QUEMAR DESPUÉS DE LEER. (LA GRAN FARSA SEXUAL DEL MUNDO)

<<Esto es lo único que descubro: que Dios hizo sencillo al hombre, pero el hombre mismo se busca infinitas complicaciones>>.

Eclesiastés, 8,3.

exo-planet-earth-from-spaceImaginemos por un momento una de esas imágenes satelitales tomadas desde algún punto exterior a la Tierra. Imaginemos, si todavía nos queda algo de imaginación en la sesera, la ya clásica instantánea tomada desde el espacio por la NASA. Imaginemos los vastos continentes bañados por un azul abismal, oceánico. Desde esta perspectiva, probemos a imaginar, evitando cualquier asomo de neurastenia, las más de 7000 millones de vidas humanas que cada día vienen arrastrándose, con un empeño tan admirable como penoso, en torno a las descomunales y desbordadas urbes que salpican nuestro planeta. Tratemos de situar, dentro de este mapa imaginario, la localización exacta de ciudades como Madrid, Pekín o Praga. Probemos habilidades geográficas. Cantemos capitales, ciudades y aldeas. Entre la marabunta informe de lo humano, puede probar uno, además, a buscarse. No obstante, sirvámonos de las oportunidades que nos brinda la era tecnológica y hagamos uso indiscriminado del zoom. Acerquémonos sin miedo a una de estas ciudades. En cualquier caso, se trata de una aproximación total. Una aproximación desde la cual podamos dejar atrás todo asomo de oscuridad espacial; de polvo de estrella, de ese vacío demoledor al que, naturalmente, ninguno desea asomarse. En este chapuzón terrenal, acabaremos inmersos en el corazón mismo de la metrópoli; lugar donde las creencias externas carcomen y en el que las ideas vigentes alienan. La ciudad, y más hoy, la ciudad postmoderna, se reduce a hervidero de individuos torcidos.

burn-after-reading-5La mayoría de estos sujetos, sobrevive sin prestar atención a los satélites que circundan la Tierra. Prefieren guarecerse en tantas otras cuitas, las cuales, vistas desde la distancia, se nos antojan superficiales cuando no completamente irrisorias. Recordemos, si no, al ex niño prodigio interpretado por William H. Macy en la célebre cinta de Paul Thomas Anderson (Magnolia, 1998). Macy, enamorado del barman de un garito en el que cada noche se sienta a ahogar las penas, acaba por tomar la decisión errónea cuando, obsesionado con una ortodoncia que le devuelva la sonrisa, asalta la caja de unos grandes almacenes. El personaje de Macy, naturalmente, no tiene tiempo de pensar en la muerte, ni en los planetas, ni en el polvo de estrella. Tampoco quiere. Para éste, resulta mucho más relevante la adquisición de un aparato dental que lo ayude a conquistar al barman de sus sueños. Al mismo tiempo, Linda Litzke exprime sus días trabajando en un gimnasio de la capital estadounidense. Aunque Linda ya ha superado los cuarenta, todavía se agarra a la posibilidad última de encontrar quien rellene el aciago de los días. Por eso ingresa en una página de citas en la que los hombres se exponen como artesanía de segunda mano. Linda puede elegir, pongamos, al hombre que luzca menos patético en la fotografía. Aquel que, a pesar de los años, aún siga pareciendo vital, seguro de sí mismo y, puestos a pedir, con la cabeza poblada de pelo. Pero para Linda, el mundo, rara vez se ajusta a sus deseos. La página de contactos da como resultado una concatenación de citas a cada cual más ridícula. Sucede que Linda, en el fondo, no conecta con casi ningún hombre. Cuando ve alguna comedia veraniega en cualquier multisala de centro comercial, Linda estalla en carcajadas mientras su acompañante observa la pantalla impávido. Después, si acaso, y ya que hemos llegado hasta aquí, echan uno de esos polvos ásperos y desapasionados.

Burn_After_Reading_2008_HD4-1024x554Este es uno de los mecanismos desde los cuales se define buena parte de las relaciones de nuestro tiempo. Los Coen construyen en Quemar después de leer (Burn After Reading, 2008), una de las farsas sexuales más certeras sobre nuestra época. Los encuentros se transmutan en un juego de espías donde todos se acuestan con todos. Otro ejemplo es el personaje interpretado por George Clooney. Harry Pfarrer es un policía felizmente casado con una escritora de libros infantiles. Sin embargo, Pfarrer se acuesta con Katie Cox (Tilda Swinton), a su vez casada con Osborne Cox (John Malkovich). Lo que Pfarrer no sabe, es que su mujer, mantiene, a su vez, un idilio con otro hombre. Pero Pfarrer es uno de esos sujetos que no ha necesitado nunca de la calidad. Ponemos en duda, también, que lo suyo sea una cuestión de cantidad. En realidad, el mal de Pfarrer debe ser un mal de raigambre metafísica. Algo que supera toda comprensión humana; y es que Pfarrer, no se conforma con tener esposa y amante, Pfarrer, por eso de estrangular al máximo el juego de espías, acaba también sumergido en el mundo de los contactos virtuales, convirtiéndose, una vez más, en la última esperanza de Linda. Eso sí, al menos Pfarrer, se ríe con los  chistes gruesos de la última comedia americana.

Naturalmente, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. No obstante, la realidad es siempre más extraña que la ficción y, la cinta de los Coen, aunque exagerada y grotesca, funciona como espejo de un mundo en el que las relaciones interpersonales no son más que el engranaje de una gran farsa, la cual, observada desde fuera, se nos antoja de lo más vergonzante. Puede que en el fondo, esta carrera infatigable por el contacto físico, por el acto sexual de saldo, puede que esta continúa repetición de besos y abrazos, este desfile de camas y desconocidos, este prolongado esfuerzo por estar a la altura de un perfil de Facebook, esa aburrida recopilación de canciones y grupos de música puestos en común, de libros, de películas, de viajes insulsos alrededor del mundo, puede que esto, no sea más que la lucha del individuo por permanecer sobre la Tierra, ajeno a las convulsas tormentas del espacio. Tal vez, solo se trate de distraer un rato la angustia. De crear sentido. Y es que la gran farsa sexual nos libera, como diría Heidegger, de sentirnos en presencia de la nada, de la imposibilidad posible de su existencia. El acceso a una determinada perspectiva de la totalidad, la muerte, es algo que se nos antoja inasumible. El individuo, envuelto en la perspectiva de sus preocupaciones particulares, esto es: hacerse una ortodoncia, buscar pareja de baile o coleccionar todo lo coleccionable, los hombres como Pfarrer, las mujeres como Linda, tú misma, yo, aquel y el otro, preferimos abandonarnos al vértigo de la vida cotidiana, en la que lo familiar oculta siempre el estado de ánimo fundamental: la angustia. Visto así, qué la gran farsa continúe.

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