LA GRANDE BELLEZZA

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FICCIÓN

Reconozcámoslo: lo viejo es siempre mejor que lo nuevo. Los románticos lo sabían; por eso pintaban ruinas. Lo nuevo apesta a recién salido de fábrica. A celofán. A casa para entrar a vivir. Sobre esto rumiaba también, Gil, el protagonista de Medianoche en París (Midnithght in Paris, 2011, Woody Allen), quien desesperado por la nauseabunda mediocridad de lo nuevo, recorría las calles de la capital francesa fantaseando con una época, en la que el arte, todavía se enseñoreaba de callejones y burdeles. El París de Sarkozy palidecía frente al París de las vanguardias; por decirlo así, París hoy, apesta a mundanidad. Desconocemos si esta aversión por lo actual tiene su base en una nostalgia clínica << En ese caso, ¿qué tenéis en contra de la nostalgia, eh? Es la única distracción posible para quien no cree en el futuro>>.

Jep Gambardella, protagonista y estrella sublime de La grande bellezza (2013, Paolo Sorrentino), ha perdido la fe. Aunque no reside en París, conoce muy bien esa mundanidad de la que hablamos. La conoce porque toda su existencia gira en torno a la vorágine de lo mundano. Su escenario vital no es otro que Roma; ciudad de contrastes. De santas y de putas. Roma funde turistas japoneses con su ejército marmóreo de efigies clásicas. De expresiones congeladas, de gestos que se elevan como la caligrafía de un idealista. Roma está salpicada de templos y espadañas. De belleza. Pero toda belleza esconde siempre una pátina de fatalidad. De terrible melancolía.

La belleza es el comienzo de lo terrible, que dijo Rilke. Gambardella lo sabe, por eso se agazapa en las cloacas de lo inmundo. Puesto que la belleza se torna inaprensible (se diluye por las alcantarillas de lo infecto), no queda otra que mentirse. Gambardella es un trágico, un cínico y un sentimental. Se enamoró una vez, o dos. No lo sabemos. Sí conocemos en cambio, su constante regreso al salón de los amores perdidos. A la imagen de una muchacha que se desnuda frente a la luna llena. Es el último asidero de Gambardella, la nostalgia, porque en Roma, hasta los curas han dejado de cultivar el espíritu. Y claro, cuando uno asume el abandono definitivo de lo bello, no queda otra que sumarse al enemigo. Gambardella se deja caer en las marismas de la mediocridad y el desenfreno. La Roma nocturna, pletórica a la par que mortecina, se hunde en su propia vacuidad. Los personajes que habitan estas celebraciones envejecen contra su voluntad padeciendo enfermedades que acabarán por convertirlos en polvo. Algunos ven morir a sus propios hijos, otros, a sus musas despechadas. Sin embargo, nada les impide seguir moviendo la colita mientras tararean canciones de Raffaella Carra. Todos sufren, todos tienen vidas devastadas; todos saltan hasta el amanecer como si no hubiera un mañana. Jep forma parte de esta terrible rueda del autoengaño. Al amanecer, y antes de volver a casa, pasea a orillas del Tíber observando los magnificentes puentes romanos y acepta, con dolorosa resignación, su pertenencia al mundo de los muertos. << ¿En qué momento pasé a convertirme en un mundano?>>, se pregunta. La otra opción posible, así la bautizó Nietzsche, es la del transmundanismo. Éstos están del otro lado de la vida. Más allá. Y tampoco vamos a negar la materia que nos reviste. Somos carne. Somos corrupción. Somos muerte.

Entre una orilla y la otra, entre el mundanismo y la transmundanidad, se encuentra Gambardella. El camino intermedio va de la vida a la muerte; es un viaje imaginario, como diría Céline; un sendero pedregoso y grotescamente bello. Esta vía, revestida de sensibilidad, exige la contemplación estética. Requiere una conciencia total de la muerte. Los antiguos conocían muy bien este espíritu trágico. Por eso muchas de las estatuas que vemos en la película se retuercen de manera elegiaca al borde del sueño eterno. Los destinados a la sensibilidad, como Gambardella, tienen además otra característica que los diferencia del resto de los mortales: la visión poética del  mundo. Cuando Gambardella observa el techo de su habitación mientras se fuma el primer cigarrillo de la mañana, no contempla un conjunto de yeso y pintura informe; cuando Gambardella observa los altos de la habitación, ve el mar bañado por el sol. Esta forma de poetizar el mundo lo libra a uno de la mediocridad y la miseria. Incluso comprando cigarrillos en un bar de carretera, se puede topar uno con la belleza. Incluso en esas damas que esperan solas a su amante perdido, hasta en los tipos gordos y roñosos que se apoyan en la barra, atisba Gambardella sórdida gracia.

