PÍO BAROJA: DE LA AVENTURA A LA INDOLENCIA

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Por Andrés Galán

Transitando la inabarcable obra barojiana se encuentra uno con algo que, para los acostumbrados a la lumbre y el estudio, debe ser cosa obvia. Para quien, por el contrario, ha preferido pasar el rato con menesteres más prosaicos, esto es: recorriendo el amplio campo de la vida, quizá resulte conveniente aclarar que para el novelista donostiarra la existencia puede resumirse en dos actitudes vitales: por un lado, la condición activa y enérgica; proteica. Por otro, el carácter indolente. Abúlico. Espíritu más bien de libido desajustada; lo que viene siendo pose desencantada. En el primer grupo están los individuos vigorosos y dinámicos, (del tipo John Huston) hombres y mujeres que vienen a ser como torbellinos y peonzas. Este tipo dinámico no se amedrenta; salta muros y escollos que da gusto. Tiene algo de descerebrado; con lo que queda de ellos se rellenan criptas y cementerios. A esta categoría pertenecen caballeros de noble linaje, aventureros sin apegos y algún que otro superhéroe postmoderno. Los segundos, tristes por designios de la naturaleza, recuerdan cada mañana, casi siempre después de la tostada con aceite y jamón serrano, lo inútil de estar aquí, rulando por el mundo. Podría ilustrarse este carácter, pongamos, con el llorica de la clase, algún que otro poeta suicida y con el que, acostumbrado a pensar la vida,  termina concluyendo que nada en este mundo merece la pena. A fin de cuentas, los amores (malditos amores) siempre salen por patas.

Por aventurero, Pío Baroja no destacó. Lo suyo era más bien la pluma austera con destellos puntuales de romanticismo. Alguna vez lo encañonaron en ese absurdo bestial que fue nuestra guerra civil; poco más. Baroja prefería la soledad de la mesa camilla. La aventura imaginada desde el balcón. Digamos que el escritor se confundía mejor con los abúlicos que con los temerarios del primer grupo. No obstante, buena parte de su obra literaria está poblada por hombres de acción y aventureros con bemoles. Muchas de sus páginas vienen salpicadas de marineros intrépidos, guerrilleros carlistas y ácratas de temperamento violento. Aunque Baroja salía pocas veces de Madrid, -cuando lo hacía era para refugiarse en el caserío que todavía se conserva en Vera de Bidasoa- los encuentros esporádicos con la tierra que lo vio nacer, inspiraron en el novelista un buen puñado de novelas cuyos héroes aparecían siempre  dominados por una voluntad ciega que los impulsaba hacia un destino incierto. Entre estos personajes de acción destacan Martín Zalacaín y Shanti Andía; ambos, representantes de una forma de estar en el mundo que poco, o casi nada, tiene que ver con la actitud existencial del hombre contemporáneo. Tanto Zalacaín como Andía vienen a complementar la estela dejada por Eugenio de Aviraneta, antepasado de Baroja y protagonista de la serie de novelas Memorias de un hombre de acción. Los tres pertenecen a una época claramente perdida. Los tres son hombres de lidias que solo terminan con la muerte; luchadores a corazón abierto que, a buen seguro, desconocieron expresiones tales como opresión, angustia o aburrimiento; expresiones, por otro lado, sobradamente familiares para nosotros.

El polo opuesto viene representado por algunos de los personajes ilustres que componen las novelas pertenecientes a La raza, Las ciudades o Agonías de nuestro tiempo. Dentro del primer grupo destaca el Andrés Hurtado de El árbol de la ciencia, novela de indudable tono pesimista que sitúa a su protagonista en el cajón de los héroes indolentes. Hurtado no puede competir con Zalacaín porque, a diferencia de éste, Andrés es ya un hombre contemporáneo. El carácter, la opresión y la angustia se forjan con el paisaje. Las ciudades, en este caso el Madrid de principios de siglo, resulta una cloaca donde la vida emerge de las profundidades. Si los héroes enérgicos de la primera categoría son individuos extramuros, habitan paisajes abiertos al mar, los melancólicos y sufrientes personajes del segundo grupo pertenecen a ese tipo de seres desclasados y obligados a existir en un espacio intramuros; donde el mar queda lejos y la aventura hace tiempo que quedó reducida a reliquia. Así, las novelas de Baroja, oscilan entre la acción y la parálisis moral. Zalacaín sucumbirá víctima de su propio empuje vital, aplastado por un mundo que es la representación de un paisaje todavía amplio e inabarcable, mientras que Andrés, habitante de mundos estrechos, de techos bajos y asfixiantes, como los pasillos imaginados por Kafka en El proceso, perecerá víctima de un mundo que parece cerrarse hacia dentro.

Existe una notable diferencia, un choque de espíritus, entre los caracteres que deambulan por Las inquietudes de Shanti Andía; novela que junto a El laberinto de las sirenas, Los pilotos de altura y La estrella del capitán Chimista forma la tetralogía del mar, y aquellos que pueblan Las ciudades. Es, en realidad, algo más que un choque generacional. Se trata, en cualquier caso, de una muestra más, literaria pero inequívoca, del acorralamiento moral del hombre contemporáneo. Para el joven médico Andrés Hurtado, la aventura, el aire puro, la vida voluble y enérgica es poco más que una estampa que cuelga sobre el hollín de una chimenea pobre. El Madrid de las postrimerías de fin de siglo es un presagio ya del Madrid del siglo XX, de la posguerra púrpura y doliente, de las compras de Navidad en el Corte Inglés, del metro triste, del Ébola y sus muertes. Si la existencia proteica pertenece a una novela folletinesca, la existencia abúlica es más novela de autoconocimiento; de personajes que reflexionan hasta llegar a la conclusión de que, y como diría el propio Andrés Hurtado, si algo bueno tiene la filosofía es que te convence de que es mejor no hacer nada.

Baroja era de ponerle nombres muy rimbombantes y campanudos a sus novelas. Por ejemplo: La sensualidad pervertida: ensayos amorosos de un hombre ingenuo en una época de decadencia. Solo por esto, por los títulos, epígrafes y otras formas de ordenamiento, hay que leer a Baroja. Por eso y porque de los carcas del noventa y ocho viene siendo el más moderno. Porque quién va a ponerse a leer hoy a Azorín o Maeztu. De Baroja, quiere uno pensar, que todavía se leen sus novelas; aunque solo sea por el genuino carácter de su prosa. Los héroes barojianos, a su manera, siguen teniendo mucho de prototipo moderno, especialmente los individuos indolentes, desabridos e individualistas de sus narraciones urbanas. Los otros, los tipos de acción, se leen con nostalgia; sabiendo que están extintos como los piratas del mar Caribe. Como Shanti cuando recuerda las hazañas terribles de su antepasado Aguirre, el Loco, sentimos que esa existencia heroica, aunque emponzoñada de sangre, de viajes a salto de mata, es siempre una forma de existencia superior a cualquier otra. A fin de cuentas, las condiciones en que se desliza la vida actual hacen a la mayoría de la gente opaca y sin interés.

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