BRAID. FENOMENOLOGÍA DE LA BÚSQUEDA

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Por Pablo Rey

Pocas cosas podemos afirmar con certeza de los seres humanos, pero si observamos con detenimiento, rápidamente nos percatamos de una de las cosas que sí sabemos, que estamos en constante movimiento. Hasta cuando estamos en reposo nos movemos, consciente o inconscientemente: cuando dejamos nuestro cuerpo lacio y creemos que nada ocurre, la sangre cabalga rauda por los túneles de nuestro cuerpo, el motor central bombea con esfuerzo infatigable, los pulmones, titánicos, practican el onanismo en constante fruición para darnos aquel regalo que nunca pedimos y que sin embargo a veces deseamos con fervor y otras podría romper nuestras mandíbulas del odio: la vida. Así que al menos podemos afirmar que nos movemos, que fluimos constantemente, desde que nacemos hasta que morimos, es decir, que estamos vivos. Y mientras estamos vivos, ya que las incansables corrientes de la existencia nos llevan aquí y allá a su antojo, podemos siempre hacer cosas, es decir, podemos elegir. El verbo poder, en la frase anterior, es un diletante eufemismo para no escandalizar a nadie –si es que eso sigue siendo posible hoy en día-, pues no sólo podemos, sino que estamos obligados. En el dilema del libre albedrío, tal vez la imperiosa verdad que primero nos asalta es que estamos obligados a tenerlo. El libre albedrío se ejercita, pero no se elige, pues intentar no ser nada, pretender dejarse arrastrar o ser absoluto vasallo de cualquier cosa, es también una elección.

Pero claro, si no podemos más que elegir, en seguida nuestra mente, siempre alerta,  descubre uno de los más grandes problemas de los seres humanos, esa gran anomalía que hostiga prácticamente a todo adolescente cerebrado: ¿Qué hago yo en la vida? ¿En base a qué decido? ¿Cuál es la decisión correcta? Precisamente del no-saber surge el ideal, que pretende cubrir la ansiedad y la ignorancia con tiernas caricias y nanas hasta que éstas se duerman. Porque cuando no sabemos qué hacer y no encontramos la respuesta, buscamos. Pero los seres humanos no sabemos buscar por buscar si no se trata de algo concreto, porque eso no es lógico. Hay que buscar algo, y ese algo ha de guiar nuestra vida. Habitualmente es el amor, pero puede ser la riqueza, el placer, a Dios, la bondad, la felicidad, la belleza, incluso la autodestrucción, la paz perpetua, la buena comida… da igual lo que se busque, todo ello puede convertirse en ideal inalcanzable que dirige nuestras vidas como el capitán de un barco, siendo nosotros sencillamente el barco, cuando no tan sólo un marinero de 3ª fila. De la experiencia misma de la búsqueda y su fenomenología trata Braid, un videojuego indie de Jonathan Blow, de corte existencialista. ¿Y por qué digo que es de corte existencialista? Porque entre la marea de juegos mainstream como Call of Duty, Pro Evolution Soccer, Resident Evil, etc, que sólo buscan el entretenimiento y la ganancia, hay otra calaña de videojuegos que buscan la reflexión, provocar una experiencia en el jugador, a veces ahondando en temas profundos y propiamente humanos como la existencia, la muerte, la obsesión, el deseo, o la búsqueda. De esta estofa es Braid.

