JUAN BELMONTE. MATADOR DE TOROS

tumblr_mqfgm3KIEs1r64pd4o1_1280La vida es de por sí breve e incierta. Lo que se extiende por delante y detrás de ella deviene en vacío misterioso y desalentador. Esta nada sin espacio ni tiempo, se impondrá de forma ilimitada una vez nos descolguemos del mundo. Esta nada iracunda, perseverante y silenciosa se extendía, milenios atrás, mucho antes de que cada hijo de vecino iniciara la triunfal entrada en la tierra. Esta conciencia de la nada, la certeza ineludible que se produce cuando miramos hacia adelante y comprobamos, no sin cierto vuelco de corazón, que, a todas luces, cualquier hijo de vecino irá a perderse en el infinito para no existir ya más, es lo que nos provoca desazón, pavor y, por qué no decirlo, un regocijo grotesco cuyo disfrute nos espanta y nos atrae a un mismo tiempo. Juan Belmonte, excelso torero de la tauromaquia sevillana, ciudadano del mundo con raigambre trabada bajo las losas del barrio de Triana, conocía muy bien esta llamada del infinito. Belmonte fue, durante toda su vida, un rondador de tinieblas. Se paseaba ante el cabestro como el muchacho fanfarrón que persigue colegialas bajo el portalón de cualquier colegio mayor. Hay en la figura del torero, un aura de terrible nihilismo. Cuenta Manuel Chaves Nogales en la magnífica biografía que le dedica al matador, que no había sastre en la ciudad dispuesto a alquilarle un traje de luces. Los alfayetes estaban al tanto de la forma que el torerillo, aún mal conocido, tenía de lidiar a los cabestros. <<Que el torero es, por lo general, un temerario, lo sabe cualquiera>>, decía el gremio remendón. <<Que el novillero no aprecie su propio pellejo no significa que nosotros no apreciemos nuestros trajes>>. Belmonte, como la mayoría de los aventureros –en esto se parecía a los conquistadores del apolillado imperio español- codiciaba la muerte con la ambición del usurero cuando, posicionado frente al toro, pedía al animal que lo encornase. No fueron pocas las ocasiones en que el torerito de Triana hubo de ser sacado del ruedo a la fuerza por los banderilleros. La obcecada inclinación del matador por volver a ese estado anterior a la vida (pulsión de muerte lo habría denominado gustoso Freud), no es más que la manifestación desesperada del que no tiene nada que perder. A Belmonte, la miseria, la fatiga y la incertidumbre que produce no saber qué hacer con la vida, lo empujaban a arrodillarse sobre la arena enfrentándolo cara a cara con el abismo. Pero el abismo tiene extrañas formas de conducta; se vuelve condescendiente, sobre todo cuando lo abisal adquiere la tierna mirada de un toro bravo. Aquella tarde perdida en el dédalo del tiempo, se recordará como la tarde en que el abismo no encornó a Belmonte, simplemente, porque no quiso.

Juan Belmonte García nació en la calle ancha de la Feria de Sevilla en 1892. Su familia regenta un puesto de quincalla en el que desde muy joven, y tras la muerte de su madre, Belmonte se ve obligado a regatear y discutir con las algabeñas, célebres por sus manejos y triquiñuelas en el arte del hurto. Al joven Belmonte, poco habituado a la picaresca, le desvalijan el puesto cada vez que su padre tiene que salir a atender otros negocios. La Iglesia de Omnium Sanctorum es testigo de los abusos y quiebres que estas mujeres, vapuleadas una y mil veces por la vida, arremeten contra el futuro torero. Se trata de estar al tanto, de cuidar el chiringo. Pero Belmonte no sirve. Es, para qué negarlo, un completo inadaptado. Años más tarde, retirado del negocio familiar y trasladado al barrio de Triana, el torerito se pasa las horas zanganeando en la Plaza del Altozano bajo el sol achicharrador de los veranos sevillanos. Hoy, una estatua preside el lugar en su nombre. Pero en el Altozano, Belmonte no hace gran cosa. Vagabundea y sueña. De vez en cuando se pasea por el puerto observando a los otros niños nadar. Cuando no queda en la calle ni un alma salvo el silbo de las cigarras, Belmonte torea algún perrito callejero; uno de esos perros famélicos que andan sin rumbo por una ciudad venida a menos. Belmonte crece en una Sevilla que es la manifestación última de la España más tétrica y católica. Los paisajes urbanos y rurales por los que se desenvuelve el novillero son los mismos paisajes carnavalescos de Gutiérrez Solana o Zuloaga. Años más tarde, el pintor vasco retratará a Belmonte inmortalizándolo dentro de una nómina de folclóricas semidesnudas, crucifixiones de nubarrón negro y pueblos dejados de la mano de Dios. Pero todavía falta un largo camino hasta alcanzar la fama y Belmonte sigue siendo uno de esos adolescentes de andurrial encaminado a la mala vida. No quiere trabajar y desconoce por completo el sentido de su existencia. Muchos acabarán tirándose al río, encarcelados o probando la celda de cualquier sanatorio mental. Puede que Belmonte se salve por un extraño capricho del destino; por su afición a torear cualquier cosa que se le ponga por delante; perros, gatos y hasta niños de madres descarriadas.

