MINIATURA HISTÓRICA. LOS JULIO-CLAUDIOS (III)

Eggleston_PDNDe los crímenes consumados por Tiberio, tal vez sea la detención y posterior ejecución de Seyano y su familia, el más lóbrego de todos. Roma se hunde definitivamente cuando el cuerpo del general, antiguo confidente del emperador, es lanzado, escaleras abajo, tras ser estrangulado. En las escalinatas del Llanto, un populacho dominado por las más bajas pasiones, amparado en el anonimato que proporciona la masa, lo descuartiza separando la cabeza del cuerpo. Con ella juguetean en los baños entre chanzas y gritos. El movimiento gregario no entiende de compasiones. Se empeña en aniquilar sin juicio. Seyano, quien tampoco dudó nunca en practicar el crimen, conspiraba contra Tiberio en secreto. Con el apoyo de Livila (hermana del futuro emperador Claudio), emprendió, antes de perder la cabeza, una caza de brujas sin precedentes. El gobierno de Tiberio extiende una política de terror que va diezmando la ciudad a ritmo de tambor. El emperador condena a su antojo apoyándose en las más infundadas acusaciones. Es abrir la boca y perder la chaveta. Tiberio aniquila por coger aire y Seyano, otrora ojito derecho del emperador, acaba siendo víctima de su propio programa de exterminio. No obstante, Tiberio sabe que los enemigos están por todas partes. Por eso se traslada a su residencia de verano en Capri. Allí no solo está libre de envenenamientos y traiciones, sino que tiene vía libre para practicar las más depravadas actividades sexuales. En Capri, las sanguinarias orgias se consuman en la playa. A la isla, Tiberio lleva consigo toda una corte de extravagantes seres de ambigua sexualidad, además de una famosa enciclopedia pornográfica escrita por Elefantis. En Capri, Tiberio practicará la tiranía al por menor. Una tarde en la que el emperador se encuentra descansando bajo un árbol, cierto pescador de la zona, percatándose de la presencia de Tiberio, se aproxima con un saco sobre la espalda. << ¡Fíjate que barbo monstruoso he pescado para ti!>>, exclama. Tiberio, que en realidad siempre ha sido un cobarde, sospecha del ingenuo pescador, por lo que hace llamar a la guardia germana. Por estricta orden de Tiberio, le friccionan el barbo por la cara. Después extraen una langosta del saco, y repiten el gesto hasta que el marinero, fuera de sí por el dolor, se echa al suelo ciego y ensangrentado. No volverá a la pesca ni a las ofrendas, el pescador, después de que la guardia lo lance, cabeza abajo, por un acantilado.

Así se desarrolla la vida en Capri. Mientras, en Roma, Livia se ha convertido en una anciana y su único temor es ser castigada en las ruedas del averno. Agoniza, Livia, consumida por el pavor que supone abandonar la Tierra. Livia no tiene remordimientos de conciencia y tampoco se arrepiente de ninguno de los crímenes cometidos en el pasado, todos, por el bien de Roma. Solo quiere una cosa: ser divinizada para no arder en el fuego eterno. La reina del veneno muere cuatro años antes que Jesucristo. Livia: octogenaria, perversa y perra.

Si por algo se caracteriza el gobierno de Tiberio, es por el delirio y la paranoia. Tras la muerte de Seyano, los familiares y amigos de éste son también eliminados. En primer lugar, Estrabón,  el hijo mayor. Cadáver inflamado, linchado y humillado. Le sea la tierra leve. La primera mujer de Seyano, y madre de Estrabón, al conocer la noticia, se suicida. A finales de ese mismo año, Capito Eliano y Junilla, -los otros dos hijos del pretoriano finado- son también brutalmente ejecutados. Junilla, que todavía no ha cumplido los quince, es víctima de la futilidad con la que en ocasiones se desarrolla la vida. Junilla es virgen y la ley impide ejecutar ángeles. Sin embargo, en Roma, la inocencia se quema pronto. Antes de ser estrangulada, Junilla será violada por su propio verdugo. Roma respira bajo el volcán.

A Junilla le sigue una cabalgata funesta de suicidas y condenados. Los cuerpos arrojados desde la roca Trapeya convierten el día en tibia oscuridad. La vida queda devastada y Tiberio se convierte en un viejo sin pelo ni corazón. Livila, amante de Seyano, es castigada por su madre antes de que el emperador la lance a los leones. El castigo de Antonia parece impropio de una madre. Livilia, encerrada en una habitación sin agua ni alimentos, está condenada a la extinción. Los gritos que salen del cuarto resultan insoportables. Livilia pide entre sollozos clemencia, pero sabe que Antonia nunca se ha caracterizado por su compasión. Impertérrita pero sometida por indecibles sufrimientos internos, Antonia hace oídos sordos a la agonía de la joven. Livila se apaga como una estrella lejana.

