AGUSTÍN DE FOXÁ: SEMBLANZA LITERARIA DE UN ESCRITOR ORONDO

Foxá

Foto: Carlos Mayol

Se habla mucho de gabachos y literatura. Constantemente nos vemos asediados por referencias, biografías y otras tantas idolatrías dedicadas a la larga sombra de Proust, Verlaine o Flaubert. Se habla de la importancia de una obra como la de Stendhal. Del renombre (merecido) de una poesía y figura como la de Baudelaire. En cualquier universidad de Europa o Estados Unidos, en cualquier curso de literatura comparada se enseña hoy, con la sesuda arrogancia del profesor joven aficionado a la farlopa y la experimentación sexual, la legitimidad de una literatura que, sin desmerecer su indudable aportación al conocimiento humano, ha venido eclipsando con el consabido bombo y charloteo, la existencia de otras gramáticas obligadas a dormir el sueño eterno. Hay desperdigadas por medio mundo multitud de tumbas sin nombre ni besos. Lápidas venidas a menos, malogradas por el paso del tiempo cuyos epitafios y fechas de nacimiento aparecen hoy ilegibles. Escritores sobrepasados y reducidos a huesos que no figuran en el canon establecido por el vejete de Harold Bloom. No, Agustín de Foxá no aparece en el clásico tomo del crítico norteamericano en el que se hace repaso, accesorio y antojadizo, dicho sea de paso, de los considerados cien genios de la literatura universal. De Foxá no aparece por gordo y por monárquico, a saber, pero tampoco aparece Carranque de Ríos, que no se caracterizó precisamente por una ideología de derechas. Lo del canon no tiene que ver, en realidad, con posturas políticas. Las listas son siempre un pasatiempo inútil. Un fetichismo enfermizo propio de nuestra época que otorga preponderancia al ordenamiento de títulos y autores antes que a la categorización de emociones. Se ordena y se democratiza la cultura arruinando así la capacidad de discernimiento del lector. El alfabeto de los mil libros que hay que leer antes de morir es la biblia del nuevo intelectual de Starbucks. Pero Agustín de Foxá no aparece en esa biblia porque, aunque Madrid: de Corte a checa es una de las mejores novelas paridas dentro del solar español, ésta no entra dentro del estilo café Mocca. En realidad, España y café Mocca, España & Starbucks, son términos que se repelen; como la idea de un círculo cuadrado o de un político honrado. Ocurre, sin embargo, que la novela que nos ocupa, escrita en un tiempo en el que la sangre brotaba a borbotones hiriendo para siempre al españolito de piel cetrina y a todos sus descendientes, es uno de esos ejemplos ilustres de esteticismo injustamente olvidado. De Foxá escribe con arrogancia; con un churriguerismo agotador. La prosa es barroca y estilizada, digna de alguien que se sabe perteneciente a una nobleza tocada de muerte, de un escritor que gusta de fumar puros y beber coñac; de un escritor aficionado a la zambra y a la charanga. De Foxá, marqués de Armendáriz y conde de Foxá no necesita ser inventado porque él mismo jugó a la semblanza literaria. Así se retrataba el autor antes de ser excluido del canon de Bloom:

Gordo; con mucha niñez aún palpitante en el recuerdo. Poético, pero glotón. Con el corazón en el pasado y la cabeza en el futuro. Bastante simpático, abúlico, viajero, desaliñado en el vestir, partidario del amor, taurófilo, madrileño con sangre catalana. Mi virtud, la imaginación; mi defecto, la pereza. Soy conde, soy gordo, fumo puros; ¿cómo coño no voy a ser de derechas? Todas las revoluciones han tenido como lema una trilogía: libertad, igualdad, fraternidad fue de la Revolución francesa; en mis años mozos yo me adherí a la trilogía falangista que hablaba de patria, pan y justicia. Ahora, instalado en mi madurez, proclamo otra: café, copa y puro”.

De Foxá era falangista y, junto a Sánchez Mazas y Panero, uno de los escritores oficiales del régimen. Viajero y diplomático durante el primer franquismo, fue también secretario de Embajada en la representación diplomática de la República en Bucarest para unirse finalmente al bando nacional. De Foxá fue, además, coautor del himno patriotero que todavía hoy, muchos entonan con la camisa nueva. De Foxá, en efecto, escribió la letra del Cara al Sol y una de las mejores novelas del siglo XX, qué se le va a hacer. De haber sobrevivido, seguramente le habría servido a Berlanga como personaje para una de sus descacharrantes Escopetas (La escopeta nacional, 1978. Patrimonio nacional, 1981. Nacional III, 1982). De Foxá convivió entre duques, marqueses y toda esa caterva de héroes ilustres venidos a menos. Pero para ser un personaje berlanguiano, antes, hay que participar sin remilgos de esa mediocridad de la que tanto bebieron condes, curas y militares del periodo franquista. De Foxá, aunque grande de España, fue siempre un crítico feroz, autoconsciente y famoso por su cinismo, del ambiente que le tocó vivir. Se reía de todos, republicanos y monárquicos, señorito, por supuesto, y de buen comer, pero escritor mayúsculo perdido para siempre en el dédalo del tiempo. Madrid: de Corte a checa aparece, eso sí, en la lista de las cien mejores novelas publicadas en español elaborada por el diario El Mundo en 2001. Lista que, naturalmente, no vale un pimiento. Seamos honestos, la literatura importa más bien poco. A casi nadie le interesa ya. Y los que todavía le dedicamos un par de horas al día lo hacemos, más que por ínfulas, por desconsuelo. La literatura no importa porque, bien visto, y como diría Thomas Bernhard, Proust, Flaubert y De Foxá, se nos antojan figuras patéticas observadas de cerca.

