LOS RESENTIDOS

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Por Andrés Galán

Rastrear la huella del resentimiento en la vida literaria no es, si uno no quiere faltar a la verdad, labor de índole sustancialmente dificultosa. Los novelistas llevan ya varios lustros describiendo los rasgos de carácter así como los estados de ánimo cardinales a la ontología humana. Muchos han pasado a la historia por su capacidad para retratar con aparente sencillez (pero sobre todo con destacable honestidad), las complejidades y mixturas que los hombres y mujeres (allende condiciones sociales y razas), suelen revelar a través de sus conflictivos periplos vitales. Uno de estos escritores fue Chéjov. En su narrativa breve, así como en su obra dramática, destacan los tipos desconcertados, frustrados, desorientados, abandonados, tristes, ilusionados o devastados. La Rusia rural dibujada por el autor de La gaviota, exenta todavía de hemoglobina revolucionaria, está habitada por individuos cuyas desafortunadas y rutinarias existencias vienen a expresar el desencanto más profundo de estar en el mundo. Ástrov, Ivánov y Zaréchnaya son algunos de los egos sufrientes imaginados por Chéjov; seres desvalidos atrapados por la claustrofóbica e ilimitada gelidez del ambiente espiritual en el que se mueven. Pero por encima de ellos, hay uno que predomina por sus rasgos inequívocamente humanos. Un ego imaginario que, gracias al talento incuestionable de Chéjov, palpita hasta casi derramarse más allá de los límites de la ficción. Nos referimos a Voinítski, Iván Petróvich o el tío Vanya; personaje que representa, como pocos, ese resentimiento que de forma tan excelsa analizaron autores como Nietzsche o Max Scheler.

Suele ocurrir con los personajes de Chéjov que, a la manera de las grandes creaciones, se muestran opacos cuando no completamente herméticos. Hermetismo que, a medida que respira el texto, revela la extrema complejidad de sus psicologías. Vanya no es solo la encarnación de un resentimiento que se percibe estancado y sólido en lo más profundo de las entrañas, sino que además, revela a un ser abnegado, cuya principal razón de ser radica en haber sacrificado su vida a quien fuera la máxima esperanza sobre la tierra, el marido de una hermana finada, catedrático de arte, cuya verdadera naturaleza fraudulenta despierta en Voinítski,  el peor de los sentimientos: la venganza. El tío Vanya no solo pierde la cordura al final de la obra homónima, sino que se muestra, además, como un hombre capacitado para traspasar los límites del tiempo y observar, desde una perspectiva externa, las dificultades para sobreponerse a unas circunstancias que han terminado por sepultarlo en vida. El espíritu de Vanya está agriado. En un fragmento de la obra, y contaminado por ese resentimiento al que nos referimos, el personaje afirma:

“Tengo cuarenta y siete años. Hasta el año pasado traté deliberadamente de ponerme una venda en los ojos, lo mismo que usted hace con ayuda de esa literatura barata, para no ver la vida real. Y creía que lo que hacía estaba bien. Pero ahora, ¡si usted supiera! No pego ojo en toda la noche del disgusto y el encono que siento por haber malgastado tan tontamente el tiempo, cuando hubiera podido tener todo lo que ahora no puedo tener por ser viejo”.

Vanya es representante de un resentimiento injusto. De un resentimiento que expresa, con despreciable encono, la generación vieja sobre la joven. El feo sobre el guapo. El pobre sobre el rico. El desgraciado sobre el dichoso. Pero la altura del texto adquiere verdadero dramatismo cuando el personaje de Vanya queda reflejado en las aguas tristes del alma de Sónya, su sobrina. Es ella, castigada por su fealdad, quien realmente debería dejarse llevar por el rencor y la futilidad impuesta de los días. Sin embargo, Sónya, descrito por Chéjov con una sensibilidad extraoridnaria, es un ser de dilatada nobleza. Un individuo superior, tan sufriente y lastimado como los anteriores, incapaz de ahogarse en los pantanos de la ira, la ojeriza o el rencor. Sónya es, si cabe, el verdadero y magnánimo protagonista de Tío Vanya. El ejemplo ilustre de una naturaleza humana solo comparable al santo o al estoico. El tipo de humanidad que tan drásticamente encoge el corazón de quien, conociendo las circunstancias, solo puede exigirle verdad a la literatura.

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