AMORES QUE MATAN NUNCA MUEREN

Turks-fruit-rainkopieSi el texto no sale, atrancado, corrupto, deshilachado entre ideas de diletante pensador, dedico mi tiempo al autodescubrimiento. Frente al espejo, recorro las praderas de la frente, los ventanales bien abiertos de los ojos y el profundo túnel que se abre bajo la carnosidad voluble de estos labios rotos. Cuando no sé dar forma al texto, me analizo morfológicamente. Me palpo el terrado (barbecho de ideas) y la barba incipiente que asoma bajo los contornos de un pescuezo descolgado. Si el autoanálisis no funciona, entonces la opción debe ser otra, por ejemplo, la de leer el suplemento dominical y copiar lo que los otros dicen. Al fin de cuentas, en eso consiste precisamente la vida; en decir en estilo indirecto. Poca cosa somos salvo la imitación deficiente de una prosa precisa,estilizada, lúcida.

En esa dimensión real, pletórica, luminosa (y aburrida), las historias de amor nunca  terminan mal; a decir verdad, ni siquiera terminan. Los amantes se agazapan el uno sobre el otro y así permanecen hasta que la eternidad los devora. Aquí y en nuestra tierra, el amor se derrama entre las grietas. La misión del amante es la de aquel que trata de introducir el mar en una botella. Es lo que le ocurre al Eric Vonk de Delicias Trucas (Turks fruit, Paul Verhoeben, 1973) interpretado por un Rutger Hauer fuera de sí, herido, celoso; profundamente enamorado. Escultor y mujeriego, el mundo se le viene abajo cuando conoce a Olga. Después de Olga vendrán otras, pero ninguna como ella. Tampoco podemos ir por ahí dejándonos las entrañas con cualquier mujer, si acaso por una, dos siendo generosos. La vida es demasiado corta para aficionarse a los amores viscerales.

Delicias turcas habla precisamente de sentimientos a flor de piel. Nunca el cine había querido representar el amor auténtico como en la cinta del director neerlandés porque los amores genuinos están siempre pringados de fluidos, lágrimas y mierda. La película de Verhoeben es apestosa y a la vez elegiacamente bella. Es hermosa, porque nos muestra ese tipo de amor que traspasa con la fuerza de un cohete los terribles muros de lo infecto. Estos amores besan en los labios a la muerte, vomitan sobre convencionalismos y son capaces, si la situación así lo requiere, de cuidar como a una planta que se marchita, a la mujer que nos hizo trizas el corazón. Porque si uno no es capaz de derramarse y descomponerse en pequeños átomos por ese amor perdido, si no somos capaces de dar un vaso de leche a la mujer que dejó de querernos aún estando dispuestos a matar gatitos de terciopelo por ella, esa mujer, esa historia sentimental, queda reducida a humo.

turksfruit2 Eric Vonk es escultor y claro, cuando Olga sale de su vida, tiene el estudio lleno de esculturas con su rostro. Vonk, envuelto en un terrible sentimiento de desesperación tras ver a Olga comiéndose los morros del otro, arrasa con las efigies<< ¡Puta!>> grita << ¡Puta, más que puta!>> brama con el rostro envuelto en lágrimas. También hay láminas y dibujos. El retrato de Olga está por todas partes, ornamenta el cuartucho, lo impregna con su magia. Pero a Eric no le importa, es un huracán y se lo lleva todo por delante. O al menos eso cree hasta que se topa con un retrato el cual es incapaz de hacer añicos. Es lo que se denomina: confrontación de sentimientos. Cuando el amor y el odio se entrecruzan como el agua de dos mares en disputa. Eric observa el rostro pintado de Olga y no siente más que repulsión. Quiere matarla, quiere besarla, quiere escupir sobre su tumba pero también quiere cuidarla y amarla. Eric desea con todas sus fuerzas que un camión pase por encima de Olga pero también sabe, y mirando detenidamente la ilustración, que si algo malo le ocurriese, sería el primero en lamentarlo. Olga lo engaña, lo desdeña y convierte a Eric en papel usado, pero éste no puede más que quererla. Es su amor. El amor verdadero que a todos nos corresponde, al menos, una vez en la vida. A lo mejor por eso el film arranca con el propio Eric fantaseando sobre las posibles formas de asesinar a Olga. Esto también es amor, pero El diario de Noa (The Notebook, Nick Cassavetes, 2004) nos lo ocultó.Fuera de esto no hay amor; hay necesidad, egocentrismo y miedo a morirse solo.                                                                                                                                                                       Eric no teme a la muerte, la desafía acostándose con todas las mujeres que se cruzan en su camino. Primero se masturba mirando el retrato de Olga, luego, se lanza a las calles sabiendo que, bajo ningún cuerpo femenino encontrará ya el territorio perdido. Eric corta un mechón de vello púbico a todo el desfile de damas que saltan en su cama y lo guarda como recordatorio de que la cantidad palidece siempre frente a la calidad. El juego sexual se queda corto, nos resulta insuficiente haciéndonos partícipe de una realidad demoledora: apenas encajamos con tres o cuatro personas a lo largo de nuestra vida; lo demás, relleno de almohada.

Uno debería hacerse siempre esta pregunta en caso de creerse embelesado: ¿cuidarías de tu amorcito de acabar éste desgastándose en una habitación de hospital moribundo y desgreñado? Eric ni siquiera se lo cuestiona porque sabe que por Olga, se rajaría, como el yakuza de una película asiática, las entrañas. A Eric no le importa meter las manos en la mierda de Olga porque eso es el amor; el amor, apesta.

Delicias Turcas es todo eso y otras muchas cosas. Es, sobre todo, una película rodada con las vísceras y, para qué engañarnos, ya pocas películas se ruedan así. Delicias Turcas es espontaneidad y sexo despreocupado. Es falta de miedo. Es casarte a toda prisa porque el sentimiento se te escapa por las orejas y no porque tu novia esté embarazada. Delicias turcas es vida, es vendaval y es poesía, mucha poesía encubierta.

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