DE LAS ARTES, OTROS FÁRMACOS Y BAUDELAIRE

scriptical-wordpress-a-tribute-to-helmut-newton-pauline-moulettes-an-anthea-by-nicolas-guerin-for-khube-magazine-spring-20121

Solo se puede escribir desde un único estado alterado del ánimo: la desesperación. Toda literatura que no tenga su base en el desquicio personal, es un estercolero al que las gaviotas vuelan para cagar. La literatura desesperanzada, la literatura del duelo, del desamor, toda esa literatura de la nostalgia, es igualmente un basurero lleno de demonios. La diferencia entre este albañal y aquél, radica en las flores tímidas que se alzan entre cartones de detergente y migajas de pan. La literatura confesional, la poesía, es siempre un gesto inmundo pero redentor. La literatura que nace como un acto desesperado, es un arte del desenfreno. Sin esta creación enérgica, no tendríamos los cuadros de Munch ni los girasoles de Van Gogh. Tampoco existirían las películas de Bergman ni el teatro de Strindberg. Todo ese arte desesperado, ese desgarro en el silencio de la noche, es lo que nos mantiene atados a la tierra. Fuera de eso, más de uno se habría pegado el tiro de gracia. Y no porque el arte sea un arma cargada de futuro, el arte, en todas sus variantes, es la llave que libera al esclavo de sus cadenas. El barco con destino a las Indias, la mujer que te acaricia bajo los pantalones. El arte, por encima de cualquier bebida energética, eleva. La droga de las drogas. El caballo galopante. El huracán que todo lo arrasa.

Baudelaire sabía un rato de liberaciones. Por eso acuñó el término paraísos artificiales. Siguiendo la senda del poeta francés, el arte es el último y el más hermoso de los paraísos de cartón piedra. El artificio, el trampantojo, la pose dandi (zapatos de charol incluidos), es lo que impide al poeta aparecer como borrón en esta historia de locos. Baudelaire lo intentó (figurar como tachón) una mañana frente a su novia negra. Se encontró con ella en un restaurante de la rue Richeleieu y tras devorar el desayuno, sacó una navaja con la que perpetró el intento. Pero el poeta no logró borrarse. <<¡Maldita sea la vida!>>, pensó.

La primera vez que visité París, me hospedé en un albergue del barrio de Montparnasse. Era sucio y las cucarachas movían las patitas con presteza. Mi habitación daba a la calle y desde allí tenía una vista completa del cementerio. Abandoné el equipaje junto a la cama, y bajé por el estrecho pasillo hasta la recepción. El propietario era un tipo gordo con un muñón encarnado en el brazo derecho. En un francés torpe y amanerado, me informé sobre las personalidades que habitaban el subsuelo de Montparnasse. París esperaba. Hacía una mañana nubosa y las calles estaban todavía impregnadas por el rocío de una noche olvidada. Pero París podía esperar. Me colé en el cementerio y rebusqué entre las lápidas los nombres de aquellos personajes célebres que, según el tipo del albergue, descansaban allí desde mucho antes de su accidentado advenimiento. Bajo Montparnasse dormían el sueño eterno Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir, juntos y con los huesos revueltos. Julio Cortázar y Porfirio Díaz. Con Baudelaire me tropecé después. Era una tumba alargada y anclada al suelo de la que nacían unos hierbajos húmedos y malolientes. Me quedé allí, inmóvil. Baudelaire llevaba muerto más de ciento cuarenta años y había sido enterrado junto al general Aupick, su padrastro, con quien nunca mantuvo buena relación. Con ellos descansaba también Caroline Defayes, madre del poeta. Fue Caroline quien cuidó de Baudelaire en los días que el poeta expulsaba los últimos estertores. Fue Caroline, como una piedad renacentista, quien mantuvo entre sus brazos al famoso lírico del mal hasta morir. Él tenía cuarenta y seis años, ella setenta y tres. Para entonces, las flores del mal ya habían sido sembradas.

Por delante se extendería una cascada de tiempo infinito en el que Baudelaire terminaría reducido a poco más que un par de retratos y unas cuantas palabras en rima. Mucha mitología y algún que otro restaurante con su nombre. Nadie que vea al poeta cruzar los alrededores del barrio Latino. Nadie que lo descubra en el Louvre explicando a las putas el vigoroso trazo de su admirado Delacroix ¿qué es una leyenda en comparación con la carne viva que la alumbró? En el Liceo Louis-le-Grand donde estudió Baudelaire, no se escucha el murmullo de los alumnos. Allí estudiaron Víctor Hugo, Voltaire y Sade. Tampoco queda ni rastro de ellos. Más allá del camposanto vigila imponente la torre Montparnasse. Muestra inequívoca de la oscura y fría modernidad. París se transforma alrededor de Baudelaire pero las flores siguen impertérritas. Y las tumbas. Y los muertos.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s