ESCRITOS SOBRE LITERATURA. LAS CIUDADES IMPOSIBLES. MADRID: DE BAROJA A CELA.

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No perdamos la perspectiva, Madrid, del mismo modo y en paralelo a otras grandes cosmopolis de la vieja Europa es capital de neurótico. Oleadas de seres ajetreados vienen paseando sus cuitas de Recoletos a Plaza España desde las postrimerías del mil ochocientos. Tampoco hay que ser muy vivaracho para darse cuenta de que en Madrid, el mundo se rige a otro ritmo. A compás de metropolitano, si acaso. Desciende uno por ese gigantesco hormiguero para descubrir que, hasta las hormigas, tienen más horas de sol que los empleados del subsuelo. Algunos se acostumbran a esta existencia de agujero, charlotean intercambiando impresiones sobre una vida que a todos les viene grande. Conversan acerca de amores rotos; hablan de fútbol y de la pareja de enamorados que, remando en bote, se besuquea por los estanques sucios del Retiro, qué sé yo.

En la superficie, a escasos metros del Prado y en el número 12 de la calle Ruiz de Alarcón, se erige la última residencia de Pío Baroja y Nessi. Escritor de aire antipático al que todos leímos sin demasiado interés en el instituto. Años después, y con algo más de mundología, las novelas de Baroja vuelven a llamarnos como solo saben timbrar las grandes obras que gritan a corazón abierto. Baroja nos decía poco o casi nada en el instituto pero nos lo dice ahora, que, si no más curtidos, andamos más experenciados; como con más derrotas. Y claro, si algo tienen en común Andrés Hurtado, Fernando Ossorio y Shanti Andía, es que los tres combaten una realidad que se entremezcla con los interiores jaspeados de una sensibilidad única. Los héroes de Baroja, ya sean hombres de acción (Shanti Andía, Zalacaín) o abúlicos antihéroes zarandeados por la vida, se encuentran, la mayor de las veces, descontextualizados en un Madrid borroso. Andrés Hurtado se ve obligado a vagar por una ciudad que no es la suya porque, como Montaigne, hace ya tiempo que prepara la huida a la ciudadela interior. El Madrid que nos describe Baroja es una ciudad que todavía no ha sido desolada por la guerra. El Madrid de El árbol de la ciencia no conoce las rebajas de enero ni la miseria postmoderna que se extiende en forma de cuento Disney por los dominios de Sol. Hay, sin embargo, en la obra del escritor vasco, la misma veracidad hiriente, la misma mirada destemplada con la que muchos de nosotros observamos hoy la capital. Se nos antoja, como a Baroja, que la prostitución y la pobreza, aunque literaria, es siempre una forma de vida imposible. Andrés Hurtado tiene plena conciencia de las enfermedades que, adheridas como un parásito hambriento al tejido social, acaban por destruir sectores enteros de sociedad. Andrés presencia el dolor del mundo en los hospitales de moribundos, en los arrabales y hasta en la Gran Vía, donde todavía hoy, aquellos que todo lo tienen, se muestran suficientes frente a los que, por suerte o mala suerte, más mala suerte que suerte, se ven empujados a existir en el subsuelo. Una ciudad que habita en la planta baja, que se desarrolla como las raíces hacia las profundidades, no merece ser habitada. Solo los muertos toleran agujeros.

Madrid ha sido utilizada por los novelistas como ente vivo y comunal. Ya sea para deformarla, escenario ridículo de una España bohemia y decadente en el caso de Valle Inclán, o para reflejarla, fiel retrato del mundo, como espejo de la realidad. De realidades narradas nos hablan Andrés Carranque de Ríos, caído en desgracia cuando las bombas arrasaban el Rastro y, sobre todo, Camilo José Cela; éste último, pedorro domiciliario. Desconocemos si los trescientos personajes que conforman La colmena son más de tirarse pedos en casa o, por el contrario, prefieren la ventosidad transeúnte. De cualquier forma, en la celebrada novela de Cela encontramos miseria para rato. Estos trescientos personajes son los descendientes de aquellos otros que habitaban las novelas fin de siglo de Baroja; no han cambiado mucho en anhelos y penas, si acaso, han vivido más horrores. Algunos tienen las manos manchadas de sangre. El Madrid de La Colmena es un Madrid más años cuarenta. Posguerra lo llaman. Todo carácter que asome desde la novela de Cela es un enclenque, un estólido y un muerto de hambre. Asoma algún intelectual, y cuando lo hace, es para escribir versos por eso de distraerse la necesidad. Cela abarca mucho; su lienzo es un pulmón que respira al unísono. Como él mismo dice en el prólogo a la novela: la vida se desarrolla sin tragedias extrañas. Como un pálido reflejo de la cotidiana, áspera, entrañable y dolorosa realidad. Pero tampoco nos engañemos. Cela no es un sentimental como Baroja. Don Camilo siempre fue un punto cruel; por eso lo del tremendismo. Baroja, por el contrario, es más pudibundo. A fin de cuentas, Cela siempre disfrutó del vocablo obsceno. Le gustaba provocar en la televisión pública. Era áspero, rudo y algo de cabrón debía tener cuando empujaba periodistas novicias a la piscina. Empero, Camilo José Cela escribió obras monumentales que le valieron ínclitos honores, verbigracia el premio Nobel.

A lo que íbamos: el Madrid de Cela y por ende la prolongación que se deriva del núcleo: España, es un paisaje estrecho y astroso. País tremendo y tremebundo donde para colmo de males, se instaura una dictadura tibia, católica y nada sentimental. Con Franco como tutor y piloto de la nave, aparecen historias macabras que, para qué negarlo, tienen mucho de realidad. Los egos imaginados por Cela o Delibes son palpables como la vida misma. Si no, ahí está toda la filmografía documental de Basilio Martín Patino para constatarlo. Y es que el concepto de Madrid como ciudad imposible no es un invento de la postmodernidad. La unidad de colmena, la sobrepoblación, las prisas, las cervezas a tres pavos, es un ritmo que algunos, no están dispuestos a soportar. Eso, y que la entrada al Prado tenga un precio superior a las dimensiones del bolsillo común. Como sea, uno escribe esto café en mano, cigarrillo en labios y floreada primavera alrededor. Mientras tanto, en Vodafone Sol, don Jacinto y el Rigoleto, vigilantes de seguridad, hacen el turno de tarde supervisando el trasiego de hormigas. El metro emerge desde la oscuridad. Ninguno ha visto todavía la luz del sol. Pues eso: Madrid, ciudad imposible.

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