LAS LETRAS Y LOS LOCOS

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Por Andrés Galán.

Hablemos de locura, pero comencemos por no hablar de <locos>; o sí. Tal vez resulte menos estupefaciente recurrir a casos concretos de demencias, a ejemplos de locos ilustres. Dar nombres, lugares y fechas con el único y respetable fin de constatar que, más allá de casuales, son ya demasiados los modelos de delirios, enajenaciones y paranoias que salpican la historia de la literatura. Desde las locuras metafísicas del viejo Hölderlin a las insanias pampeanas de Alejandra Pizarnik. Sería absurdo renegar de esta conexión maldita entre creación y locura, a fin de cuentas, la lista de genios mentalmente divergentes aumenta si ampliamos el campo a otras noblezas artísticas. En pintura, el catálogo de chiflados adquiere loable grosor. Con los majaras del pincel, puede uno confeccionarse una lista hermosamente encuadernada y así sujetar la mesa vencida del comedor. Celebérrima y aburrida nos resulta hoy la locura de Van Gogh. Edvard Munch, que nunca estuvo oficialmente loco, tuvo una existencia difícil marcada por la depresión, el alcoholismo y la presencia constante de la muerte. Sus cuadros, atravesados por rojos llameantes y gritos informes de desesperación, desvelan una hiriente familiaridad con la locura. Una convivencia íntima que aleja, a quien la padece, de toda norma de conducta. En el caso de los pintores, las ortodoxias cromáticas se invierten, las formas desaparecen y en los cielos nocturnos aparecen torbellinos de colores. El loco, como el niño, es el espíritu total de la libertad. No existen códigos ni circuitos por los que transitar en línea recta. El propio universo se descompone en piezas que el genio de la locura se encargará de reestructurar a su modo. Las vanguardias, tomando conciencia de este asunto, no tardaron en reivindicar el arte de los locos como paradigma. De lo que se trata es de crear sin límites; sin moral. Como decía el personaje de John Cusack en la película Balas sobre Broadway (Bullets over Broadway, 1994, Woody Allen), <un artista crea su propio universo moral>; lo que éste no nos revelaba es que ese universo suele volverse, en la mayoría de los casos, contra su creador. Ahí está Sade, pudriéndose en su celda de la Bastilla, aniquilado por infamias y burócratas. Todo sistema de jerarquías y ordenamientos, toda sociedad de bienestar, de consumo, se estructura y sobrevive a base de espacios vacíos. De puntos y aparte. Sade representaba la alteridad dentro del claustrofóbico estado burócrata de Bonaparte. Sin Sade y los locos del manicomio de Chareston, sin víctimas que queden en la cuneta de la adaptación, no existiría ese otro mundo luminoso y festivo en el que los locos no oficiales luchamos por sobrevivir; por jugar, haciéndonos creer los unos a los otros que aceptamos las reglas del juego; que surfeamos la cresta donde las olas y las corrientes permanecen estancas y calmas. Al contrario, el loco naufraga en el embalse desbordado de los desvaríos.

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El loco no conoce límites, por eso los jefes médicos de los antiguos hospitales psiquiátricos creyeron siempre en la legitimidad de la lobotomía para hacer ver a don Quijote que aquello contra lo que luchaba no eran gigantes, sino molinos. Toda la obra de Tennessee Williams está salpicada por hermosos y líricos destellos de locura. Su hermana Rose pasó la mitad de su vida entre hospitales psiquiátricos siendo víctima de una lobotomía prefontal que la dejó vegetal cara a cara con la eternidad. Williams acumuló todo este dolor y lo transformó en gigantesca obra de arte. Algo parecido ocurre con la obra dramática de Sarah Kane, quizá uno de los ejemplos más actuales a la hora de poner en relación arte y locura. Pero no hace falta posar la vista en tierras transatlánticas, España, país de locos por antonomasia, ha visto desaparecer recientemente al último de sus poetas desquiciados, el postrero de una dinastía marcada por la desesperación y la decadencia: Leopoldo María Panero, rey de los locos. A Panero no había ya Cristo que lo entendiera. En los últimos años se había paseado por programas y canales de televisión levantándose, si la ocasión así lo requería, para ir al baño en mitad de la entrevista. Leopoldo María estaba ya que deliraba y, sin embargo, seguía aumentando su nutrida obra poética. Leopoldo María había invertido definitivamente las formas ortodoxas de la comunicación. Su lenguaje ya no era de este mundo. Vesanias aparte, el poeta hablaba, como es natural, la lengua de los dioses. Para entender a Panero, para entrar en relación con su mundo, había que acceder a su poesía. Es la poesía quien habla por él, sumido ya en el tabernáculo de la Unidad Psiquiátrica de Las Palmas de Gran Canaria, donde había ingresado, en la década de los noventa, por voluntad propia. Para Schopenhauer, el punto de conexión entre los locos y el genio radica en el desconocimiento de las relaciones. Por eso las vanguardias abogan por un arte fragmentado, por un discurso plural, irreconciliable. Todo está disperso. Todo vale. Todo se reduce a escombros irresistiblemente bellos. La lista es extensa y la frontera entre locura, depresión y alcoholismo se difumina al final del horizonte. Los nombres de autores y prodigios, interminables: Hemingway, Juan Ramón, Virgina Woolf, Silvia Plath o David Foster Wallace son algunos de los otros ejemplos que componen el tejido de la locura literaria. En la frontera, en ese punto ridículo que supone elegir entre seguir danzando sobre la realidad o bien dejarse caer definitivamente en el ensueño maldito del delirio, otro autor con mirada de eterno adolescente, se encierra por las noches a escribir novelas que, por lo pronto, nadie leerá. Estas narraciones mantendrán erguida la mirada de Franz Kafka. Una mirada que grita por perderse en los abismos de la locura al menor descuido, como la mirada de Panero al final de los días. Una mirada que se ha ido. Que ya no sabe donde mira porque se ha largado a reposar donde habitan las miradas de los locos.

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