DISQUISICIONES DESORDENADAS SOBRE OTRA PELÍCULA DE LOS COEN (UN TIPO SERIO, 2009)

Por Andrés Galán

When the truth is found to be lies
And all the joy within you dies.

Ocurre que hay veces en que las cosas se ponen feas. Se tuercen volviéndose todo calamidad. Dicho de otro modo: la felicidad se va al garete. Las mujeres te miran con acritud, las compañías telefónicas te asedian las veinticuatro horas y, para colmo de males, la nevera deja de funcionar echando a perder el sushi que tenías reservado para no sé qué cena de negocios. No se trata de Karma. Tampoco de caprichosas jugarretas del destino. No creemos aquí que esta sucesión de circunstancias adversas sean la consecuencia de un castigo impuesto por un dios severo. No se trata de Yahveh, dios sin nombre aficionado a enviar plagas a diestro y siniestro riberas del Nilo allende; para aguantar langostas estamos. Debe tratarse de otra cosa, de suerte o mala suerte, más mala suerte que suerte. << ¿Por qué me pasa esto a mí?, se preguntan algunos desconsolados. <<Soy un tipo serio>>, dicen << ¿Acaso soy un hombre malvado?>>, farfullan los otros entre sollozos. Pero cuando el universo se confabula, cuando todo lo que conoces se desintegra, cuando entra en juego el sinsentido, la enfermedad y la muerte, cuando tu mujer se va con el vecino del quinto, -quien aparte de ser un acérrimo aficionado a Paulo Coelho está más gordo que tú- cuando prescinden de ti en la empresa, cuando tu hija decide, a la buena de dios, que su futuro está en el porno, cuando la adversidad se presenta en toda su solidez contra el individuo pequeño e insignificante, entonces y solo entonces debe optar uno por la mejor solución: recurrir a los libros de Coelho o volverse tarambana. A Job, personaje del Antiguo Testamento, todo le va sobre ruedas hasta que, por capricho de deidades, empieza a sufrir una batería de calamidades. Job mira entonces al cielo y suplica clemencia. Piensa Job que, habiendo resistido la sarna, el repudio de su mujer y la muerte de los hijos, ha dado suficientes pruebas de fe. << ¡Qué me parta un rayo!>>, grita desconsolado en medio de la tempestad << ¿Qué quieres de mí?>>. En la actualidad, cada uno se administra las contrariedades como puede. La gran mayoría sin pedirle cuentas a Dios. Si acaso, alguna señora de misa y rezo se atreve a proferir aquello de lo que Dios te da Dios te lo quita. ¡Y un cuerno, señora! Hoy, casi todos nos declaramos abiertamente impíos. Constantemente damos prueba de ello. No vamos a la Iglesia y tampoco conversamos con Dios. Negamos la religiosidad pero asistimos a festivales en los que la música y las drogas nos someten como feligreses poseídos por una fe ciega. Creemos, si acaso, en el eme y el olvido. No en Dios. Creemos en la espiritualidad del tecno. No en Dios. Creemos que creemos en algo pero, en el fondo, no sabemos en qué narices creer, por eso lo de los festivales. Me dirás tú, sino, la diferencia entre la rave y una expulsión de demonios en una iglesia polvorienta de Missouri.

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PRIMER RABINO

Larry Gopnik es un tipo cualquiera. Podría parecerse a ti. Gopnik vive con su mujer y sus dos hijos en un bonito barrio residencial a las afueras de Minnesota. Ahora que su hermano Arthur ha ido a vivir con ellos, Larry siente que el mundo que conoce se desmorona. Gopnik es profesor de física y un judío temeroso de Dios. Por eso, cuando ve peligrar su puesto como profesor titular en la universidad, cuando su mujer lo abandona, cuando su hermano es detenido por homosexual, Larry, en la habitación del hotel de mala muerte en la que se ve empujado a subsistir, se pregunta, del mismo modo que Job, qué demonios quiere Dios de él. Hoy, cuando el dolor nos acecha, cuando no alcanzamos a entender los acontecimientos, tiramos de amigos y de cerveza. De ocio y de centro comercial. De pitillos a media noche y, si se puede, de amores a precio de saldo. Cuando la cosa se pone fea, malcarada de verdad, tiramos de consulta psicológica aclarando siempre de antemano y de la manera más chusca, que no nos hemos vuelto majaretas. Empero, dentro de nuestro abultado nihilismo, tampoco profesamos demasiada fe en la psicología. La comunidad judía, por el contrario, siempre ha sido más rigurosa en asuntos de orientación espiritual. El judío dispone de la pintoresquísima figura del rabino. Cuando el judío se ve envuelto en vicisitudes que no comprende, cuando el alma se le enreda como un cableado de cordones, el judío sabe que el rabino está detrás de una mesa repleta de libros vetustos esperando a reordenarle las entrañas. Los gentiles no. Los gentiles tenemos consultorios de psicología regentados por niñitos recién salidos de la universidad. Pero el psicólogo, naturalmente, no tiene la sabiduría del rabino. El psicólogo, por lo general, como confesor y guía es, para qué engañarnos, un sujeto de lo más infructuoso. Muchos de estos pacientes machacados, muchos de los hombres y mujeres que, atribulados, acuden cada día con el espíritu patas arriba a una consulta psicológica, más que un terapeuta, lo que necesitan es un consejero de orden metafísico, al modo de aquellos detectives existenciales de la, por otro lado singular, Extrañas coincidencias (I heart Huckabees, David O. Russell, 2004). Nada de libros de autoayuda. Nada de Paulo Coelho. Solo queremos un par de palabras sabias. Coherentes. Vitales. Qué se yo, una palmadita en la espalda, si acaso, una conversación fugaz con Dios. El rabino, provee y se manifiesta como los ojos dentro del laberinto. En sus largos años de estudio, en la experiencia que atestigua su barba cenicienta, el rabino debería ser capaz de encarrilar a los miles de Job que habitan el planeta. Gopnik, desesperado neojobiano, acude al rabino Scott en busca de respuestas. Pero el rabino Scott es todavía un protorabino, un estudiante de la Torá que, dada la ausencia de vello en el mentón, poco o casi nada puede aconsejar sobre los grandes enigmas de la vida. << ¿Qué coño vas a saber tú si nunca has tenido novia?>>.