Un pequeño personaje, Tim, ha cometido un error, pero no sabemos cuál. Su novia (la princesa) le dejó, y Tim se obsesiona con recuperarla. Es aquí donde comienza la búsqueda de ese símbolo que habitualmente nos mueve a todos: el amor, un amor puro que de tanto necesitarlo no hace más que ensuciarnos, pues el camino hasta encontrarlo está repleto de fango, de pruebas, de rutas hacia adelante y hacia atrás, y en medio de todo ello, un camino de autoconocimiento. Este camino lo representa la propia mecánica del juego: en ella no morimos (no tiene sentido en este juego), sino que caminamos en el tiempo, hacia delante y hacia atrás. El tiempo es uno de los elementos esenciales, así como el espacio, el deseo, la frustración… pero ya que nos centramos sólo en la experiencia de la búsqueda, dejemos que cada cual experimente por sí mismo los distintos aspectos. Todas esas aristas representan un posible camino en el que poco a poco vamos desvelando el pasado y la personalidad del pequeño Tim, tal y como él lo hace (pues parece que ha perdido la memoria, o tal vez nunca la haya tenido) y tal como lo hacemos todos cuando nos preguntamos “¿por qué?”, y nos encaminamos hacia la respuesta. Aletheia, desvelamiento o desocultamiento de nosotros mismos, este es el eterno retorno de la vía del autoconocimiento, pues no existe pregunta si no esperamos una respuesta.

Pero todo el camino, la trama y la historia cobran sentido, principalmente, al final, pues una búsqueda se define por su insistencia en alcanzar una meta. Por ello la reflexión más interesante que provoca Braid es qué pasa con esa meta cuando esa meta es un ideal, como por ejemplo el amor. La respuesta la obtenemos cuando, tras todas las peripecias que el programador nos pone por delante alcanzamos, finalmente, a la princesa y la vemos dormitar en su habitación desde una ventana. Pero cuando nos acercamos para tocarla… ésta se escapa entre nuestros resbaladizos dedos, huye de nosotros, como ese destino que siempre parece esperarnos a la vuelta de la esquina pero nunca alcanzamos, mientras nos preguntamos: ¿Será mañana? ¿Será hoy? Eso que buscábamos se desvanece delante de nosotros, no es más que una ficción, un autoengaño que nos movía, es decir, un ideal. ¡plof! Y nos quedamos vacíos.

Pero aún pervive un fantasma en nosotros, un vano intento de tocar la antimateria, porque aunque muera el ideal no tiene por qué morir el deseo, y por ello el juego nos ofrece aún una segunda oportunidad para los más persistentes: un final secreto. Para desbloquearlo debemos agotar cada uno de nuestros recursos y alcanzar unas estrellas desperdigadas por los escenarios, que resultan prácticamente imposibles de lograr. Una vez que la obsesión hace mella en la realidad y las conseguimos, volvemos de nuevo al final, pero esta vez, sí alcanzamos a la princesa. Con ello abandonamos el nihilismo pasivo para llegar al nihilismo activo, es decir, que hasta que no completamos cada uno de los pasos del camino de la obsesión, hasta que no nos percatamos de sus últimas consecuencias, seguiremos presos de ella. Pero al tocar a la princesa, ésta explota. No era una realidad, era un ideal, y los ideales no se alcanzan, acaban con nosotros o acabamos con ellos. ¿Qué queda de ella? Una constelación en la pantalla inicial, una mujer hecha por estrellas, símbolo de sueños y esperanzas. Lo que resta es la consciencia del ideal como ideal, y por tanto la libertad que otorga la ausencia de sentido. Pero el camino está ahí, algo ha cambiado. El que busca desesperadamente un ideal y se topa de frente con la realidad, no vuelve a buscarlo. Algunos hombres nacen con una sabiduría natural escrita en su genética, otros han de aprenderla a base de errores. La historia de Braid es una historia de errores, una deconstrucción del camino, que por su mismo desarrollo se anula a sí mismo. De hecho, una interpretación posible del segundo final es que perseguir ciegamente un ideal se convierte en obsesión, pues obsesión es lo que hay que tener para lograr verlo, siendo algunas pruebas imposibles de resolver si no se conoce de antemano la secuencia necesaria (como esperar 2 horas quieto, en un escenario, hasta que la estrella aparece). Y mientras nos perdemos obsesivamente por los páramos del santo grial, olvidamos aquello que realmente importa y, como narra Leonardo Da Vinci en ese texto suyo sin acabar, se nos enfría la comida.

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