EL GRAN HOTEL BUDAPEST (WES ANDERSON, 2014)

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Stefan Zweig siempre fue un humanista. Le gustaba beber en petaca y usar camisas de algodón. A Zweig le gustaba, sobre todo, redactar biografías. Literaturizó las vidas de Fouché, Montaigne y la reina Estuardo. En realidad, este escritor nacido en Viena en 1881, sentía un amor desmedido por los hombres (y las mujeres). Podría decirse que Zweig fue siempre un conquistador. De prosa elegante y emotiva, Zweig conquistaba por la exquisitez de su mirada.  Como todo humanista, tenía una fe exacerbada en el ser humano, mala cosa para quien existe en entreguerras. Zweig, cliente habitual en los trasnochados hoteles del arcaico Imperio austrohúngaro, barzoneó entre riscos y paisajes de montaña. Tocado por la gracia del dandi, en los veranos, Zweig viajaba con calcetines altos y pajarita de lunares. Todo un caballero. Empero, la noche se cierne sobre el cielo de la vieja Europa. El canto de los grillos todavía no ha fosilizado el eco de la Gran Guerra cuando un nuevo grito se cuela sordo por los tejados. Los trenes empiezan a llenarse de mercancía. De muerte. Otro tipo con bigote (éste menos humanista que Zweig), unifica Europa bajo un mismo signo. Vuelven los desfiles y las explosiones. Pero en lo alto de la montaña nevada, en algún lugar indeterminado de la actual Hungría, un hotel sigue en funcionamiento. Zweig recoge presto los manuscritos y huye despavorido antes de que el mundo se le venga encima. <<El mundo de ayer>>, libro en el cual se inspira la película de Wes Anderson, es un himno a los mundos desaparecidos. A la fe ciega en el ser humano. Hoy, creer en el progreso nos hace reír a carcajadas. Del pasado, de ese mundo irremediablemente perdido, solo tenemos el mobiliario y las pinturas. Niño con manzana y lesbianas al estilo Schiele. Ya que el espíritu es irrecuperable, recreemos al menos la forma. Rodemos películas de tonalidades violáceas. El uniforme del botones casa muy bien con el rojo de las paredes. En realidad, las narraciones de Zweig pasadas por el filtro visual de Anderson dan lugar a una inagotable fuente de creatividad. Un pastelito en el fondo. Porque la película del director norteamericano es tan naif y frívola como brillante.

El estreno de El gran hotel Budapest es una excusa magnífica para irse a la biblioteca, pensar en lo feas que son todas las bibliotecarias y, de paso, buscar uno de los libros de Stefan Zweig. <<Momentos estelares de la humanidad>>, por ejemplo. O <<El mundo de ayer>>. Si se prefiere, cualquiera de sus biografías o novelas cortas. Leer a Stefan Zwieg es cien veces más estimulante que atiborrarse de pastillas delante de la televisión. Uno se olvida, leyéndolo, de lo feas que son la mayoría de bibliotecarias. Se olvida, también, del mundo de hoy, el cual siempre es un poquito peor que el de ayer (pesimismo poético). Y hasta se olvida de que Zwieg, desesperado por la inminente muerte del humanismo, acabó quitándose la vida en algún hotel de Brasil. Como él mismo dijo refiriéndose a Nietzsche: pasó por el mundo cual rápido y luminoso meteoro, para sumergirse después en la misteriosa noche de su misión. Ignoró adónde iba; salió del Infinito para hundirse de nuevo en el Infinito y, al pasar, rozó apenas el mundo material.

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