Empero, y puestos a hablar de tipos extraños, bohemios sin nombre y borrachos de buena letra, la corte española de principios de siglo, nada tiene que envidiar a los cafés y patios traseros de Montmatre. Que sepamos, aquí tuvimos a Valle Inclán, el cual nunca se caracterizó por la ortodoxia. Manco, perdió el brazo izquierdo en una escaramuza de sobremesa. No se trata de chovinismo, sino de justicia poética. En España, los locos y pobres de bolsillo han abundado hasta bien entrada la guerra. Nadie se acuerda hoy del ya mencionado Carranque de Ríos. Ni de el gigantesco por su locura Alejandro Sawa. ¿Qué bohemia osaría compararse con las idas y venidas de Pedro Luis de Gálvez y Emilio Carrere? Individuos todos alucinados y malditos. Pordioseros de limosna pero enaltecidos de espíritu. Saint Germain des Pres palidece frente a la picaresca española. De Foxá, como Machado, pertenece al grupo de los desaliñados en el vestir; de los escritores excelsos. Porque también los hay de pluma brillante en el bando de los glotones. De los feos, de los gordos y de los que duermen bajo sábanas de seda. Pero de estos tipos, nadie habla en los cursos de literatura. Nadie los menciona porque, naturalmente, escritores como Paul Auster, revisten mejor el café de cuatro pavos.

Agustín de Foxá, que por aristócrata, pocas veces lo pasó canutas, es todavía admirado por reaccionarios, rancios y otros tantos tertulianos que cacarean por televisión. De Foxá, falangista declarado, pero poeta excepcional, es vilipendiado, desprestigiado y salpicado de anatemas por los otros tertulianos, igualmente encorbatados, que aparecen por televisión. El malditismo del autor no se debe a una cuestión de vagabundeo. Tampoco a una cuestión de tragedias mayores. El malditismo del orondo escritor debe ínclitos honores, sobre todo, a la calidad de una prosa que riñe con un dudoso gusto político. Madrid: de Corte a checa está divida en tres epígrafes: Flor de Lis o el derrumbe de la monarquía, Himno de Riego o la proclamación de la Segunda República y La hoz y el martillo, donde el escritor describe las bravuconadas y fusilamientos de una guerra que no había hecho más que empezar. Por sus páginas desfilan, por lo tanto, personajes de todas las tallas y categorías, de Valle Inclán a Niceto Alcalá Zamora pasando por Miguel Maura o los dibujantes de la revista Gutiérrez. Se trata de una novelita de falangista. De monárquico enardecido. De duquesita y niñita mona cargada de títulos nobiliarios. Una novelita redactada, como bien dijo Luis Alberto de Cuenca, por un reaccionario en el sentido clásico. Un tipo a quien José Antonio Primo de Rivera le mejoró el espíritu. Un tipo así, indudablemente, no puede ser rescatado en ningún taller de escritura creativa. A fin de cuentas, quién querría leer hoy a un escritor de tan orondas dimensiones.

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Una respuesta a AGUSTÍN DE FOXÁ: SEMBLANZA LITERARIA DE UN ESCRITOR ORONDO

  1. José Antonio dijo:

    Iba a calificar de cierto tufillo este artículo, pero me decido más por el término hedor. Esa montonera de palabras no deja de estar tan polarizada y por tanto politizada, igual como lo que deja intuir para recurso de mediocres: calificar el envase antes que el contenido. Agustín de Foxá ha sido incluso prohibido por la censura de los “democráticos” izquierdistas tal como cierta impresentable con la cuota de poder otorgada por este sistema memocrático, impuso tirando de los galones de su cargo (¿concejal, alcaldesa…? no quiero acordarme). Y es que su pecado no es su gordura, sino su condición falangista y esa “patria, justicia y pan” que tanto molesta a quienes no dudaron en quemar iglesias preferentemente con los parroquianos dentro. Mucho mejor sería un comunista que aunque criminal supiera encadenar algo más que monosílabos, ¡tendríamos sin duda otro “Doctor Honoris Causa” en ciernes!

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