BORIS VIAN. LA ESPUMA DE LOS DÍAS

ACF0482-34Boris Vian fue, durante toda su vida, un enfermo crónico. Padecía una dolencia cardiaca que le recordaba, día sí, día también, la inexorable verdad que rige al mundo; esto es: todo perece. El cambio, problemática de presocráticos y griegos de otro tiempo, ha preocupado desde épocas ignotas, a numerosos sabios de los bosques. De no ser por el movimiento, por la diferencia ontológica que se produce entre el niño vigoroso y blandito y el cadáver arrugado del viejo desmemoriado, Buda no se hubiese lanzado nunca a recorrer los senderos arenosos de la India antigua. Lo que hace brotar al pensamiento religioso y especulativo es el dolor. En Grecia, Heráclito piensa en este devenir del carajo y llega a la conclusión de que no podemos bañarnos dos veces en el mismo río. Parménides traza en forma de poema épico las vías del Ser y del no Ser; lo que hoy es, mañana dejará de ser; bien aniquilado, transformado o empujado a ocupar otro lugar. A nosotros, sin embargo, poco nos consuela la fundición de la carne con los elementos. La conciencia, a fin de cuentas, se pierde entre la pleamar de una vida expedita.

A Boris Vian, debieron preocuparle éstas y otras cuestiones filosóficas; mucho. Seguramente, debido a ese corazón herido que respira como un reloj recordándole a base de tic tac, el poco tiempo del que dispone. A lo mejor por eso, Vian se hizo novelista, poeta, inventor, cantante y trompetista. El corazón vocifera, entre un jaleo de entrañas, recordando que, en esta vida, no hay tiempo que perder. Hay que vivir, y hay que hacerlo con la furia del que está tocado de muerte. Pero a Boris, ya no hay quien le quite de la cabeza las calamidades del mundo. Entre los bulevares de Saint Germain, el escritor mira a las muchachas que saltan desde las profundidades del metropolitano iluminando el mundo con sus sonrisas alboradas. Habita en ellas una belleza marchita, una fragilidad vital que se encuentra en todo momento amenazada por la sombra de lo mortecino. Las caderas, los ombligos y los labios de estas niñitas, están señalados por un francotirador fantasma. El fantasma del devenir. Aquel que en cualquier momento puede hacer clic para sacarlas del mundo convirtiéndolas en materia inerte. Este mismo francotirador, ya estaba oculto entre las selvas de Bengala amenazando de igual forma a Sidarta Gautama. El francotirador representa al niño hambriento y al empobrecido anciano que se arrastra pidiendo limosna. El francotirador no es otra cosa que un cáncer, una esclerosis o cualquiera de esas ingeniosas enfermedades que amenazan con devastarnos el alma. El francotirador es la vejez misma, la arruga. El niño que se muere sin saber por qué. El paso del estado líquido al gaseoso. La crisálida. El gusano que se transforma en hermosa mariposa. El francotirador es la señora cargada de inviernos que mira con nostalgia fotografías de juventud. Quintaesencia del mundo es consumirse de manera inexorable. De esto habla La espuma de los días. Novela que todo escolar de bigotillo gabacho debe leer durante la secundaria. Advertencia nada ingenua acerca de los dolores humanos.

La novela de Vian, aunque colorista y naif, es, en realidad, un canto encubierto a la decadencia del cuerpo. Su mismo título ya subraya el tono existencial del relato. Y es que Boris, pese a aparecer ufano en los retratos, escondía un profundo poso de tristeza. Cloe –protagonista de la novela- sufre una dolencia semejante a la del escritor. Se consume lentamente víctima de un nenúfar que crece en el interior de un pulmón. En los mundos fantásticos imaginados por Vian, las enfermedades, aunque poéticas, resultan igualmente mortales. Poca luminosidad queda en las últimas páginas de la novela. Toda la tristeza de las historias de amor quebradas se concentra en una vida que se lanza cuesta abajo contra las lindes del infinito. Boris Vían tenía plena consciencia –se lo confesaba por las noches el corazón- de la finitud. Sabía, y esto siempre lo supo porque desde niño fue un chico listo, que moriría joven. A los treinta y nueve. Devorado por el movimiento, el cambio o el devenir eterno. Alcanzado por el tiro de un francotirador agazapado en algún lugar de Champs Elysses. El escritor francés, del mismo modo que los viejos sabios griegos, supo defenderse de la extinción a través de la música y la literatura. Tal vez pensaba que su cuerpo no era más que una cáscara vacía. Un préstamo del universo. Desconocemos si creía en el Karma, en el Samsara o en la liberación. Si sabemos,  por el contrario, que su concepción del mundo no andaba lejos del ambiente espiritual que dominó India cuando Buda o Mahavira se lanzaron a recorrer caminos en busca de salvación. Cincuenta años después de su fallecimiento, oleadas de seres continúan sometidos a las sagradas leyes del devenir. Algunos, en su tránsito por lo terrenal, se entretienen con los libros de Vian. Los otros, prefieren ver Eurovisión.

¿Y tú, dónde vas a pasar la eternidad?

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