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SEGUNDO RABINO                                                                                                                  

Gopnik busca consuelo entonces en el rabino Nachtner. Éste, a diferencia del rabino Scott, ostenta arruga y, por ende, cierto grado de costumbre. El rabino Nachtner, gran predicador, le cuenta a Gopnik la historia del dentista y el gentil; cuento sin moraleja ni sentido, como la vida misma. Aunque Gopnik espera una exégesis de la historia, una interpretación que lo ayude a ordenar los terribles acontecimientos que empañan su vida, el cuento del dentista y el gentil no significa absolutamente nada. Gopnik vuelve a estar solo frente a la inmensidad. Como judío temeroso, Larry piensa que, al igual que Job, tal vez Dios solo lo está poniendo a prueba. ¿Pero a prueba de qué? ¿Por qué motivo? ¿Quién es él, mota de polvo insignificante, para continuar la herencia de Abraham o Moisés? El rabino Nachtner le ha colado la historia del dentista y el gentil y se ha quedado tan mondo y lirondo. Tal vez la respuesta esté en la ciencia. Quizá Heisenberg tenía razón cuando decía aquello de que no podemos determinar la cantidad de movimiento de las partículas. Quizá el Principio de incertidumbre apunte más que cualquier libro sagrado hacia la dirección correcta. Encontrar una explicación al mal y a las adversidades es siempre una quimera irrealizable. Tal vez, piensa Gopnik, el asunto es más sencillo de lo que parece. A lo mejor, de lo que se trata, es de aceptar el misterio.

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TERCER RABINO

Pero Gopnik se resiste a aceptar el misterio. Hay que despejar la incógnita. Conversar con Dios y pedirle cuentas por todos nuestros dolores. ¿Por qué el inocente es sometido a indecibles sufrimientos? ¿Por qué el perverso parece disfrutar, incólume, de sus pecados y crímenes sin recibir el castigo? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? Quizá todo se deba a una maldición familiar. Así lo atestigua el prólogo de la película de Joel y Ethan Coen. Quizá solo estamos aquí para pagar la culpa de los errores cometidos por nuestros antepasados. ¿No sufragamos acaso la culpa de la procreación? ¿Del empuje devastador y ciego de la naturaleza? ¿Del revolcón rápido? La respuesta debe tenerla el último de los rabinos, el más célebre de la comunidad por su sapiencia. El tercer y último rabino está tan arrugado, se asemeja de tal modo a un pasa madura que, aunque solo sea por primaveras, debe tener la respuesta a todos los misterios. Pero el tercer rabino, ni siquiera recibe a Gopnik. Está ocupado, dice su secretaria. En realidad, el tercero y último de los rabinos está senil. El tercero y último de los rabinos como tercero y último de los rabinos sabe, en realidad, casi tan poco como Gopnik. No es culpa del tercero y último de los rabinos. A fin de cuentas, y a pesar de los años invertidos en el estudio de la Cábala, el tercero y último de los rabinos es tan material y terreno como cualquier otro individuo del vecindario. El viejo solo tiene la legitimidad que le concede la tradición, del mismo modo que el psicólogo, imposturas aparte, solo tiene el poder que le concede un título universitario. Gopnik, como Job, vuelve a casa devastado y sin respuestas. Pero mientras que en el relato bíblico Job era retribuido por su estoicismo, Gopnik se ve condenado a un eterno vagar sin explicación. La tradición judía ya no tiene la capacidad de concederle consuelo. Por eso, y tratando de buscar el cambio de perspectiva, Gopnik termina por perderse en los caminos inciertos de la droga psicodélica. Un porrito en casa de la vecina y la percepción de las cosas da un vuelco. Gopnik no sabe si esta serie de catastróficas desdichas es consecuencia de algún tipo de causalidad mágica pero reconoce que la religión y, en concreto, la tradición judía, poco o casi nada tiene que añadir en la actualidad al problema de estar en el mundo. En realidad, a Gopnick, como a Job y los viejos maestros sapienciales, le resulta imposible aceptar su condición de materia sometida al cambio, a la destrucción. Por eso tiembla  como un niño cuando recibe la llamada de su médico informándole de que hay una radiografía de la que le gustaría hablarle. Gopnik espera lo peor, si acaso, otra calamidad. << ¡Qué quieres de mí!>>, se pregunta. El devenir destructor se aproxima ahora en forma de tormenta. Al menos, siempre nos quedará la música de los setenta.

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