DIOSES, MONSTRUOS Y LIDDELL

GuyBourdin-6

Por Irene García Galván

Desde que conocí la existencia de Angélica Liddell supe que iba a disfrutar de su trabajo. Un día elegí llevarme a casa entre muchas otras de la biblioteca la obra Te haré invencible con mi derrota por dos únicas razones. En primer lugar porque era Angélica Liddell a la que se representaba en el dibujo de la portada: desnuda, en cuclillas y con una calavera entre las piernas. La segunda razón fue el título, un título que me fascinó: Te haré invencible con mi derrota. Imaginé a una Liddell, entonces prácticamente desconocida, derrotada y destrozada, llorando a la muerte: lo único que puede ser invencible. Ese día podría haber elegido cualquier otra obra, pero era esa la que se puso en mi camino. Era esa a la que quería enfrentarme.

Cuando pude leer la obra lo hice en voz alta, sentada en un sillón rojo, en el salón de mi casa. Cuando acabé de leer me descubrí llorando a un ser que sé que existe y está vivo, que sé que sufre y que, en parte, se parecía a mí. Teníamos dolores muy iguales, gemelos. Sonreí. Normalmente lloraba, casi siempre, a los muertos. Pero esta vez además lloraba a un vivo: el dolor estaba vivo, tenía piel, pelo, pestañas, manías… Un vivo que escribía, un vivo que convertía el dolor en belleza sublimando así el dolor, sin cerrar la herida, haciéndose al dolor inclausurable. Sabía que llegaba a Liddell para entregarme al dolor, y enfrentarme a esta obra ha supuesto el descubrimiento de la belleza del máximo dolor. Te haré invencible con mi derrota me ha llevado a lo más ineluctable de todo mi ser, a lo abisal, y sólo en esa sima he podido encontrarme con el dolor inmarcesible: el más humano, el más salvaje.

He dialogado con Jackie y he dialogado con Liddell. He tenido un intenso diálogo de artistas entre artistas y me he sentido capaz de hablar con la muerte, con su dolor y con el mío propio. Creo que Liddell llegó entonces a mí para quedarse, porque después quise enfrentarme a la representación de la obra. Te haré invencible con mi derrota se estrenó el 24 de julio de 2009 en el XXXI Festival de Citemor, inaugurando ese año la edición del mismo en la ciudad lusitana de Montemor-oVelho. Tiene una duración de una hora y veinte minutos de representación. En todo ese tiempo de representación se produce un encuentro con la muerte, con los que no están y con Dios. Es un diálogo con la belleza y con el dolor. Pero sobre todo es un diálogo interior entre artistas: entre Angélica y Jackie.

Jackie es Jacqueline Mary du Pré (26 de enero de 1945 – 19 de octubre de 1987) fue una de las mejores violonchelistas británicas de todo el siglo XX. En 1973, a los 28 años, la chelista tuvo que retirarse y dejar de tocar el violonchelo debido a la esclerosis múltiple que, con sólo 42 años, le hará morir. Su interpretación del Concierto para Cello de Edward Elgar ha sido y es considerada como referencia.

Jackie y Angélica son artistas, y cuando una artista habla con otro artista se produce como un enamoramiento. En esta obra, en este diálogo entre las dos, un diálogo que no se caracteriza únicamente por la palabra, un diálogo donde se produce ese enamoramiento que provoca una fusión intensa que se entremezcla con el dolor, con la muerte y con la belleza de la que hablábamos anteriormente. Este diálogo entre artistas tiene un escenario, un espacio sagrado en el que se relacionan los elementos cuidadosamente colocados sobre él: violonchelos tumbados sobre el suelo, una silla de madera colocada hacia el público, junto a la silla una caja de madera donde se colocan los instrumentos para hacer más intenso aún el diálogo: agujas, gasas, alcohol y cuchillas; unos panes dispuestos formando un cuadrado,  una maceta con una planta, una escopeta que apunta hacia los violonchelos. En la pared izquierda podemos ver, al final de la obra, una fotografía de Jacqueline du Pré sonriendo, abrazada a su violonchelo. Todo está preparado, todo iluminado en su momento perfecto.

El enamoramiento también tiene banda sonora: Concierto para cello de Edgar Elgar interpretado por Jackie. Interpretado por una mujer a la que la actriz recuerda estar junto a ella y no dejarla sola en esa muerte que empieza a hacerse visible a partir de la imposibilidad para tocar la vida con sus manos, para tocar su violonchelo: “Por qué nos cargaste de sufrimiento si no nos diste fuerza para soportarlo?” (Liddell, 2011). Pero toda esta historia no la conocemos cuando leemos la obra, tampoco cuando la vemos. Cuando leemos o vemos la obra sólo experimentamos, sólo sentimos ese dolor agudo no-contaminado por la historia que está detrás.

Empieza la función, y con ella comienza la rabia, los cortes en la piel, los gritos y las lágrimas. Angélica se clava alfileres en el pecho para colgar una tela blanca que le tapa los pechos, se coloca una peluca y sigue conversando con Jackie. Luego vienen las fotos de la guerra de Vietnam, la actriz toma un trago y se fuma un cigarro. Jackie aparece en la pantalla y Liddell conversa con los violonchelos. Así se llega, desde mi punto de vista, al éxtasis de la obra: la actriz se engancha a los violonchelos y se tumba mientras, suena la música de Jackie. Finalmente vienen los disparos sobre la foto de Jackie que se subliman en la mayor desolación. La máquina de hacer palomitas de maíz y vuelven, de nuevo las lágrimas. Todo desaparece.

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