor que el filósofo, y es, el estudiante de Filosofía. Este filósofo en potencia es casi siempre un neurasténico colegial de altas miras. Nada hay más idiota y limitado que un estudiante de Filosofía; sobre todo si dedica su estudio a la Metafísica. El estudiante de Filosofía, en lugar de derribar muros los crea. Socrático; desconoce todo aquello que no es concepto cubierto de polvo. Luego, poca cosa: ni arte, ni literatura, ni vida. Y entonces, este estudiante de Filosofía, atrapado dentro de su mundo estrecho, ya no es capaz de regresar al mundo. Va a encerrarse en su propia celda, en su universo de carácter lógico y, ¡santas pascuas! Pocos filósofos, además de Hegel, se han preocupado realmente por ver arte. Pocos filósofos se han detenido a oír música, a cortejar señoritas. Son ya como ese poeta pobre de Spitzweg. Como ese poeta pero sin encanto. Luego siguen con la Metafísica; fumando en pipa. Todavía hoy me pregunto en qué consiste la ciencia del Ser. No puede uno excavar en los recovecos del infinito sin perderse por las profundidades de lo indeterminado. De todos modos, nunca tuve paciencia para diseccionar el infinito. Soy tan insoportablemente terrenal, tan sólido y palpable, que yo mismo me aterro. Las raíces que me atan a la tierra nunca me han dejado aspirar hacia lo eterno. Por eso, cuando esos estudiantes de Filosofía, obsesivos, neuróticos y llenos de fobias se acercaban a mí, no podía más que mostrarme refractario a su influjo. Al fin de cuentas, siempre he sido un de-salmado.

III

Pero por muy bronco que uno sea, siempre acaba mezclándose con lo inmundo. Así, de la mayoría de amigos que hice en la universidad, ninguno fue capaz de bajar para coquetear con la materia. Estudio aparte merecía el profesor de Metafísica, quien con su calva de tez parduzca, nos aniquilaba día sí, día también, con toda la cháchara heideggeriana. El profesor de Metafísica, calvo de tez parduzca, fue el encargado de dar forma a mi tragedia con su calva de tez parduzca. El profesor de Metafísica, calva y tez parduzca, con esa erupción de términos ilustres atravesándonos la mollera, desencadenó, vía Heidegger, el terremoto de mi vida. Por aquel tiempo se sentaba a mi lado una pelirroja de ojos oliváceos. Tenía, (la pelirroja) el rostro pentagonal y la boca frenética. Describiría su cuerpo, pero la carne no se deja literaturizar. La carne se consume, se palpa, se llora… Gema (demasiada materia para tan poca alma) era como un paisaje neumático lleno de subidas y de bajadas. Pechos mastodónticos, caderas pronunciadas… y, sin embargo, las ondulaciones nunca fueron un obstáculo para el tráfico de conocimiento; al contrario, Gema pensaba que daba gusto ¡era toda una filósofa! Siempre que pensaba, lo hacía a lo grande. Tanto era así, que a veces se sentaba en el sofá con las piernas cruzadas viéndose a las ideas revolotear entre sus rizos. La asediaban, las ideas, volviéndola volcánica. Y cuando ya no podía más, agotada de tanto pensamiento, venía a buscarme colándose entre las sábanas. Dos meses después, nos fuimos a vivir juntos.  Luego, Heidegger se instaló entre nosotros. No solo se apostó porque Gema, animada por el profesor de Metafísica, se había decidido a hacer una tésis sobre el Dasein; Heidegger se coló en nuestra vida, porque después de todo, el idioma íntimo de la pareja, pasó a convertirse en la terminología absurda de un filósofo de las montañas. Ahora, cuando discutíamos, en lugar de gritar: << ¡Eres un hijoputa! ¡Te odio!>>, Gema decía:<< ¡Si hubieses leído sobre la eigentlichkeit heideggeriana entenderías algo de relaciones, so cabrón! >> Y así, todo se fue deteriorando hasta el paroxismo. Con Heidegger acurrucadito en nuestra cama, nada volvió a ser igual; porque solo hay una cosa peor que un estudiante de Filosofía neurótico, y es: dos estudiantes de Filosofía neuróticos.

