DE VENTANAS INDISCRETAS Y OTRAS VISIONES HUMANAS

Vanity-Fair-la-ventana-indiscretaTengo una pierna rota; la derecha. Debido a un estúpido accidente, estoy inmovilizado y obligado a convivir con esa vieja loca que tengo por esposa. Pero he tomado la firme determinación de abstraerme de sus gritos, exigencias y manías. Para ello solo necesito una docena de cervezas, los viejos prismáticos que guardamos en la parte alta del armario (en esto he tenido que doblegarme y aceptar su ayuda) y Wagner, mucho Wagner. Eso es todo lo que necesita un hombre para no volverse loco. Música, alcohol y una buena panorámica. Desde el despacho, en el que por cierto hace años que no me encierro a trabajar, tenemos una vista magnífica. De fondo, el mundanal ruido. La ciudad con todos sus quehaceres y ruinas. El humo contaminado, los aviones, el tráfico; el mundo a gran escala. En primer plano, el paseo principal que va del colegio al basurero. Entre el basurero y la escuela municipal existe una amplia galería de comercios, de modo que el desfile de carnaval está garantizado. Abro la primera cerveza y dejo que Wagner haga el resto. Los vecinos empiezan a desfilar. Señoras aburridas, maridos infieles y yonkis de pelo platino. El espectáculo es tan divertido como desolador. Nunca hasta hoy, probablemente debido a la necesidad de huida de unas piernas todavía fuertes y ágiles, había tenido la necesidad de detenerme a observar la vida. El modo tan extraño que tiene de crecer, de ir abriéndose paso a través de la miseria. Me admiro por la obstinada capacidad de todos esos hombres en lucha consigo mismo mientras tratan de mantenerse a flote. Eructo. Vuelvo a beber. Me rasco la barriga. Ahora que me encuentro inmovilizado y condenado, por tanto, a la reflexión, pienso en los días contados. Hace unas semanas, el periódico publicaba las últimas imágenes enviadas a la Tierra por la Voyager 1, actualmente en los márgenes del sistema solar. Entre una masa informe de puntos luminosos se destacaba nuestro planeta marcado dentro de un círculo azul. El círculo, naturalmente, ayudaba al lector a encontrarse a sí mismo dentro de aquella infinitud de píxeles. Lo pensé un momento, y una terrible fatiga se apoderó de mí. <<No somos más que una cagada>>, pensé. <<Una gota de lluvia perdida en medio del mar>>; perdóneseme el símil, nunca he sido poeta ni pretendo serlo. Si ahora redacto estas reflexiones, no es más que por desidia y necesidad comunicativa. Puede que me haya puesto a escribir porque ya no quiero a mi mujer y en el fondo, deseo cantárselo al abismo. Eructo. Vuelvo a beber. Me observo la pierna derecha envuelta en una escayola de yeso sólido. Encontrarnos a nosotros mismos en medio de tanto polvo de estrella. Menudo disparate. Creo que fue Sócrates quien dijo aquello de Gnosce te impsum. Naturalmente, ninguna de las mujeres aburridas que pasean bajo mi ventana saben muy bien quiénes son. Ni los maridos infieles. Esas niñitas de culo terso y mirada engolada, saben menos que ninguna otra, quiénes demonios son. La belleza las desorienta. El vejete que todas las tardes pasea un caniche de pelo blanco, mira hacia atrás repasando jugadas y no comprende gran cosa. Mira al perro cagar y todo le parece absurdo. Luego está esa familia de dinosaurios que vuelven a casa de manera ordenada. Uno detrás de otro. Kilos y kilos de insatisfacción. Primero el padre, peso pesado, después la madre, glotonería ansiosa. El hijo mayor guarda una dieta, según mi señora, desde hace más de dos años. Yo cada día lo veo más gordo. Pienso en esto, en hombres gordos y en mujeres bonitas. En como los primeros desean a las segundas teniendo plena conciencia de su imposibilidad. Pienso en la Voyager 1, a quince mil kilómetros de nosotros y en todo el maldito firmamento sobre nuestras cabezas. Pienso en la belleza elegiaca de la música. Le doy un trago a la cerveza. Eructo. Me observo la pierna. Ya no quiero a mi mujer.

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