OH BOY. CAFÉ Y CIGARRILLOS, (JAN OLE GERSTER, 2012).

Michael Gwistek, Tom SchillingTodas las mañanas lo mismo. Pones los pies en el suelo, te duchas, buscas la camisa que esté menos arrugada (con las dobleces de tu alma es suficiente) y a correr. En realidad, algunos galgos se precipitan sin apartar el ojo de la liebre. Nunca quitan la vista de su objetivo. Los otros, corren por correr. Porque tampoco es cosa de quedar el último. Se inventa uno la liebre, si hace falta, por aparentar y moldear sentido, qué sé yo; ya sabemos que el fracaso solo reviste en literatura.

Niko Fischer es un galgo de la segunda categoría, esto es: perseguidor de liebres que ni él mismo se cree. Ha pasado la tira de mañanas levantándose temprano. Mirándose los pies en la ducha. Buscando camisas lisas que disimulen su espíritu ajado. Lo suyo, no obstante, es el vagabundeo. Hace dos años que no aparece por la universidad. Tampoco trabaja, ni quiere. Se aburre de la última chica con la que sale, Jean Seberg a lo alemán, dejándola confusa entre sábanas de algodón. En realidad, este tipo no quiere hacer nada excepto fumar y beber café. Pero en Berlín, qué cojones, un café cuesta tres con cincuenta. España, en cambio, está que se regala. Puede uno inyectarse café en vena. La camarera del local en el que todas las mañanas me detengo a recoger rayos de sol, me sirve tacitas de cafeína sin necesidad de intercambiar palabra con ella. La fuerza de la costumbre. Si un día decides salirte del camino y pedir cerveza, el mundo se paraliza. La camarera te pregunta el por qué de ese cambio tan repentino y a tu alrededor, en las mesitas colindantes, el resto de clientes te observa con acritud. Pero no sabes qué responder. Simplemente no te apetece seguir con el café, estás cansado. Te aburres como te aburriste de las clases de piano, guitarra y claqué. Ya no quieres aprender francés, para qué, hace años que no sabes nada de aquella chica que conociste en París. Lo único que puedes hacer es levantarte con la mirada bien alta y darle el dinero del desayuno al primer indigente que encuentres. Niko Fischer, galgo de segunda categoría, sabe que las liebres no existen. Tiene mucho de héroe al estilo Truffaut. En realidad, Fischer es el niño de Los cuatrocientos golpes (Les Quatre cents coups, François Truffaut, 1959) adaptado a los tiempos de Instagram. Si Niko ha sobrevivido todos estos años, es porque su padre tiene pasta y juega al golf. Así cualquiera. Pero cuando el viejo descubre que Niko ha malgastado los últimos dos años pensando; eso es, ¡pensando!, le retira los fondos. Si acaso, le deja cien pavos para una camisa nueva y un par de zapatos. Después, a buscar trabajo.

Esto es todo. En Oh Boy no se habla de otra cosa. No existe el cinismo, lo cual ya es raro en los tiempos que corren. Aquí todo resulta, más que triste, melancólico. Oh Boy va de salirse del camino, si es que alguna vez estuvimos encaminados. Es otra historia sobre café, cigarrillos y fracaso. No dice nada que no haya dicho antes Bukowski. Tal vez la historia de Niko sea la causa de los viejos tipos encorvados sobre la barra de algún bar en penumbras. El inicio de la gran incertidumbre. Si un día decides no presentarte a los exámenes y, en cambio, dar paseos por el cementerio, entre tumbas primaverales, el mundo se pone patas arriba. Porque con la vida hay que hacer alguna cosa, y hay que hacerlo ahora. Eso, al menos, es lo que dicen quienes están a punto de morder la liebre.

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