MANIFIESTO ESTÉTICO ENCONTRADO EN UNA BOTELLA DE JACK DANIELS

Alma_Tadema_antony_cleopatra_detail7-largeLa vida siempre imita al arte. Dicho de otro modo: la vida es prisionera del arte; su puta de cuatro duros. El arte tira de la vida hasta arrancarle el último mechón de pelo. Aquella doctrina que sitúe lo artístico inmediatamente por detrás de la vida, es una doctrina taimada y engañosamente humanista. La creación es lo primero. Después, si se quiere, se presentará la vida en todas sus formas y variaciones. Insistimos, el mundo de la vida es siempre accesorio, poco más que una sombra de la realidad suprema. El mundo es mímesis del arte cuando no imitación de la televisión, la publicidad o la basura.

Bajo esta premisa, todo aquello que vemos reflejado en el cine, es siempre un elemento depurado de lo que está por venir. De alguna u otra manera, la pintura, la poesía y la música, adquieren visos de premonición. El arte nos dice: <<Esto ocurrirá y volverá a ocurrir una y mil veces>>. Se encargará de presentarnos futuro y pasado en una prolija diversidad de formas. La forma es su mejor arma. Si uno presta atención, si sabe detenerse a oír lo que le canta la obra de arte, si no se pierde en vericuetos y diletantes imitaciones de lo sagrado, esto es: televisión y otras tantas manifestaciones de la cultura popular, entonces, y solo entonces, estará preparado para recibir la mayor de las lecciones que el arte puede proporcionar. ¿Y qué lección es ésa? La lección de observar el mundo abierto de piernas. El arte nos da ejemplos prácticos del funcionamiento del eros (que es lo que nos une) y del tánatos, lo cual siempre nos separa.

El arte comunica los mismos patrones de vida desde la noche más oscura de los tiempos. El deseo ya estaba presente, palpitante y vibrátil, en la pintura de Artemisia Gentileschi; era explícito en el rostro de los dos viejos que se parapetaban en silencio preparados para abusar de la indefensa Susana. Del mismo modo, en Caravaggio ya está toda la brutalidad del mundo. Tanta ferocidad encontramos en los cuadros del italiano, que nos resulta imposible salir de la sala de exposiciones sin la camisa salpicada de sangre. Todas las pasiones y vanidades quedan afanosamente detalladas en cualquiera de las pinturas del Bosco. Si uno atiende con atención, si es capaz de aguardar en silencio ante el tótem mágico y misterioso que es toda obra de arte, puede aprender cosa mala del arte. Aunque la mayoría de las veces su discurso se presente oscuro y problemático, la luz siempre asoma al final del túnel. El arte, repitámoslo otra vez, es una princesa a la que le gusta hacerse la estrecha. En ocasiones se muestra hermético cuando no completamente cerrado ¿dónde está si no la verdad de la música?

Es en el arte musical donde la vida misma se muestra más explícita y a la vez más insoportablemente cerrada. El arte musical es abstracto pero profundamente clarividente. La música, por encima del cine, la poesía o la pintura, es la madre de todas las artes. La cuerda vocal con la cual se expresa el mundo de la vida. ¡Qué decimos! ¡La música es la vida misma, expuesta así, en escaparate informe! El deseo de unirse a la tierra y perpetrar una vez más lo que vive (el eros) queda unido en la música con el no menos impulso de mirar al vacío y sentir el extraño vínculo que nos llama a lanzarnos; a deshacernos en pequeños átomos. Este tánatos, que no es otra cosa que la firme convicción de olvidarnos de nosotros mismos, de nuestro nombre, del carné de identidad, del rol de padre, de madre o de hijo, esa tragedia nocturna que tiene su origen en el más remoto de los tiempos, está presente ya en la música. ¿De qué nos habla si no el preludio a Tristán e Isolda que compuso para gloria de la vida, el genio de Richard Wagner? ¿Quién no ha conocido esa clase de melancolía, en el fondo insoportablemente destructiva, con la cual nos seduce hasta un morir presentido, la no menos ilustre partitura de Mahler?

Digámoslo otra vez, el arte es no una parte necesaria del mundo; el arte es el mundo en su mismidad. El mundo como obra de arte. No existe nada fuera de la creación. Todo es representación y puesta en escena. Teatro barroco. Teatro de la crueldad. Teatro de la muerte. No es que los personajes de Tennessee Williams estén dotados de características terriblemente humanas, es que los personajes del dramaturgo norteamericano son la vida misma. Su prolongación, si se prefiere. El arte y el mundo se relacionan entre sí como el alimento con el organismo. El mundo devora arte porque es su principal y fundamental nutriente.

Quién rechace el arte, quien niegue el nutriente fundamental de la pieza sinfónica, del poema o de la narración literaria, quien lo tache de su dieta catalogándolo de alimento suficiente pero no necesario, comete el mismo error que aquel otro que aun viviendo en comunidad, rechaza todo interés por la política. Vivir es vivir necesariamente la política. Del mismo modo, el despreciador del arte, aquél que niega o no se muestra dispuesto a comprender los misterios de la creación, ése despreciador del arte (que es siempre supremo), ése que no muestra interés por la gran literatura, el que no se preocupa por escuchar el mensaje último de, pongamos, de Chirico, no solo está despreciando una forma vital de relacionarse con el mundo, está despreciando el mundo, y con éste, su propio lugar dentro de él. No se puede vivir sin música, lo dijo Nietzsche: <<La vida, sin música, sería un error>>.

Precisamente el arte es el fármaco o flotador con el que uno se mantiene a flote porque el mundo entero es por sí mismo un grave error. Es el arte, por encima de la religión y de la filosofía, el elemento natural de la supervivencia. Si existe un dios, éste debe ser endiabladamente estético. Entiéndase que dentro de esta categoría entran patrones deformados de lo bello. Nuestro dios, lo digo desde la experiencia de quien lo ha pasado canutas, debe ser, necesariamente, un artista de lo sórdido. Lo suyo es un arte de urinario, como el de Duchamp, un arte de alcantarilla y de subsuelo. Un arte que apesta a meadas y a sexo sucio. Digo yo que este dios supremo y creador, es al mismo tiempo un pintor de lo bello y de lo horrendo. Habita lo romántico y lo desesperanzado. A veces roza lo kitsch y comparte cierta espiritualidad con las vanguardias, la tristeza etílica de Bukowski o el grito desgarrado de Bacon (Francis).

Como sea, a este dios no podemos perdonarle la creación del mundo. Ser indulgentes con su mastodóntico y sublime lienzo, es ser indulgentes con la miseria de lo creado. Podemos perdonarle las manzanas de Cézanne pero no el Guernica de Picasso, más, si vivimos como caballos rabiosos dentro de un cuadro altamente representativo en lo que se refiere a espejo del mundo. El arte es necesario dentro de un mundo en el que no existe la armonía de espíritu. Un mundo dominado por el grito ensordecedor de la metralla cuando hace la guerra y por el himno militar de moda cuando conserva la paz. Qué es si no esa cantinela con la que todos desfilan al unísono cuando alguien pregunta: << What does the fox say?>>  ¡Qué es, si no otro himno de formación militar, gregario y alienante abiertamente en contra de las formas supremas del espíritu! Todo esto lo permite ese dios kitsch y vulgar al que tanto despreciamos. Solo una cosa está clara: podremos perdonarle el sufrimiento pero nunca podemos perdonarle su reiterado y plomizo mal gusto.

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