MINIATURA HISTÓRICA (LOS JULIO-CLAUDIOS) (II)

Md_steven-meisel_041El veneno corre. Y la sangre, y la pena. Jesucristo apenas es un imberbe muchacho de ojos claros cuando un grito ensordecedor resuena en las inmediaciones de Anzio. Claudio, que para entonces ya ha cumplido los veinte, recibe la noticia de que Agripina, la esposa de Germánico, ha dado a luz un regordete y ruidoso varón al que bautizan Cayo Julio César Augusto Germánico. El niño es blandito y juguetón. Empero, Germánico es un eminente y respetado hombre de guerra y Agripina y el recién nacido se ven obligados a llevar una vida errante entre campamentos y batallones. El joven Cayo empezará a gatear sobre fango y piedra. Los primeros pasos los da bajo la mirada atenta de los soldados, quienes lo han adoptado como mascota. Incluso le han confeccionado un uniforme a medida, cáligas incluidas. Ahora Cayo no es un niño cualquiera, es el soldadito más intrépido del regimiento. Cayo se pasea con ojitos enérgicos y mirada marcial. Empuña una espada de juguete y una armadura que le cubre un ombligo saliente. Los más viejos empiezan a llamarlo cariñosamente Calígula, que significa bota pequeña. El niño es consentido y amado por todo el regimiento. Tanto es así, que cuando Germánico decide sacar a los suyos del campamento por miedo a una rebelión, los soldados se arrodillan pidiendo la vuelta del pequeño. Prometen no amotinarse ni armar jaleo. Aceptarán órdenes y no se emborracharán. Nada hay más sentimental que un soldado romano. El soldado romano ama profundamente a su madre y llora la partida de un mocoso consentido.

Pero Calígula regresa a Roma para vivir con su abuela Antonia. También comparte estancia con Claudio, al que empieza a humillar sin reparo. Con Antonia tampoco se lleva bien. Cuando ésta lo reprende, Calígula le escupe a la cara. Un día, la desesperada abuela, agarra al precioso niñito y le da una buena tunda << ¡Ya verás cómo después de ésta no vuelves a escupir a tu abuela, niño malcriado!>> Calígula explota en llanto y llama a su abuela <<Germana>>. Para Calígula, Germana es el peor de los exabruptos << ¡Me vengaré, Germana!>> grita a su abuela. Días después, el futuro emperador se esconde en un cuartucho lleno de trastos viejos y prende el fuego. La estancia arde bajo la descolocada mirada de la familia. No obstante, tampoco hay mucho por lo que lamentarse, solo mueren dos esclavos viejos que convalecen en cama. El resto, lo paga Claudio de su bolsillo.

Por este tiempo, el tío Claudio está casado con Urgulanila, una lesbiana de ochenta kilos. El matrimonio, ideado por Livia, supone otra humillación para el futuro emperador. A fin de cuentas, él es enclenque y enfermizo. Ella, viril y tosca. La pareja resulta tan ridícula, que el día de la ceremonia, Livia y sus amigas, viejas meretrices, no pueden evitar estallar en carcajadas. Los adolescentes como atracción de feria. La reina del veneno asegura estar viendo a un mono casarse con un elefante. Se trata de otro golpe para el malogrado Claudio después de que Livia Medulina, su amorcito de juventud con la que iba a casarse, muera de forma repentina el día de la boda. Con Livia Medulina pasea por los jardines de palacio leyéndole pasajes de sus poetas predilectos. Livia es la primera persona que no se ríe de su aspecto. La niña quiere y respeta a Claudio. Anomalía en palacio. Sin embargo, Claudio se queda esperándola en el altar. En lugar de la novia, el día de la boda aparece su tío vestido de negro con el rostro desencajado. La novia nínfula acaba de morir en el umbral de su casa. Vestidita para la ocasión. Un desvanecimiento inexplicable. Luctuoso. Fatal. Por este motivo, Claudio se ve obligado a convivir con una mujer a la que no ama. Claudio y Urgunalila no duermen nunca juntos, no obstante, ella da a luz un varón: Claudio Druso, muerto en la adolescencia y considerado por el propio Claudio como un niño estólido e insolente. No queda otra. El tullido se larga de palacio yéndose a vivir a una casita situada a las afueras de Roma. Allí comparte cuarto con una prostituta con la que se acuesta sin pedir mucho a cambio. Aguantará, Claudio, hasta que el terremoto de las circunstancias lo destrone de la armonía. Continúa escribiendo libros de historia y paseando bajo un cielo pétreo.

