SANGRE, SUDOR Y JAZZ. (WHIPLASH, DAMIEN CHAZELLE)

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Por Alejandro Butrón

Cuentan que un novato Charlie Parker, cuando aún era simplemente Charlie Parker y no Bird, realizó una noche un concierto tan infame, que Jo Jones, ni corto ni perezoso, le lanzó sus baquetas para detener tal estropicio. Esa noche, Charlie Parker regresó a casa y lloró. Algo así no podía ocurrirle de nuevo. Tenía que decidir entre abandonar la música o ensayar como un condenado hasta que las baquetas de Jo Jones no volviesen a volar hacia su rostro. Lo que ocurrió después ya todos los sabemos. Charlie Parker se convirtió en el legendario Bird, el saxofonista más conocido de todos los tiempos. Incluso fue capaz de dar un gran recital en el calificado «concierto del siglo» (Toronto, 1954) con un saxofón de plástico –vendió el suyo para comprar heroína, pero esa es ya otra historia-.

Si uno se toma al pie de la letra la sinopsis de Whiplash, esperará recibir lo de siempre: la sazonada historia en que un jovencito apasionado pero inexperto conoce y entabla relación con su veterano mentor, con ayuda del cual el joven será capaz de cumplir sus objetivos, limando a la par las asperezas que le separan de su mentor en un primer momento. Ejemplo sea de ello El indomable Will Hunting –o la historia de cómo Ben Affleck ganó su primer Óscar-. Pero WhiplashWhiplash va mucho más allá. Es mucho más cruda e inteligente, no se cuida, afortunadamente, en mimar la sensiblería. No en vano el guion de esta película descansó en un oscuro cajón durante un largo tiempo, pues la historia que Whiplash nos cuenta es un espejo donde Damien Chazelle, su director, se mira y se estrecha la mano. ¿Qué es la excelencia artística? ¿Dónde está? ¿Es compatible perseguir esta excelencia artística con preservar el statu quo (estabilidad, pareja, amigos, familia, dinero…)? Y, sobre todo, ¿dónde está el límite? ¿Cuándo hay que parar? ¿Qué hubiera pasado si Charlie Parker hubiese decidido abandonar aquella noche? Al fin y al cabo, habría aparecido otro Charlie Parker, ¿o no?

Pareciera Whiplash por momentos una película bélica con ese trepidante y acertado montaje. Tan devastador es su culto al sacrificio personal que, por momentos, el protegido espectador, que disfruta la película desde su cómoda butaca, se siente atacado, herido y señalado con el dedo, quizás en una desazón que induce irremediablemente a reflexión, a cerciorarnos de que estamos vivos y a volver a darnos cuenta de que, desde esa cómoda butaca, con palomitas de maíz en la mano derecha y una Coca Cola en la mano izquierda, nada va a cambiar. La sangre que impregna las baquetas del protagonista, finalmente salpican al espectador. Pero volvamos a la película. Terence Fletcher, interpretado a la perfección por J.K. Simmons, no tiene piedad en su búsqueda del nuevo Charlie Parker. Y es que, ante la eterna diatriba entre si el artista nace o se hace, a él no le cabe duda: el artista se hace con sangre y sudor, el artista se hace dejando su cuerpo hasta la extenuación, todo es válido en la consecución de la excelencia artística. Charlie Parker no se rindió aquella noche. Y nadie que pretenda llamarse «artista» puede permitirse dar un paso atrás.

Y así lo entiende Andrew Neiman, interpretado por un prometedor y entregado Miles Teller. Ambicioso, competitivo y terco, Andrew Neiman posee el ego temprano del artista en ciernes y contiene rabia. Mucha, mucha rabia. Se lee en sus ojos. Andrew carga con su padre a las espaldas. La sombra del fracaso le persigue a la misma velocidad a la que él persigue al éxito. Y, por momentos, Andrew siente que le atrapa. Así pues, prescinde de pareja, amigos, familia… Todo. No quiere ningún obstáculo en su camino. Es precisamente esta figura parental la que redondea la película. Esa mirada de autocompasión, vacía, triste y desangelada. Esa mirada que dice: «lo intenté y fracasé, no es necesario que tú lo intentes también, hijo». El padre de Andrew Neiman es el reflejo en que ninguno de nosotros queremos vernos jamás. Es curioso. Mientras nuestra realidad actual nos atrapa, atrayéndonos cual cantos de sirena hacia el pozo de la mediocridad, la industria del cine hollywoodiense nos ha impreso en nuestras mentes unos estándares de éxito inalcanzables. Un salto al vacío insalvable pero en el que, sin embargo, no dejamos de creer. Whiplash es más real. Whiplash duele y convulsiona. Y, si bien adolece de momentos demasiado “recocinados” por la cocina americana, de lo cual no cabe duda, la sacudida emocional que nos causa es casi un cortocircuito. Ahora, auspiciada por su nominación al Óscar, Whiplash se ha convertido en el fenómeno del año, gracias a sus bien combinados ingredientes: ambiente indie e historia de superación personal, de esas que bien pueden hacer a los estadounidenses alzar la bandera. Pero Whiplash, más allá de toda la parafernalia hollywoodiense, es una película necesaria. Y así debe verse.

Dice Terence Fletcher que no existen palabras peores en el habla que «bien hecho». Toda una declaración de intenciones. Así que yo, que no pretendo contradecirle, no tengo más que decirle a Damien Chazelle que: continúa.

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