ESPERPENTOS

El hombre serio es inflexible en lo que concierne a asuntos de comedia. La dimensión cómica del mundo, (también llamada dimensión ordinaria o dimensión risible), es, para el hombre serio, un prisma que diluye toda extensión trágica. Cuando la comicidad surge, anula el derecho lírico que conlleva toda experiencia dramática. Para el hombre serio, la problemática no radica tanto en la tragedia de la vida como en la imposibilidad de ésta para desplegarse totalmente como funesta. Cuando lo cómico se enseñorea del drama, la vida se vuelve grotesca. Y cuando nuestras odiseas cotidianas sufren el asedio de lo cómico, la existencia resulta kafkiana. Pero el hombre serio sabe que las novelas de Kafka solo son divertidas para el que las experimenta desde la distancia, es decir, desde la posición del lector acomodado. El héroe kafkiano experimenta el drama de suyo, como engranaje de una gran broma que nunca puede resultar divertida a quien es víctima de un proceso. Así, cuando lo ridículo conquista la severa seriedad de una vida humana, el asunto adquiere tintes dantescos. Lo ridículo espera a la vuelta de la esquina encarnado en el vejete que hace sus ejercicios en el parque y que provoca en nosotros un retozo leve. Lo ridículo tiene el don de la ubicuidad y nos lo demuestra con su carcajada terrible. Ni siquiera podemos hablar de tragicomedia; lo tragicómico siempre resulta amable. Para el hombre serio, la realidad humana no puede ser más que una cosa: esperpento.

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