Hagamos ahora un breve viaje por el paisaje físico de Tiberio. Con un ojo de cada color, el decrépito emperador posee la mirada de uno de esos perros del Polo. Calvo desde muy joven, Tiberio es un hombre acomplejado y no duda en condenar a aquellos que hacen bromas sobre su alopecia. El principal rasgo psicológico del emperador es el resentimiento. Está lleno de rencor. Un encono que sumado a su carácter tímido y taciturno, lo llevan a aislarse del mundo. Por eso las islas y los palacetes apartados de Roma. No solo por su seguridad huye Tiberio, el anciano es un hombre de espíritu pequeño que impone, sin embargo, en dimensiones. Para colmo de males, el viejo tiene una extraña enfermedad epidérmica que lo hace aparecer con el rostro salpicado de llagas. La timidez de Tiberio se torna complejo de inferioridad potenciado, quién sabe, por la larga sombra de Livia.

Para entonces, Calígula se ha marchado a vivir a Capri, al lado del emperador. Tío y sobrino se entienden. Aunque Agripina y los hermanos de Calígula han caído, víctimas de la implacable maquinaria mortal desplegada por Tiberio, el futuro emperador no vacila a la hora de bailarle el agua al anciano, siempre en pos de su nada alejado ascenso. Si Claudio sobrevive por idiota, Calígula lo hace por hiena. El hijo de Tiberio, -Cástor- está ya en el infinito, y Gemelo, hijo de éste y único descendiente del emperador, no tardará en seguirlo hasta el abismo. Hoy sabemos que Gemelo no es nieto de Tiberio sino de Seyano. Por otro lado, Calígula (la hiena) ya no es ese simpático niño que pasea uniformado por los campamentos de Germania. Calígula es el monstruo que sigue al monstruo. La esperanza de Roma como único descendiente vivo de Germánico. Sin embargo, Calígula, recordémoslo, pertenece al cesto de manzanas podridas de la familia Claudia. El joven no ha heredado ni una gota del carácter bondadoso de su padre. De hecho, de los nueve hijos que tiene Germánico, solo Nerón César (no confundir con el futuro emperador), hereda las virtudes de su progenitor. El resto -sabemos poco de los dos hijos muertos durante la infancia-, se caracteriza por una sangre corrupta.

Muerto Nerón -el último Claudio bueno-, Roma está perdida. Como es natural, Nerón es otra víctima de la caza indiscriminada perpetrada por su tío y una de las ejecuciones ordenadas por el malogrado Seyano. Nerón es condenado al exilio acusado de conspiración. Muere en el año 30 de inanición. Sus hermanas, Julia Livia, Drusilla y Agripinila no son ninguna santas, y Druso, el otro varón de la familia, es encarcelado y muerto por privación de alimentos en 33. En resumidas cuentas, solo Calígula, otra encarnación del mal, está ontológicamente capacitado para subir al trono. Calígula sabe que a su tío no le queda mucho tiempo. Por eso lo acompaña cada noche mientras le cuenta historias y le sujeta la mano. Una de esas noches, Tiberio emite el último suspiro quitándose el anillo de sello. Calígula, consumido por un ansia de poder, sonríe con ojos centellantes. Pero Tiberio vacila en el último momento y se guarda para sí el trofeo. Creyéndolo muerto, Calígula arrebata el anillo de manos del moribundo y sale de la habitación dando la esperada noticia: <<Tiberio ha muerto>>. Todos corren a abrazarlo, ¡Oh, César! Afortunadamente, acabaron los tiempos de tiniebla. Los libertos y esclavos que viven en la corte de Tiberio felicitan al nuevo emperador, sin embargo, Tiberio todavía no ha pronunciado su última palabra y se levanta del lecho como un muerto viviente. << ¡Dónde están mis lacayos!>>, exclama encolerizado. << ¡Quiero costillas y un vaso de vino!>>. Inmediatamente se produce una escena ridícula en palacio. Quienes antes felicitaban a Calígula salen ahora huyendo en desbandada. El discurso ya es otro: << ¡Oh, menos mal que Tiberio ha vuelto!>> ¡Gracias a los dioses que el emperador no está muerto!>> << ¡Viva Tiberio!>>. Pero Macro, de quién todavía no hemos dicho gran cosa, no está dispuesto a tolerar la resurrección del viejo. Macro, sustituto de Seyano y jefe de la guardia pretoriana, empuja a Tiberio contra la cama asfixiándolo con una almohada. Calígula está con él, preparado para dirigir un nuevo régimen de terror.

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