IV

¿Pero qué significa exactamente Dasein? Dasein es el término con el que Heidegger indica el modo de existir propio del ser humano. Combina las palabras Sein (Ser) y Da (ahí). El Dasein es el ser ahí, el único ser que se pregunta por el ser. El Dasein eres tú, pero también es Gema y el vecino del quinto. Dasein o ser-en-el-mundo. Arrojado, escupido. Vuelto hacia la muerte. El Dasein tiene conocimiento de su finitud, por lo que busca desesperadamente la comunión física con el otro. Tal vez por eso, Gema y yo habíamos acabado compartiendo piso y demonios. Si el mundo es hostil para el Dasein, más vale tener imaginación con la que poder inventarse historias de amor. Un hombre sin imaginación es hombre muerto. Sin imaginación, el hombre va de cabeza a la ciénaga; de donde por cierto, no escaparemos ya ninguno. Ni filósofos, ni ejecutivos, ni trapecistas. Porque, así Heidegger, no somos más que seres-para-la-muerte. Pero a Gema no le gustaba un pelo hablar sobre el tema; por eso, cuando surgía todo ese asunto de los finales abruptos, cuando hablábamos de que el amor no tenía porqué salvarnos necesariamente el culo, empezaba a echar humo y me arañaba como un gato de terciopelo << ¿Es que ya no me quieres?>> preguntaba << ¿Es qué ya no te gusto?>> volvía a preguntar con toda la libidinosidad adulterada. Cuando Gema lloraba, ya no era sexy. Era humana. Con el llanto y la desesperación, Gema aparecía inerme. No había curvas ni tacones de aguja que pudieran ocultar su vulnerabilidad ante un mundo que se la comía. La mujer gigante de las clases de Metafísica era, con aquel pase privado de debilidad, como un planeta perdido al borde de la galaxia: una cagada minúscula. Pero los seres insignificantes y mínimos también tienen derecho al pataleo. De modo que cuando Gema descubrió que ya no podría seguir alimentando nuestro nidito de amor, (qué se le va a hacer) agarró los libros esparcidos por la sala de estar y los proyectó, uno a uno, contra mí. Parecía un experimentado lanzador de cuchillos. No obstante, si algo adquirí en la infancia, fue la capacidad de esquivar las zapatillas que mamá nos lanzaba cada vez que rompíamos un plato << ¡Eres un marica!>> gritó Gema tras el lanzamiento fallido. << ¡Un marica y un pichafloja!>> volvió a gritar destrozando todo lo que encontraba a su paso. Naturalmente no podía faltar el jarrón de porcelana china que Gema hizo añicos con caprichoso odio infantil. El Ser y el tiempo, obra capital e inconclusa de Heidegger, estaba entonces sobre la mesita de las bebidas << ¡Te  mataré!>>, dijo Gema agarrando con severidad el libro       << ¡Te mataré, bastardo!>> Nadie hasta ahora ha sido capaz de determinar cuánto pesa el Ser. Por el contrario, hoy puedo afirmar con plena conciencia de causa, que fue el Ser, con todo su peso, quien me llevó directamente de cabeza al hospital. Fue el Ser, Heidegger y todos sus seguidores de tez parduzca, quienes empujaron a Gema a lanzarme Ser y tiempo a la cara. La levedad del Ser, que dijo Kundera, nunca estuvo más cerca de quedar en entredicho que la noche en que Gema me empañó la camisa de sangre; en la sala de curas, la enfermera preguntó: <¡Por Dios, pero quién le ha hecho esto!> < El Ser, señorita, el Ser.>, exclamé mirándole con descaro las piernas.

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