SI LA MORAL NO EXISTE, TODO ESTÁ PERMITIDO

HCB-13

Por Manuel Toranzo

Imaginad a un joven muchacho con el rostro en tensión que busca una víctima. Imaginad que desgarra un cuerpo sin piedad y, tras el asesinato, hurta lo que puede de los bolsillos del martirizado. Imaginad una paliza a un mendigo en la calle por puro entretenimiento. Imaginad el asesinato de un padre. Imaginad un secuestro y el ulterior maltrato del prisionero hasta hacerle perder su humanidad. Imaginad a un hombre que, con una barra metálica en la mano, golpea a un animal –a cualquiera, imaginad a vuestro animal favorito o al más indefenso- hasta matarlo. Todas estas escenas están preñadas de maldad: son constitutivamente inmorales. En ellas vemos lo más bajo de la humanidad, aquello por lo que podríamos dejar de tener confianza en el hombre. Sin embargo, todas estas imágenes que nos resultan tan repulsivas, podemos verlas sin inmutarnos en el arte, observando una película, reflejadas en un cuadro o narradas en una novela. Creo que fue San Agustín el que dijo que se nos condena por nuestros actos, no por nuestros pensamientos. En el arte todavía estamos –podríamos decir- pensando las cosas, es un ámbito de virtualidad donde las acciones y las situaciones no tienen realidad efectiva.

Así pues, las situaciones o acciones que siendo reales nos parecerían trascender cualquier código ético, pueden transmutarse en arte y resultarnos extraordinarias. Todavía se estudia cómo Edipo mata a su padre y tiene hijos con su madre, se sigue leyendo al Marqués de Sade, o se proyectan las películas de Buñuel. Y esto para en un público más o menos culto. Pero también las grandes producciones de Hollywood pueden narrarnos la historia de un mafioso que es capaz de matar a su hermano en un ajuste de cuentas (El padrino), presentarnos una tortura frívola en la que el torturado sabe a priori que va a morir (Reservoir Dogs) o contarnos la inverosímil historia de cómo un cirujano loco cambia de sexo a un joven por venganza (La piel que habito). Todos estos ejemplos nos ponen bajo la pista de que en el arte las mayores perversiones del hombre pueden campar a sus anchas, pues nos encontramos en un terreno de virtualidad donde todo es posible. No existen, por tanto, limitaciones morales en el arte, pues en éste las cosas no ocurren con efectiva realidad, sino como ensayos artificiales. A nadie –a no ser que estuviéramos hablando de un psicópata- le gustaría que escenas como las ya nombradas se realizaran en efecto. Sin embargo, es el arte un terreno de neutralidad, donde aún lo más deshonesto puede tener lugar y sublimarse para rezumar valores estéticos. De ahí el curioso goce que sentimos ante algunos personajes perversos de novelas, o por el malo-malísimo de alguna película. A todos alguna vez se nos ha enternecido el corazón con Darth Vather, nos han parecido interesante personajes crueles como Hans Landa (Malditos bastardos) o Tony Montana, o nos hemos disfrazado de Alex DeLarge (Naranja mecánica). Y lo que podría ser peor: todos hemos querido un poco a Perry Smith que fue responsable del conocido asesinato cuyo proceso se narra en la historia de A sangre fría, y en este caso estamos hablando de hechos reales, pero que, al pasar por el trasluz de la novela, se nos presentan con un atisbo de virtualidad.

Podríamos, sin embargo, preguntarnos: ¿por qué está el arte más allá de la moral? ¿por qué no tiene que rendir cuenta a ciertos absolutos morales, a ciertos valores constitutivos que han de aparecer en cualquier cultura para que podamos reconocerla como humana? Porque en el arte todo es simulacro, todo es broma de sí mismo, todo tiene una existencia puramente virtual. La sangre que mana del cuerpo herido de Héctor no es sangre real, es una sangre imaginada por la Grecia ática. Igualmente, las victimas del profesor Hannibal Lecter no mueren más que en la realidad de la película. Se entiende de esta manera que la perversión experimentada en Funny Games, en la que la tortura es tomada como un juego, puede estar repleta de belleza estética, o al menos es capaz de sugerir algunos valores estéticos que eran nonatos para la tradición. Y es que en el mundo del arte las cosas no ocurren en verdad, sino dentro de la realidad virtual que el arte crea.

Aristóteles explica la existencia de las escenas perversas en la tragedia griega porque gracias a ellas podemos, de alguna forma, purgar esas pasiones inmorales. Así pues, al mostrarnos virtualmente ese lado más perverso de las cosas, el arte consigue sacudirnos los posibles instintos que provocarían dichos comportamientos y es capaz de mostrarnos su inconveniencia. En cambio, de todos son recordados los pasajes de la República en que Platón culpa a los poetas de levantar funestas pasiones en los hombres. En todo caso habría que considerar una interpretación del arte independiente de sus consecuencias políticas, o al menos dejándolas como secundarías, haciendo abstracción de ellas. Y aunque podamos estar más de acuerdo con Aristóteles que con Platón, hemos de reconocer que en ambas ideas hay una concepción no puramente estética del arte.

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El otro día estuve discutiendo con una mujer que consideraba que una bella fotografía no era arte porque en ella un hombre se disponía a golpear violentamente a un mono. Yo le dije que el arte tiene que hacer abstracción de los valores éticos o morales, que el arte no tiene que presentarnos únicamente paisajes bucólicos. Le dije que interesarse en si el mono de la foto fue o no golpeado no era interesarte en lo artístico de la obra, y que no se puede ver la foto como se ve una telenovela –prestando atención únicamente a sí los protagonistas podrán disfrutar de un amor que el destino parece denodadamente impedir-.  La distancia con la obra me parece fundamental para una fruición adecuada del arte, en la medida en que no tenemos que juzgar si estamos o no de acuerdo con la existencia de lo que se presenta, sino atender asépticamente a su presentación. De alguna forma todos estamos adecuados a esta fruición estética, en la medida en que no pedimos que el asesino de una película sea juzgado por un tribunal ordinario –a no ser que seamos Platón- o no intentamos pasear por el paisaje dibujado en un cuadro. Todos –como digo- compartimos esta visión del arte, aunque con diferentes grados de conciencia. Por eso, habría que concebir el arte como un laboratorio donde podemos ensayar todas esas cosas que seriamente no seríamos capaces de hacer. Todos tenemos la posibilidad de ser un asesino –virtualmente- interpretando a Jack el Destripador en una obra de teatro o de meternos en la mente de uno escribiendo una novela como El perfume. Incluso podemos, algún día, jugar a un juego de rol y convertirnos en el mayor homicida de una ciudad imaginaria. Lo cierto es que en el arte no hay heridos, por eso la moralidad queda en suspenso. El arte es pura virtualidad y tomarlo por algo real es no tomarlo como arte. El arte no tiene compromisos con la facticidad de lo real, no tiene responsabilidades mundanas.

Si Dios no existe, todo está permitido dijo un día Dostoyevski, en la medida en que el novelista ruso pensaba que Dios era el garante de las leyes morales. En el arte, podríamos decir, que Dios no existe y, por tanto, se descoyuntan esos fundamentos morales que guían nuestro actuar cotidiano. Si la moral no existe, todo está permitido.

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