SOBRE LA INESTABILIDAD DE LAS FORMAS, EL MOVIMIENTO, LA DESTRUCCIÓN Y OTROS ASUNTOS RELACIONADOS CON LOS MITOS ERÓTICOS

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Por Andrés Galán

All things must pass
All things must pass away
All things must pass
None of life’s strings can last
So, I must be on my way
And face another day

Serena Grandi fue, otrora, encarnación mediterránea del deseo, mito erótico de los ochenta y musa del cine de Tinto Brass. Los italianos la recuerdan, a buen seguro, con un ansia carnívora de resonancias atávicas. Serena le entraba a uno, sobre todo, por la boca. Sus formas redondeadas, sus pómulos repletos de vida y saludable sexualidad, evidencian que Serena, estuvo una vez legitimada para continuar la senda inaugurada por las venus paleolíticas. La Grandi gozaba de la misma fuerza fértil que las madres sagradas, las mismas que milenios antes, habitaron la noche de los tiempos. Pero las estaciones atacan con inmerecida virulencia, y el cuerpo, espacio absoluto por antonomasia, se ve siempre zarandeado por el cambio. Esto lo supo ver con lucidez y sensibilidad, Paolo Sorrentino, quizá, el último genio artístico de la Italia post Berlusconi. En ese gran fresco sobre lo sagrado y lo profano que es su última película (La grande bellezza), Sorrentino presentaba a la famosa actriz saliendo de una enorme tarta de cumpleaños. Pero la Grandi que aparece en la cinta, lo hace como epifanía de lo terrible. No queda en ella ni rastro de la fuerza sexual y sagrada que exhibía en las películas de Brass. La Grandi de Sorrentino es un monstruo surgido de las profundidades. Una corporeidad expuesta a las violentas inclemencias del devenir. Éste es, precisamente, uno de los más antiguos, a la par que fundamentales, problemas de la filosofía; pilar sobre el que reposa todo el pensamiento platónico y, por ende, buena parte de la posterior tradición occidental.

El problema del cambio ha trufado de angustia a los más remotos pensadores. Pero si hay un tiempo inaugural en lo que se refiere al antagonismo entre Ser y Devenir, ese no es otro que el de la filosofía presocrática. El asunto de la decadencia que tan bien queda encarnado en el cuerpo de la Grandi, el problema del cambio, del movimiento, de la corrupción y, por tanto, el problema del conocimiento verdadero, fue ya ampliamente debatido por aquellos que precedieron a Sócrates. Destacan, sobre todo, Parménides y Heráclito; el primero de Elea, el segundo, de Éfeso. Pero mientras que Parménides se muestra luminoso, poético y explorador de una senda salpicada de verdad, Heráclito prefiere jugar al enigma. De personalidad turbulenta, los pocos fragmentos que han sobrevivido evidencian un pensamiento tan tumultuoso como su carácter. Heráclito es, probablemente, el primer genio misántropo de occidente. Su misantropía lo empuja al monte, donde, alejado del mundo, se alimenta de plantas. Convertido por esta causa en un hidrópico, los testimonios que nos ha legado Diógenes Laercio afirman que la oscuridad de su pensamiento acabará costándole la vida. Heráclito baja a la ciudad y pregunta a los médicos en enigmas si ellos serían capaces de convertir en seco el tiempo lluvioso; ante la incomprensión de estos, Heráclito se entierra en estiércol con la esperanza de evaporar su hidropesía. Pero dejando a un lado la extravagancia, el pensamiento de Heráclito ruge, precisamente, sobre esa imposibilidad a la hora de acceder al conocimiento. En un mundo sensible donde todo está en constante proceso de cambio, resulta imposible encontrar asidero. No solo cambia el paisaje exterior, también el interior, nuestro más recóndito paisaje del alma. Recordamos, entonces, que: <<en los mismos ríos entramos y no entramos, (pues) somos y no somos (los mismos)>>.