Por las noches, cuando la precariedad del hogar se vuelve tangible, Belmonte cruza a nado el Guadalquivir con un grupo de amigos tan desarraigados como él y, desnudo, comienza a torear en los solares de Tablada. Belmonte emprende así su andamiaje taurino. De nacer en otra ciudad y en otra época, el apellido Belmonte estaría relacionado hoy con cualquier actividad distinta. No sabemos si con el fútbol, la pintura o la fabricación de conservas enlatadas. Pero Belmonte nace en Sevilla a finales del XIX y aquí poca cosa hay salvo tertulia taurina y coplillas. De lo que se trata, más que de matar toros, es de sobrevivir al derrumbe. Si a eso sumamos un espíritu arrojado, un carácter que en el fondo suplica por una fundición con el universo, el destino está cantado. Belmonte escucha ya los ecos de la nada. Siente la presión insoportable de una existencia prestada. Sabe, que a fin de cuentas, de lo que se trata es de una vida cuyos intereses se pagan caros. Belmonte coquetea con la muerte. Hace del toreo de la parca, su profesión. De Tablada pasa a los pueblos desérticos de Andalucía y de Valencia. Torea en Barcelona y en la Plaza de las Ventas de Madrid. Allí se relaciona con la intelectualidad del momento. Valle Inclán le dijo una vez: <<Juanito, solo te falta morir en la plaza>>. Pero Belmonte, que en el fondo insondable de su corazón ansía la reunión con esa nada primigenia, no tiene la suerte o mala suerte de su amigo Joselito. El Gallo, famoso gitanillo de Gelves, recibe una cornada de muerte el 16 de mayo de mil novecientos veinte en la plaza de toros de Talavera de la Reina. Tenía veinticinco años.

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Algo debe intuir la cuadrilla de Belmonte cuando en uno de los numerosos viajes que el torero realiza por Hispanoamérica, cae en la más terrible de las desesperaciones. En un barco que cruza con ritmo firme el Atlántico, el diestro desaparece. No hace falta decir que ese hálito de cansancio y autodestrucción es percibido por los banderilleros analfabetos que lo acompañan al fin del mundo. Lo intuyen aunque ignoren los momentos en los que el torero, ya en las alturas de la fama y encerrado en su domicilio de Madrid, coquetea con el viejo revolver que guarda en la mesita de noche, junto a la cama. Ignoran los pensamientos fúnebres de Belmonte pero distinguen, como unos psicólogos populares, el extraño carácter del torero. Puede que estos banderilleros sin nombre no sepan a qué se refiere Freud cuando habla de pulsión de muerte, pero huelen, como alimañas de la noche, el hedor trágico de lo mortífero. Algunos, incluso intentan detener el barco convencidos de que el diestro se ha lanzado por la cubierta. Naturalmente, Belmonte se encuentra leyendo en su camarote; entre otras cosas, Belmonte fue un ávido y autodidacta lector. En la biografía de Chaves Nogales, el torero cuenta la viva impresión que le produjeron las novelas de DAnnunzzio, entre otros.

Este espíritu romántico y literario no hace sino, ampliar la tendencia metafísica del torero. La literatura lo lleva, entre otras circunstancias, a caer en un estado de tedio y desaliento. Belmonte ya no siente pasión por el toreo y todo le parece falto de sentido. El matador ha chocado de manera frontal con los muros absurdos. Los muros absurdos, como cualquier pared, impiden al hombre seguir su camino. Solo hay dos opciones, saltarlos o caer a sus pies. La mayoría de los que se han topado con estas tapias tienen la capacidad, como los hermosos caballos del arte hípico, de saltarlos y dejarlos atrás. Asimismo, los saltos y cabriolas seguirán produciéndose en las generaciones futuras. Pocos son los individuos que, desesperados, quedan varados bajo las murallas del desaliento. No obstante, y aunque Belmonte salta una y otra vez los muros, la mella permanece muy dentro de él. Ni el éxito, ni los viajes, ni su aparición como hombre del año en la portada del Times, podrá salvarlo de esa tendencia natural a escudriñar el vacío. Cuando ya nadie espera el acto final, Belmonte se pega un tiro en el otoño de su vida. Retirado de la vida taurina y en su cortijo de Gómez Cardeña, cerca de Utrera, a punto de cumplir setenta años, el antes torerito de Triana, abre la puerta que lo devuelve a la nada. Durante su funeral en el cementerio de San Fernando de Sevilla, el féretro de Belmonte pasa ante el imponente mausoleo de Joselito el Gallo. Los toreros muertos se apilan entre cipreses recibiendo cortejos de otros tantos fiambres sin nombre.

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