DOS RETRATOS SOBRE LA LOCURA (DE BLANCHE DUBOIS A BLUE JASMINE)

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No fueron pocas, las ocasiones en que paseando por las calles del distrito, dándome aires de fláneur, fui a toparme de bruces con la locura. No son pocas, teniendo en cuenta que a escasas manzanas de donde Rita y yo gozábamos de nuestro sagrado nidito de amor, se levantaba sombrío, el centro para enfermos mentales del barrio de Santa Inés. Edificio pobremente ajardinado, compuesto de un muro de cemento gris y de un garaje estrecho en el que siempre estaba cobijado el deslumbrante deportivo del director. El centro para enfermos mentales del barrio de Santa Inés, recordaba a esos colegios para señoritas en el que la restricción y el mandamiento era el pan de cada día. A las ocho y media se servía la cena, a las nueve se rezaba y a las diez todo el mundo al sobre. De este lugar, escapaban cada mañana, los siete neuróticos que, absortos en su propio olvido del mundo, deambulaban en zig zag tirando cada uno de su locura. Siete internos, hombres y mujeres, con un destino común: diñarla con una visión combada de la realidad.                                     Naturalmente, habrá quien ponga en entredicho mis palabras argumentando que, lejos de toda objetividad, nadie puede legitimar la cabal postura de Sancho Panza frente a las divergencias alucinadas de Alonso Quijano. Bien, lo que vosotros penséis, me la trae floja; escribid vuestra propia versión de la historia.

El punto de encuentro era el bar de Emilio. Allí, pasaban las horas recogiendo mesas y pordioseando calderilla para tabaco. Todos habían caído en los abismos de la locura, y no era necesario cruzar palabra con ninguno para percatarse de que la cosa estaba perdida. La vida los había apartado del camino devolviéndolos a un estado de niñez. Víctor, el más joven, tenía por hobby recoger colillas del suelo. No era raro verlo en cuclillas chupando los pitillos que quedaban esparcidos por el asfalto; al fin de cuentas, era lo único que le quedaba en el mundo, los pitillos. Beatriz, una solterona vieja y colorada que hablaba con acento de Valladolid, se paseaba con un viejo abrigo de pieles roídas y un sombrerito años veinte. La pobrecita sonreía siempre con la boca ancha embadurnada de pintalabios. Era la reina del pordioseo <<Perdona, ¿me dejarías cinco céntimos?>>. El General, un tipo regordete y medio calvo, había formado parte del ejército durante la guerra de los Balcanes. Cuentan que fue allí donde se volvió majareta. Que los horrores le habían mordido los nervios; ya no le quedaba ni gota de esperanza, al General. Y sin esperanza, naturalmente, no se puede vivir. Pero el General había trazado un plan maestro, su opción, como la de tantos otros, había consistido en salirse por la tangente. Ante el miedo que le producía matarse se decantó por la locura. Ahora caminaba fumando sin despegar el cigarrillo de los labios dando giros sobre sí mismo. A la palabra <<Vuelta>>, el General giraba y giraba como una noria. Los niños se divertían haciéndolo virar hasta que Emilio, exhibiendo una voluminosa barriga peluda, los espantaba empuñando una escoba.

Luis, que era alto y canoso, se había mudado al barrio de los locos después de enamorarse de una ninfómana. La quería tanto, que tuvo los cojones de quedarse para ver como su amor se descomponía con insaciable virulencia. El largo proceso de descomposición, desde el enterramiento hasta la posterior conversión en huesos y polvo, se encargó de hacerlo delirar. Eso, y todas aquellas veces en que la sorprendió  jugando a tres bandas. Ahora, solo salía del centro para visitar a sus padres el domingo a la hora del café. Para Luis se habían acabado los años de los grandes  amores. Los había sustituido por una imaginación sin límites; ahora, cuando miraba los conductos de ventilación, Luis veía crecer jazmines bañados por la luz del sol.                                                                                                           Tomás, el más veterano del grupo, era hijo de unos marqueses venidos a menos. Había conocido mundo y estudiado en los mejores colegios del país. Resultaba asombroso que el desquicio hubiese arrasado con todo salvo con la memoria geográfica. Bastaba con corear un país en voz alta para que Tomás, desde el otro lado de la calle, respondiera como un autómata su capital. Así, aunque conocía sin trampas las capitales de Marruecos, Rusia y Japón, respondía de igual modo a rincones del mundo invisibles. Yo mismo me sorprendí explorando países con el fin de poner a prueba las capacidades de Tomás. Ahora, si me topaba con él, aprovechaba para lanzar con voz alta y firme algún territorio recientemente descubierto<< ¡Transnistria!>>, decía yo << ¡Tiráspol!>>, contestaba Tomás impasible.     << ¡Mayotte!>>, <<¡Mamoudzou>>. Y después, continuaba con su paseo, como si nada. Repitiendo capitales, países y otros datos que recorrían su mente como un tren sin frenos.

