CONSIDERACIONES ABÚLICAS SOBRE JOHN FANTE REDACTADAS BAJO LA MIRADA DISPERSA DE UNA CAMARERA HASTIADA

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Por Andrés Galán

John Thomas Fante nació en Denver, Colorado, el 8 de abril de 1909. A simple vista, Fante es un niño normal, otro gusarapo descendiente de italianos que se parte la cara con el chulo de la escuela después del almuerzo. Fante, hijo de un albañil alcohólico procedente de los Abruzos y un ama de casa con tendencia natural al fanatismo católico, crece en un ambiente deprimido, por eso, tras pasar fugazmente por la universidad, el joven Fante hace las maletas para instalarse en la ciudad de Los Ángeles. Su madre, naturalmente, se queda en Colorado, rota; envuelta en bobo lloriqueo. De Los Ángeles, Fante hará el escenario por el que transiten los personajes de casi todas sus novelas. Desde el Arturo Bandini de Pregúntale al polvo al Henry Molise de Al oeste de Roma. Tanto Bandini como Molise son dos caras de una misma moneda: las faces del Fante que fluctúan de una juventud errante pero llena de sueños a la vida familiar de un escritor que, además de deudas, se ha cargado de hijos y hasta de un perro marica bautizado Idiota. La materia de Fante, la carne literaria con la que se revisten sus libros es siempre la misma: la desastrosa experiencia personal. El escritor no duda en aprovechar su posición como cabeza de familia para dar pie a unas novelas que surgen de la cotidianidad. Por eso ficciona desde el embarazo de la esposa hasta las peripecias de unos vástagos que, uno tras otro, y de forma irremisible, acabarán abandonando el nido. La obra de John Fante es, por tanto, una redacción autoficcionada. El autor de Pregúntale al polvo pertenece a ese tipo de escritores que, coqueteando con la verdad, la deforma hasta arrinconarla contra los límites de la mentira piadosa. Todo lo que cuenta se intuye cierto a pesar de las desviaciones de nombres y máscaras. La verdad apesta a leguas, y las miserias, y los cajones íntimos donde se esconde la lencería fina de la esposa. En las novelas de Fante, los personajes metamorfean peligrosamente con su creador. No es casual que Bandini sueñe con alcanzar la gloria literaria, o que Molise, quien no es más que un Bandini entrado en años, fantasee con la idea de abandonarlo todo, mujer e hijos incluido, para retirarse con una amante inventada a la tierra de sus ancestros.

A John Fante lo conocemos por otro vagabundo de las antípodas; Charles Bukowski, merodeador de bibliotecas y licorerías, descubre los libros del italoamericano y lo celebra tirando de botella. Bukowski es todavía un escritor sin suerte, uno de esos que gusta dejar pasar otoños sobreviviendo a base de empleos temporales y cerveza. Cuando no tiene dónde ir, se parapeta tras los anaqueles de la Biblioteca Municipal de Los Ángeles esperando el momento de volver a casa. Será aquí donde el futuro escritor comience su andadura literaria. En los sillones de la Biblioteca Municipal, Bukowski empieza a discernir. El criterio del escritor de La senda del perdedor se forja deprisa y no se lo piensa dos veces antes de devolver un libro a su lugar de origen. En realidad, para Bukowski, pocos textos se salvan de la quema. Bukowski no entiende de compasiones. Tampoco importa que se trate de clásicos; de escrituras sagradas. Si el texto no te habla a corazón abierto, si no grita desde el dolor que implica estar en el mundo, si los personajes que transitan el papel resultan pálidos y apagados, si los paisajes no abarcan un movimiento radical y violento, entonces, no hay otro lugar para ese libro que el anaquel olvidado y polvoriento de la Biblioteca Municipal. Para Bukowski, pocos escritores resultan caudalosos de energía. La mayoría, grises y desabridos, escriben desde la penumbra y el estancamiento (seguramente, muchos de los autores que se estudian en la escuela pertenecen a este grupo), sin embargo, un libro despierta su interés. Una novela en la que los sentimientos se exponen sin remilgos ni contemplaciones. Tan viva es la impresión que causa en Bukowski Pregúntale al polvo y su personaje, el aspirante a escritor Arturo Bandini, que cada vez que se ve envuelto en una discusión con una de las tantas mujeres con las que convivió, espeta: << ¡No me llames hijo de puta! ¡Yo soy Bandini, Arturo Bandini!>>.