Mientras, en algún punto indeterminado del espacio, alejado del tiempo, el espíritu de Augusto contempla las desgraciadas vidas de los mortales. Atento, oye los lamentos nocturnos de Livia, inquieta y apesadumbrada por los remordimientos. Tiberio, que ahora es emperador, desconoce el papel que muy pronto desempañará en la historia un carismático barbudo de Judea. Quien no está para hacerse preguntas, es Germánico, volcado en una guerra de desgaste contra los germanos. Al otro lado del Rin, hordas de hombres lanudos luchan contra los romanos bajo el liderazgo de Hermann. Este caudillo invencible es, en realidad, ciudadano de Roma y aliado del Imperio. Al menos, eso creen los latinos hasta que devasta el bosque de Teutoburgo con Varo como víctima onerosa. El bárbaro se proclama héroe nacional y declara la guerra a Roma. Como buen germano, disfruta del vino como de la sangre. El suyo es un cuerpo robusto y guerrero. Un ejemplo de existencia nacida para la lucha. Hermann galopa a lomos de su caballo al mando de miles de hombres nacidos para morir. Aquí no existe el temor ni la debilidad. El cuerpo a cuerpo no conoce límites. Los ríos se tornan rojos y el cielo respira putrefacción. Los bosques de Germania se convierten en cementerios y de los árboles cuelgan cadáveres de cabellos dorados. Finalmente, Germania es desolada y Germánico regresa a Roma victorioso.

La existencia de los hombres se presenta siempre crudelísima. Si bien hoy atravesamos el mundo envueltos en una rutina de seguridad y tedio, no siempre ha sido así. Oleadas incesantes de seres inútiles vienen al mundo desde el fondo de los tiempos a morir sin cesar ante nosotros, dijo Louis Ferdinand Céline. Las vidas de Thusnelda y Tumélico son otra muestra de lo inútil e intolerable de la actividad humana. Thusnelda era la esposa de Hermann, apresada tras la derrota del caudillo germano y trasladada a Roma con una cadena al cuello. A Thusnelda se la tragó la historia. Nunca volvió a ver la tierra en que nació. Ni a su familia, ni a su marido. Exhibida como una alimaña en el desfile triunfal de Germánico, Thusnelda estaba embarazada de Tumélico cuando pisó Roma por primera vez. Tumélico, que ya era un esclavo antes de asomarse al mundo, nació extrañado en un escenario de piedra y mármol.

No sabemos mucho sobre Tumélico porque Tácito apenas dejó texto escrito. Conocemos, en cambio, lo suficiente para incluir la existencia del joven germano dentro de esa amplia galería de seres inútiles. ¿Nacidos para qué? ¿Condenados con qué fin? Toda la bestialidad germana, romana y mediterránea está objetivada en el cuerpo prestado de Tumélico. No resulta aventurado afirmar, conociendo los hechos, que Tumélico solo está de alquiler en el hostal barato de la vida. Si tenemos en cuenta que el hijo del caudillo germano es entrenado como gladiador y que muere antes de cumplir los dieciocho en la arena, nos vemos impelidos a dar la razón a Schopenhauer cuando afirma que la vida es un negocio que no cubre los gastos. Que se lo digan si no a Tumélico, si es que alguna vez tuvo tiempo de detenerse a observar las estrellas. Tumélico lleva una vida de acción. De continua lucha por la supervivencia. Enfrentándose a gladiadores provenientes de Oriente y Cártago. Máquinas de matar se levantan con escudos de hierro contra el joven de tez bermeja. Si hay algo más brutal que la vida de un gladiador, Tumélico desconoce qué vida puede ser ésa. Tal vez la de Octavia, empujada a la extinción en las tierras estériles de Pandataria. La vida no es más que una historia narrada por un necio llena de ruido y de furia que nada significa. Lo dirá Shakespeare más de mil años después. Tumélico y Octavia hoy no son más que un puñado de arena; si acaso, entrada de Wikipedia. Los dolores se olvidan con el tiempo. Y las vidas. Y los cuentos.

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