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En casa pensaba en los locos mientras Rita se pintaba las uñas de los pies. Ella, naturalmente, desconocía mis temores más profundos, por lo que cada vez que me descubría meditabundo, me sonreía para continuar inmediatamente absorta en su frívola ocupación. Sin embargo, yo le daba al coco una y otra vez. Me lo repetía: << ¿Y si acabo como ellos?>> << ¿Y si Rita se vuelve también una ninfómana indómita?>> Pensaba en mis padres, que algún día morirían. Pensaba en un estado de soledad alucinado. En un vagabundeo constante por las calles del distrito de Santa Inés. Acabar solo y majareta me aterraba. ¿Acaso no consistía en eso la vida? ¿En un largo y extraño viaje hacia la locura? Viene uno al mundo lloriqueando como una nenaza, forzado a salir, a luchar y a saltar empalizadas cada vez más altas, y no queda otra que volverse un tarambana y dar giros al son de la música. Rita no lo comprendería; aunque se lo hubiese explicado con detalle, Rita era una mujer práctica y carente de imaginación. Era buena y guapa. Pero su alma no estaba hecha un enredo.

La última película de Woody Allen habla precisamente sobre ese viaje a las profundidades. Jasmine, pasa de construir sus propias mentiras a habitar dentro de ellas. Entonces, la caída es abismal. El físico se deteriora. La mujer que antes era hermosa, se marchita como una rosa herida de amor. Las corolas pierden todo el ímpetu que las impulsaba hacia arriba y se desinflan mustias y deprimidas. Jasmine lo intenta (evadir la locura) ¡hasta se apunta a un curso de informática! Pero la locura es terca y obstinada. Los síntomas del fatal desenlace ya asoman como el viento que precede a la tormenta. Los monólogos en voz alta, la neurosis, los llantos. Y después, el silencio. Porque Jasmine empieza a perder amistades, parejas y familiares. Jasmine ha venido a la vida para transitar el carnavalesco sendero de los locos. Jasmine se ha vuelto definitivamente chiflada y el rímel negro le resbala por los pómulos. Pobre Jasmine, en el parque, solo las palomas quieren prestarle oídos.

De locuras también sabía un rato Tennesse Williams. A lo mejor por eso, una de sus criaturas más recordadas, se paseaba por Nueva Orleans al borde del desquicio. Blanche Dubois es la antesala de Blue Jasmine. Está claro. Miradas diferentes pero enfocadas en una misma dirección. La de la sinrazón. A Williams le iba la locura porque también sufrió de cerca el desconsuelo. Nunca perdonaría a sus padres aquella operación que permitieron en su hermana Rose. Lobotomía; y Rose, retirada del mercado. Después venga a escribir teatro y personajes revestidos de pasiones. Gigantesco, Tennesse, como gigantesca Vivien Leigh. De sobra es sabido que Leigh estuvo al borde del desgarro cuando interpretó a Blanche Dubois en Un tranvía llamado deseo. Leigh, tras una vida frenética y colmada de éxitos, acabó sus años consumida por una tuberculosis que derivó en locura. Se dice que repetía una y otra vez los diálogos de la película de Elia Kazan. Una noche, tras arreglar las flores y despedir a sus amigos, Vivien se encerró en su habitación y ya no quiso volver a salir. Tenía cincuenta y tres años.

Algunas veces, esperando el autobús, uno de los locos del distrito de Santa Inés acababa sentado a mi lado. Esperábamos mirando al horizonte sin mucho que decirnos. Fumando, perdido cada uno en sus vericuetos mentales. Víctor, el más joven de los locos, farfulló entonces algo que no logré descifrar. Después respiró con aspereza,  y dijo: <<¿Todo esto es una conspiración, verdad?>>.

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