Releyendo las novelas de Bukowski se atisba la poderosa influencia que Fante ejerció sobre el autor de Mujeres. Fante es para Bukowski una suerte de Dios. Fante se muestra oferente enseñándole el camino de baldosas amarillas hacia la creación literaria. Bukowski bebe vino tinto, del baratito, y salpica de paso su prosa con un estilo que, aunque aparentemente nuevo, hace ya tiempo que fue inventado. Pero de Fante nadie se acuerda. Tanto es así, que el escritor se consume por el olvido en una habitación del hospital de Los Ángeles. Pero Bukowski todavía tendrá tiempo de agradecerle la epifanía. El escritor, convertido ya en fenómeno de masas, visitará a un Fante moribundo, ciego y mutilado por una diabetes que se lo lleva con cada soplo de aire. Bukowski agradece una influencia que, más allá de lo literario, parece proyectarse también en lo personal. No obstante, Fante ya no puede ver el rostro montañoso de Hank. Está derrotado. Será la esposa del anciano quien haga de intermediaria entre los escritores y Linda, la última mujer de Bukowski. Este emotivo encuentro tendrá como consecuencia una nueva edición de Pregúntale al polvo prologada por el propio Bukowski. Gracias al autor de La máquina de follar, podemos disfrutar hoy de una prosa tan aparentemente sencilla que ha hecho creer a muchos que la literatura es cosa de niños; basta con escribir sobre nosotros mismos. Sobre la lista de la compra o sobre la camarera hastiada que nos mira desde el fondo de la barra. Pero no. La literatura es, qué duda cabe, una actividad de altos vuelos, solo reservada a aquellos que, tocados por la gracia de algún dios inexistente, son capaces de traspasar los límites de lo rutinario. Fante es, junto a Bukowski, uno de estos tipos tocados por la gracia. Lo suyo les costó.

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Foto: Carlos Mayol

Pero antes de la decadencia Fante tiene tiempo de recorrer una y mil veces las colinas de Hollywood hasta el hartazgo. Contratado por la Paramount como guionista en una época en que los grandes estudios tenían en nómina a escritores como Faulkner o Fitzgerald, Fante reniega de su trabajo y no puede evitar sentirse como una furcia de cuatro duros. Un tipo que, a cambio de cheque, abandona su labor de artista, de novelista mayor, para escribir guiones. Ni que decir tiene que al igual que Bukowski, Fante odia Hollywood con todas sus entrañas. Ambos escritores tienen en común el menudeo de reuniones con altos ejecutivos y directores. Pero mientras Bukowski coquetea con el cine casi de forma anecdótica (podría decirse que escribe el guión de Barfly (Barbet Schroeder, 1987)  como excusa y campo experimental para la redacción de Hollywood), Fante se ve obligado a sucumbir a la maquinaria podrida del cine para sacar adelante a una familia no menos crispada. La vida de Fante se torna frustración. Toma conciencia de que la literatura y la familia resultan incompatibles. Por eso desaparece de casa siempre que puede; ni siquiera asiste a los bautizos. Fante solo piensa en escribir su gran obra, aquella que lo aleje de los clichés y lugares comunes de los westerns que está obligado a escribir.

A su esposa Joyce le dicta su última novela, Sueños de Bunker Hill. Ciego pero lúcido, le habían amputado las dos piernas a causa de la diabetes que sufría. Moriría poco después palpando con el temible poder del magín, el delicioso sabor de la gloria. Mientras, aquí en la Tierra, la camarera detrás de la barra se aburre con una mueca idiota de batracio.

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