¿QUÉ ES SER DE IZQUIERDAS? (PARA UNA “POLÍTICA” DE LA ALTERIDAD)

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Por Carlos Barroso

Gilles Deleuze, pensador del siglo XX al que todos los políticos deberían leer, dijo una vez que ser de izquierda se caracterizaba más por una forma de ver,  por una cuestión de percepción o una manera de moverse que por un atributo. Decía el filósofo así: “Ser de izquierda es percibir. Los japoneses perciben así, a diferencia de nosotros, perciben primero el contorno. Dirían primero el Mundo, luego el continente (digamos Europa),  después Francia etcétera (…) la calle Bizerte, Yo. Primero miras al horizonte y sabes que eso no puede durar, que eso no es posible (…) que los problemas del tercer Mundo están mas cerca de nosotros que los que se hallan en nuestro barrio.” Más allá de tratar de distinguir entre percepción y moral, cosa que Deleuze intenta al remarcar su posición ante lo que se trata de un acto de percepción, y que nos llevaría por terrenos que no podemos abordar aquí, queremos decir que ser de derecha sería todo lo contrario, la otra dirección del envío de una tarjeta postal, partir de mí y luego, como en un círculo concéntrico, ir saliendo al exterior, a los niveles  del extrarradio.  Mi casa, mi barrio, mi ciudad… etcétera.

Podría uno ante tal cosa llegar a decir que es imposible gobernar de esa manera, que la política se organiza en instituciones y en identidades que deben velar por su interés personal antes de poder dedicar el tiempo a ciertos actos “altruistas”. Incluso sería legítimo decir que cualquier gobierno está programado por definición para plantearse esta pregunta: ¿Cómo hacer para que la situación dure? Comenzando por ti mismo, en la medida en que eres un privilegiado o te privilegias, estás condenado a pensar de esa manera, sabes de sobra que hay peligros, que aquello no puede durar, que es demasiado demencial, pero ¿cómo hacer para que dure? Esa es al fin y al cabo la cuestión. Entonces, si deducimos que de una manera u otra toda institución tal y como la conocemos hasta hoy -incluso las de izquierdas- son en realidad derechistas y conservadoras, pues albergan en ellas una semilla de identidad, se sigue de ello que nadie puede ser de izquierdas, que la izquierda no es, o que no puede gobernar.

¿Es esto una mala noticia? Sí y no. Para empezar esto no significa que todos los gobiernos sean iguales y que no existan diferencias entre ellos; en el mejor de los casos, lo que podemos esperar de un gobierno es que sea favorable a ciertas demandas de la izquierda, y eso no significa que sea malo, el principio de conservación está en la identidad de todo sistema, también en eso que llamamos “las identidades personales”.

Entonces, volvemos a preguntar ¿qué es ser de izquierda? Parece que más bien tiene que ver con un desbordamiento, con un estar al límite, estar en el contorno de las cosas, en la franja de sus delimitaciones, en ese lugar donde más allá no puede divisarse nada con nitidez y clarividencia. Ser de izquierda es llevar la estructura política al extremo de sus posibilidades fácticas para que devenga y se desplace mas allá de lo que a día de hoy es. Ser de izquierda es reinventar las cosas y posibilitar que en las próximas generaciones esta capacidad de reinvención siga llevándose a cabo. No es tanto un progresismo histórico como la posibilidad de estar abierto a la capacidad de reinventar el mundo.

Algunos pueden tacharme de ambiguo, no voy  a quitarles la razón, pero hay cosas que necesitan de una cierta medida inexacta para ser captadas, pues no tienen solo que ver con el entendimiento racional sino con la afección, con la capacidad de afectar a los demás y ser afectado por ellos, con el movimiento de fuerzas complejas. Como soy mucho de ejemplos, pues me gusta verlo como un acto en el que un caso cualquiera entre otros toma la voz y el protagonismo sin que por ello sea un centro fundamentalista (es un cualquiera y no un decisivo), pondré uno para hacerme entender. He repetido muchas veces está frase: “Nadie puede poseer un verbo”, ¿Qué significa? Simplemente solo hace falta observar un poco en nuestro lenguaje para que veamos que cuando digo “yo corro” por ejemplo, no estoy objetivando, ni entendiendo, ni juzgando nada sino que, por el contrario, me sumerjo en el correr, el correr se manifiesta en mí. Yo no soy el correr, nadie lo es, el correr es una fuerza, algo que uno puede hacer o no, algo que no es del orden de los cuerpos ni del de las identidades, pero el correr lo desborda a uno, lo lleva a una situación u a otra, por ejemplo hace que se canse, lo transforma.

¡Cagar, pensar, fumar, beber, doler, cortar… díganme si existe un solo ejemplo en que después de emprender alguna de estas acciones no hemos sido transformados! Bien, creo que después de esto uno empieza a percibir qué significa ser de izquierda, que la izquierda es estar abierto al actuar para cambiar (nada de “marcha por el cambio” pienso cuando digo esto) y no a ser azul o ser rojo. Todavía alguno puede decir que eso no es ser de izquierda,  que he tomado una reflexión y le he puesto el nombre de izquierda porque poner derecha queda feo. Toda la razón al que lo piense, no soy nadie para que una palabra signifique para él una cosa distinta si no quiere, pero de la misma manera no puede obligarme a mí a que ligue el término izquierda al comunismo estalinista y la Cuba de Fidel Castro toda la vida, como si existiese una noción de izquierda a priori del discurso sobre ella.

