REFLEJOS (ESCRITOS SOBRE LA INFLUENCIA DE GUY DE MAUPASSANT EN LA OBRA MALDITA DE H.P. LOVECRAFT)

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Por Yves Guignard

Toda lectura presupone una interrupción. El lector quiere hacerse con algo, aunque lo único que obtiene es el vértigo de caer fuera del texto. Tomando el bloqueo como premisa, se perfila una autoficción en torno a un reflejo desfigurándose. En dos relatos, en dos escritores, una imagen se impone con violencia, queriendo romper la narración y, al mismo tiempo, fundarla. Aunque esta imagen es nueva, su aparición nunca es primera, sino todo lo contrario, se repite desde siempre.

El Horla (Maupassant) cuenta la historia de un hombre normal que vive experiencias que lo alejan de su pretendida normalidad. Aunque los describe en primera persona, intenta estudiar tales fenómenos vinculándolos a prácticas como la hipnosis y el sueño. Un extraño ser se ha metido en su cama, en su cuerpo y en su espíritu. Este ser le roba, primero la leche y el agua, luego su alma, su voluntad, su fuerza, y, por último, su reflejo en el espejo. Enfurecido, decide encerrarlo en su propia casa y quemar todo el edificio, incluidos sus sirvientes. No seguro de haberlo matado, decide matarse a sí mismo. Lo que está ahí fuera, (Hors-là) habita muy dentro. Ahí pero dónde, cómo, Cortázar también lo notó, como flotando. Su presencia incómoda ata todos los órganos con el mismo nudo. Es una especie de fantasma, un demonio de otro tiempo, algo infecto que llega en barco al puerto francés de Rouen. Resuena el eco de un más allá, de un mundo subterráneo, encantado. Pero Maupassant no especifica acerca de la esencia del Horla y nos hace evocar mil definiciones sin destacar ninguna. El Horla no se puede situar y apenas se puede nombrar. Es irrepresentable, aunque su exterior está recubierto de capas que sí dicen algo de él. Lo que afirma el protagonista es que aquel ser aparece. Es curioso que ese aparecer sea un re-aparecer. El Horla da una imagen duplicada, un doble que es más que una mera imagen. Su fuerza es superior, su irrumpir irreversible, su visión hostil, agresiva. El hombre jamás estará a la altura de tan extraña criatura.

 El Extraño (Lovecraft) es un ser aislado, educado sin contacto humano, acompañado tan sólo de lúgubres pensamientos y asaltado por sensaciones de muerte y huida. Criado en la soledad más completa, su única referencia a otros humanos está en los libros que devora. Lo familiar se le antoja extraño, descentrándolo. Cree ser armonioso como los humanos idealizados en esos libros, pero hay vacíos en su creencia. Teme y desea el frenesí del gentío, el contacto con quienes pudieran ser sus semejantes. Vive atormentado en un castillo del que decide escapar. No sin dificultad, consigue al fin ver la luna. De repente, es alertado por la presencia de humanos. Lleno de ilusión, decide mezclarse con ellos introduciéndose en la sala por la ventana, pero provoca la huida de todos. Si leemos el relato desde una posición objetiva o realista, podemos deducir que poco después, el Extraño se dirige hacia un espejo y ve su propio reflejo. Lo que ve le resulta más espantoso que cualquier otra visión posible y también él huye, sin llegar a reconocerse, sin saber que es su propio reflejo. Pero si decidimos privilegiar la conciencia del personaje, entonces la experiencia gana en riqueza, pues el verdadero Extraño coincide con lo que horroriza e impulsa a huir. Que aquella imagen, sea propia o ajena, es irreconocible, ésa es la fuente inagotable de la extrañeza del relato.

