A PROPÓSITO DE TENNESSEE WILLIAMS Y LAS TUBERÍAS, Y LA MUERTE

Joel-Peter_Witkin_215El 24 de marzo de 1983, aparece muerto en una habitación del Hotel Elysee de Nueva York, Thomas Lanier Williams III. Se había ahogado con un tapón de plástico perteneciente a uno de esos botes de medicamentos con los que se matan las celebridades. Usted estará de acuerdo conmigo en que morir así, de una forma tan patética, no es propio de alguien que escribe obras de teatro. A fin de cuentas, el teatro es una cosa seria. Los artistas, independientemente de la categoría a la que pertenezcan, merecen un final mejor. Tampoco vamos a ser como Dalí, quien al final de su vida estuvo erre que erre con la cantinela de que los genios no deben morir. Aquí pasa por el aro hasta el último mono, Dalí. Un artista se encarga de representar la vida. Un fontanero, no. Sin desmerecer el oficio, un ingeniero de tuberías no ilumina regiones desconocidas del ser. Si acaso, acierta a reparar conductos y canalones ebrios, lo cual, insisto, tiene su mérito. Tampoco digo que el fontanero merezca una muerte mediocre. No tengo nada contra los trabajadores del subsuelo. Lo que quiero decir es que Tennessee Williams fue un escritor mayúsculo. Un borracho, naturalmente, pero un borracho que se aferraba al alcohol como única forma de sobrellevar la vida, porque a estas alturas de partido, tampoco vamos a negar que existir es siempre un asunto de lo más molesto.

Thomas Lanier Williams III provenía del sur. De hecho, su acento resultaba tan pronunciado, que sus amigotes de la universidad comenzaron a llamarlo Tennessee. Después de eso, fama mundial. Escribió obras cuyos títulos resuenan hoy en la memoria del espectador. El zoo de cristal, ¿no? Está bien; La gata sobre el tejado de cinc caliente. Existe una versión cinematográfica interpretada por Paul Newman y Elizabeth Taylor ¿Tampoco? De acuerdo, al menos habrá usted oído hablar de Un tranvía llamado Deseo. Si no es así, debería leer más. Estas obras son turbadoras y huracanadas. No porque los actores lleven alas y levanten el vuelo, ese tipo de cosas solo ocurren en Hollywood. El teatro de Tennessee Williams es otro mundo. Es dolor. Sus personajes, que en ningún momento aparecen como egos de cartón piedra, son, en realidad, su madre, su hermana o cualquier amante desaparecido. Son representaciones de una realidad hiriente que en el fondo todos conocemos. No importa el lugar donde habitemos. Ya sea el sur de Estados Unidos, España o los meridianos de la mismísima Pampa. El dolor es universal. El famoso grito de desesperación que lanza Marlon Brando en la adaptación cinematográfica de un Tranvía llamado Deseo, lo hemos lanzado también nosotros en alguna ocasión. Cambiemos <Estella>> por <<Elena>> o si se prefiere, por cualquier nombre de hombretón. Este grito de desesperación no nos resulta ajeno porque la pérdida es condición de vida. Pero volvamos al asunto de la fontanería. Reparar tuberías alimenta, probablemente, más que cualquier actividad artística. El artista, ya sea actor, poeta o escultor, es un enclenque y un muerto de hambre. Así será hasta que su firma se dispare como un cohete. Entonces, alcanzará la fama, el esplendor y la gloria. No quiere decir que uno sea menos artista por abandonar la escuela de arte dramático en segundo. El poeta continuará escribiendo versos en el rincón más inmundo de la city. Si la fontanería se presenta como medio de subsistencia económica, el arte, en cualquiera de sus manifestaciones, es siempre agarrarse al clavo ardiendo.

Tennessee Williams, aunque celebrado y aplaudido, se agarra a la escritura a causa de un mal inextirpable: la angustia. El escritor sufre sobre todo por su hermana Rose. Carne de lobotomía. A Rose la dejan bien tiesa. Nunca perdonará a sus padres el consentimiento de esta operación. Ya en el Zoo de cristal, el personaje de Laura Wingfield es un fiel reflejo de la triste existencia a la que estuvo condenada la hermana. Luego vendrían Dulce pájaro de juventud, La noche de la Iguana y la anteriormente mencionada, Un tranvía llamado Deseo. Empero, Williams muere ahogado con un tapón de plástico, a pesar de la angustia. O tal vez sea mejor decir: además de la angustia. Que hay que tener mala suerte, digo yo, para estirar la pata de un modo tan ridículo. Al fontanero tal vez no le importen los modos y formas de la muerte, pero a un esteta, de esto estoy seguro, no le gustaría morir como se nos murió el dramaturgo norteamericano. Hay que tener un poquito de estilo aunque sea para morirse. Tampoco es cuestión de parecer frívolos, que también. Es solo que los cementerios acaban por denotar vulgaridad. Toda la mediocridad se revela en las lápidas y en la mampostería. Por no hablar de la descomposición física. Lo mejor es pasar por el horno y ahorrar el banquete a los gusanos. Morirse, pero morirse bien. Como una obra de arte. La tumba de Tennessee Williams está en el cementerio Calvary de St Louis. Misuri. Se trata de una lápida clara, bonita y discreta.

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