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NO FICCIÓN

Cuando los créditos empezaron a desfilar por la pantalla, miré a Esther y descubrí que ella tampoco parpadeaba. La sacudí, nos compusimos el espíritu y escapamos por la salida de emergencia. Ya en la calle nos colamos en un antiguo palacio renacentista que habían habilitado para fiestas de fin de año y conciertos de música electrónica. En el interior, y confundidas entre la multitud, dos rubias emperifolladas con camisetas de Jägermeister repartían alcohol en probetas de metacrilato. Estábamos de suerte. La cosa iba así: una de las rubias te ofrecía el licor de su boca, mientras que su acompañante tiraba fotos con una vieja cámara Polaroid. Después del primer trago, Esther me miró con desaprobación. Me encogí de hombros y espeté que, a pesar de la camiseta ajustada de la rubia, seguía prefiriéndola a ella <<Joder, si algún día me hago famoso, no quiero que mis hijos me reconozcan en esta foto>>, dije <<Tú nunca serás famoso>>, respondió Esther pidiendo una copa al camarero con aspecto de esquimal. << ¿Te gustan los esquimales? Te advierto que esos tíos solo comen pescado; y tú odias el pescado. Además la tienen pequeña>>. Esther me lanzó otra de sus miraditas terribles y desapareció entre la multitud. Me quedé solo; envuelto en una turba terrible y miserable. Rodeado de críticos de cine y tipos que parecían estrellas del rock. Conocía a la mayoría. En la Alameda los rostros se repetían como una mala digestión. Traté de localizar a Esther entre la multitud poniéndome de puntillas; siempre fui de estatura baja y hacía ya tiempo que había empezado a percatarme de mis limitaciones. No obstante, pude ver a Esther al otro lado del local. Estaba hablando con el esquimal bermejo de la barra. Tonteaban. Él le decía cosas al oído mientras ella le devolvía estúpidas muecas de cartón. Resultaba difícil creer que un tipo así pudiese despertar el interés de Esther. Llevaba el torso desnudo y una pajarita negra al cuello. << ¿Qué clase de lugar inmundo es éste en el que los camareros van por ahí medio desnudos?>>. El tipo tenía un aspecto realmente ridículo. Probablemente Esther solo lo hacía para darme celos. Lo cierto es que el esquimal estaba cada vez más cerca. Si lo hubiese querido, podría haberle lamido la oreja y yo no hubiese movido un solo dedo. Lleno de rabia, me decidí a largarme.

No había dado todavía tres pasos cuando una mano tiró de mí por la espalda<< ¡Simón, cabronazo! ¿A dónde vas con tanta prisa?>>. Era Juanito, un pelma del trabajo. Al verlo se me anudaron las tripas como un sedal flojo <<¡Quédate, te invito a una copa! ¿Y Esther? ¿O es que has venido a divertirte solo?>>. No había pensado todavía una respuesta solvente cuando Juanito prosiguió la cháchara <<¿Has oído esa noticia de la cebra? ¡Joder, he leído en el periódico que a los del circo se les ha escapado una cebra; el jodido animal debe andar ahora por ahí desorientado y perdido>>. Así estaba yo: desorientado y perdido. Miré a Juanito con severidad y le dije que me estaba volviendo el dolor de úlcera. <<Tómatelo con calma, compañero>>, exclamó <<Tómatelo con calma>>.

En el exterior hacía una noche tibia y espesa. No se atisbaban las estrellas y, para colmo, me había quedado sin cigarrillos. Pensé entonces en la cebra prófuga. En el problema existencial de un animal destetado y obligado a vivir en un entorno hostil. Algo así como un fugitivo en pijama de rayas trotando sin dirección ni rumbo. Esa noche estuve más cerca de la cebra que de ningún ser humano. Ni Esther me entendía ni yo la entendía a ella.

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En la acera de enfrente había una pelirroja dando largas bocanadas de humo. Crucé el asfalto y le pedí un cigarrillo. Me miró como si le estuviese desbaratando los planes <<¿Tienes fuego?>> <<¿Algo más, chato?>> <<¿Qué tal un revolcón rápido?>> <<Sueñas>>, respondió. Del interior del palacio salió una  muchacha dando tumbos. Estaba tan borracha que apenas logró articular un par de zancadas antes de caer desplomada al suelo. Quejumbrosa y pálida, se sentó en una esquina impregnada de mugre. Después agachó la cabeza y vomitó como quien lucha por no dejarse escapar el alma. La noche nos estaba congelando los estómagos y la jovencita embriagada no tenía a nadie que le sujetara la frente. El cabello mustio y destemplado le caía como una lluvia triste mezclándose con el vómito caliente. El acto de devolver era la prueba inequívoca de que Dios no existía <<Pobrecilla, ¿dónde crees que estará su novio?>> <<Seguramente con otra>>, respondió la pelirroja. Pensé entonces en Esther, <<¡Qué se joda!>> La pelirroja me observó con indiferencia y dijo: <<Odio las fiestas, ¿tú no?>>. Para entonces yo no podía dejar de observar a la muchacha de la borrachera. Se había recogido el pelo y ahora podía verle el rostro. El corazón me golpeó cuando descubrí que no era más que una niña, una niñita rubia de ojos vidriosos y carita salpicada de pecas. Tan bonita como lo que nunca se cumple. Y ahora estaba allí, en el rincón más inmundo del planeta. Sin amigos. En medio de una infinita soledad helada. Expulsando las entrañas. <<No te preocupes>>, dijo la pelirroja <<Es joven. Aprenderá de todo esto>>. <<Yo soy viejo y no he aprendido una mierda>>.

Un viento suave bajó hacia nosotros. El murmullo de la fiesta se apagó y todo quedó en un extraño estado de calma. <<¿Ocurre algo?>>, preguntó la pelirroja. Miré entonces a la joven, quien ahora me observaba con enormes ojos de gato. Estaba pálida y quieta. Parecía sosegada. Después, una formidable cebra surgida de la nada cruzó ante nosotros en estampida. Estaba allí, trotando veloz con su pelaje de líneas estampadas. Con una piel que brillaba como una luna blanca en el manto del mar. Corría expulsando aire por los hocicos y levantaba las pezuñas en un coreográfico pulso contra el asfalto.

La pelirroja terminó su cigarrillo y lo dejó caer con indolencia. La joven se había esfumado y del horizonte surgieron dos coches de policía que perseguían a la cebra con el estridente canto de dos sirenas desafinadas. La bestia se había escurrido por una estrecha callejuela y el dolor de úlcera me estaba matando. Escudriñé de nuevo a la pelirroja: <<¿Seguro que no te apetece un revolcón rápido?>>.

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