Se trata de un doble, otra cosa y la misma, y el dos tiende a multiplicarse. Lo que se ve es inasumible, no puede integrarse en la experiencia común. Es como si ésta le robase el aliento a quien osase mirarla de frente, pero ni siquiera a través del espejo se serena su violencia. El Extraño aterra debido al asco que genera. En él se manifiesta lo pérfido y lo deleznable, lo más bajo, hasta aborrecer la representación. No se puede asumir lo totalmente otro, no se puede representar ni nombrar. La dificultad para ver y decir lo que aterra nos lleva de vuelta al Horla. Ser superior e independiente, su imagen parece la de un fuera de sí que se ha ido materializando a medida que el protagonista del relato se borra. El fantasma encarna virtudes o fuerzas inalcanzables para el hombre y, en cierto sentido, una imagen ideal que corre el riesgo de suplantarlo. Llegados a este punto, podemos señalar dos diferencias entre ambos relatos: La primera alude al doble: El Horla es un doble exterior que, si bien provoca repulsión en el personaje, éste soporta su progresiva aparición hasta que ya no puede aguantar más y trata de aniquilarlo. El final se resuelve en un o él o yo en el que el yo tiene las de perder. En cambio, el Extraño es insoportable. El personaje debe huir y convierte su existencia en la de un demonio con reminiscencias fantásticas de Maupassant. De modo que el Horla es otro ser diferente, no es el personaje principal, mientras que el Extraño contiene, sin saberlo, al otro dentro de sí. Aunque los dos son dobles, uno es más soportable que otro, más paulatino. La segunda diferencia es de orden moral: El Horla es un ideal y suscita rivalidad, mientras que el Extraño encarna lo deplorable, llegando incluso a lo infrahumano.

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En ambos hay un ente terrible, maligno, una imagen atroz. Provoca repulsión, espanta, ahoga. Los músculos del cuerpo se entumecen, el febril estado se agrava. Es anuncio de un peligro funesto, aunque lo que sobrecoge acaso sea la imposibilidad de nombrarlo, la opacidad del lenguaje. Es un éxtasis que enmudece. La presencia de algo, ahí pero dónde, cómo, revuelve al lector, al escritor, al personaje, al texto mismo. ¿Qué tiene esa fuerza que condena a uno y enloquece al otro? No hay un qué, aunque el texto está preñado de ráfagas, de señales. Esa fuerza atroz es el objeto de angustia, y se entreteje con el personaje. Yendo del personaje hasta sí mismo, en dicho movimiento, es como si a éste le costase caminar, como si ya estuviese allí y, al mismo tiempo, no pudiera alcanzarlo. El objeto visto, ese que tanto agita, se ensaña con su espectador. Extrañeza inquietante es el fantasma. Porque ya estuvo ahí, siempre, en algún lugar, habitándonos. Su lugar es el impreciso lugar del texto. Ahí se afina, llegando a la máxima angustia mediante una expresión comprimida. Repulsivo, el objeto intranquiliza. Una amenaza se inserta en lo más profundo de nuestro ser. Un fantasma latente que apenas podemos contener sin que nos desborde generando una epistemología del delirio. Ahora bien, ¿no estamos ya de entrada en la ensoñación? ¿No proporciona la visión del horror un goce comparable al del delirio? Mi cerebro, aunque sumido en el caos y la estupefacción, aún albergaba unas ansias frenéticas de luz. (…) No sabía ni me importaba si esta experiencia era delirio, magia o ensueño; pero estaba determinado a contemplar mi luz y la alegría a toda costa, dice el Extraño.

En cuanto al Horla, ¿podríamos calificar su posesión de delirante? Sí, pero, ¿qué no lo es? Maupassant describe otros estados de alucinación y manía persecutoria. En este relato, el personaje intenta huir de una presencia aniquiladora que controla su voluntad. La angustia se da en la linde de una visión incómoda precedida por señales invisibles. Presentir la extrañeza es lo propio de la angustia; el fantasma no está lejos. ¿Qué es un fantasma? Digamos que a lo que apunta el personaje cuando lo que ha visto le ha dolido, una imagen fija, inmóvil, lejana y tan íntima. Se repite en los relatos, una especie de intersticio entre una imagen y otra distinta, entre uno mismo y otra cosa, entre el deseo más puro y el más bajo, entre el amor y la repulsión. Comprime las pasiones de una vez por todas, en un vórtice situado en ningún sitio y en todas partes. Es un nudo que ata todos los órganos, los alimenta y los asfixia. En el proceso llamado psicótico –del que son ejemplo las violencias vividas por estos personajes- se accede a imágenes puras, de ciertos soplos y certidumbres sin los que no se entendería la experiencia pretendidamente normal.

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