Serena_Grandi

Un mundo que cambia, que se desangra constantemente, un mundo en el que Serena Grandi deja de ser Serena Grandi para metamorfosear en monstruo, no puede ser real. Debe existir, necesariamente, un mundo mejor, un mundo que no perezca; aunque éste se encuentre al otro lado. ¿O resulta que en el fondo la Grandi de los ochenta es la misma que la Grandi de la Roma nueva y decadente? ¿Somos o no somos? Sobre esto también conjeturó George Harrison, el Beatle más espiritual, el Beatle más metafísico. Influenciado por la cultura hindú, las canciones que Harrison compuso, denotan una amplia conciencia del engañoso mundo fenoménico en el que estamos empujados a existir. Uno de sus temas más emblemáticos, que a su vez da título al álbum Living in the material world, dice así:

can’t say what I’m doing here

But I hope to see much clearer,

after living in the material world

El mundo material al que hace referencia Harrison no es otro que el mundo sensible descrito por Platón. Ese mundo físico, para los cristianos de medio mundo temporal y, por lo tanto, ilegítimo, es el hogar de los tumultos y las transformaciones. Solo hay que echar un ojo al viejo álbum familiar para descubrir, probablemente con terror, que uno poco tiene que ver ya con el adolescente de facha ingenua que, bajo un sol de justicia, posaba agarrando del brazo al pertinente amigo de la infancia. Sucede lo mismo con los muertos; que acaban por ponerse verdes. Un mundo donde las sustancias perecen y la belleza se marchita, no puede ser verdadero. Por eso el propio Harrison deposita el máximo grado de esperanza en un más allá insustancial, un mundo en el que se puedan ver las cosas desde otra perspectiva; otra perspectiva, digámoslo así, más privilegiada. Harrison confiaba en salir del mundo material por la puerta grande y por gracia del señor Sri Krisna.

Francis-Bacon-Three-Studies-for-a-Portrait-of-Peter-Beard

Sin embargo, y después de Nietzsche, no solo dinamitamos el mundo verdadero, el asidero que daba esperanza a la criatura oprimida; ¡Nietzsche nos deja sin sujeción! Con Nietzsche, el mundo que habitamos queda agrietado, reducido a añicos. Ya no existe ninguna metafísica a la que aferrarnos, ningún estadio traspasado de quietud en el que depositar nuestra humana ansia de verdad. El recipiente del conocimiento se hace añicos. Con Nietzsche se inicia el descalabre. La poesía trágica. El temor, el temblor y el arte de vanguardia. Será precisamente otro genio artístico quien exponga con una violencia y una desesperación inusual, los límites de la unidad, la pornografía de la transformación. Con sus retratos deformados y compungidos, Francis Bacon empujó el rostro hacia límites insospechados. El gesto brutal del pintor (así lo definía son su característica sabiduría el escritor Milan Kundera), cuestionaba hasta qué punto, un rostro podía ser fiel a sí mismo. ¿Hasta qué grado de distorsión un individuo puede seguir siendo él mismo? Bacon agarraba el rostro del retratado y lo estiraba hasta límites intolerables. Pero como explica Kundera, todos los retratos de Bacon se parecen a sus retratados. Se trata, en el fondo, de explicitar los límites del yo. ¿Puede denotar el sintagma Serena Grandi al mismo tiempo a un monstruo de las profundidades marinas y a un mito erótico de los ochenta? ¿No son, estos, conceptos opuestos? ¿No se disuelve el conocimiento cuando entra en juego la contradicción y lo antitético? Los trípticos de Bacon dejan al descubierto el espanto de lo que somos. La materia atómica de la que podemos considerarnos revestidos. Quizá Bacon, hubiese encontrado el verdadero “yo” de la Grandi. Tratar de descubrir lo que se oculta detrás de los labios hinchados por la cirugía estética, los pliegues gruesos y tristes de los pechos que fueron y ya no son. Tratar de superar la materia. El cuerpo, que, como espacio absoluto, es siempre violado por el tiempo saca a la superficie la pregunta por la identidad <<¿Dónde queda la frontera tras la cual un “yo” deja de ser “yo”?>>, se pregunta Kundera. <<¿Durante cuánto tiempo sigue todavía reconocible el rostro de alguien amado que va alejándose de nosotros por la enfermedad, la locura, el odio o la muerte?>>.

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