El lector ya se habrá dado cuenta de que intentamos modestamente desbordar lo que se entiende por político, llevarlo más allá. Solo porque podemos hacer eso, solo porque es posible hacerlo, puede existir la política, pero eso es otro tema que nos llevaría por encrucijadas muy tortuosas (…) Antes de finalizar, me gustaría servirme un poco más de este arte del ejemplo para ilustrar este desbordamiento ético de lo político y de paso meter el dedo en la herida sobre algunos casos lamentables de nuestra prensa cotidiana. Me refiero a la noticia de “La mujer más fea del mundo” que tan famosa se hizo en las redes sociales hace unos meses (ya casi un año) en el que salía una señora con algún síndrome de deformación del cuerpo muy extraño y que daba una conferencia ante un auditorio no se sabe muy bien si para autoayuda o para dar no sé qué tipo de lección de superación, de esas que tanto abundan ahora por la red para ligar con chicas o para ser mas social con los demás. Para empezar es deleznable, aunque no es tanto esta crítica la que me interesa, que se comercie con el dolor de personas que han sido reprimidas y que se les haga creer que han llegado a ser alguien porque pueden subir a una tribuna a contar su experiencia y ser un ejemplo para los demás, o engañar a los desdichados con grandes metodologías de entrenamiento social que mejorarán su vida si empiezan a seguir una serie de reglas y cambian de actitud ( pero claro, primero hay que pagar o dar audiencia, que es lo mismo que pagar indirectamente). Ya denunciaba esto Karl Marx, otro filósofo al que todos los políticos deberían leer, en su crítica al fetiche mercantil en su primer libro de “El capital”, pero que a día de hoy en esta ultima fase consumista del capitalismo, han llevado a disfrazar a la mercancía de ilusión de privacidad, de autenticidad y  de “american life style” hasta unos niveles insospechados.

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Pero por otra parte, y esto afecta al fondo de nuestra reflexión, observamos un tipo de violencia en esta manifestación que transluce en gran parte la manera conservadora que tenemos de vivir. Resulta que ser “bueno” o que aquello que nos conmueve es ver como una persona que se sale de los patrones universales que nos rigen (hombre, adulto, heterosexual, con trabajo) es reintegrada bajo el yugo de lo común y medible por nuestros aparatos anulando todo tipo de singularidad y otredad. Pueden ustedes decirme que entonces ¿qué demonios es lo que propongo o quiero? ¿Quizás burlarme de aquellos que luchan por la igualdad entre hombres/mujeres, heterosexuales/homosexuales, normales/anormales? No, sin ninguna duda, no. Yo también critico que en el partido de Syriza no haya ninguna mujer en el gobierno, que ni una sola mujer figure en sus listas.

Pero lo que también critico es que creamos que la verdadera igualdad es esto, que la verdadera igualdad consiste en abolir todas las singularidades y otredades que agujerean nuestra identidad, y que además organizaciones políticas se sirvan de esta mentira para criticar a otros y decir que ellos sí poseen un porcentaje del cincuenta por ciento entre hombres y mujeres. Que los partidos políticos, los hombres heterosexuales y, en definitiva, los normales creamos que con aceptar con positividad estas “anomalías” y reintegrarlas en un espacio donde aparte de esta cosmética fetichista no cambia nada, no es suficiente. Dijo una vez Nietzsche, filósofo al que (de nuevo) todos los políticos deberían leer: “¿Os aconsejo yo el amor al prójimo? ¡Mejor os aconsejaré que huyáis del pró- jimo y améis al más lejano!” Y en efecto, es muy fácil querer al que se parece a nosotros, pero no hay ahí ningún esfuerzo, no hay ahí  ningún tipo de comunidad real, pues en el corazón de una comunidad debe brillar la heterogeneidad, lo otro siempre es anterior a lo mismo, el extranjero es siempre antes que el semejante. Cuando uno ama al prójimo se ama en realidad a sí mismo, o bien trata de perderse en el otro identificándose con él. El lejano, por el contrario, es aquel que no se conoce, que no puede conocerse y que por lo tanto no amamos egocentristamente.

En esta estela dice Maurice Blanchot, otro filósofo más al que los políticos deberían leer: “Debemos renunciar a conocer a aquellos con quienes nos liga algo esencial (…) La amistad, esa relación sin dependencia, sin episodio y donde entra sin embargo toda la simplicidad de la vida, pasa por el reconocimiento de una extrañeza común que no nos permite hablar de nuestros amigos, sino solamente hablarles”. Así que, amigos míos, empecemos a hablar con el otro y no a hablar(nos) a nosotros mismos. Empecemos a mirar al horizonte del contorno y no al centro del círculo.

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