DE LOS ANIMALES MORIBUNDOS Y OTRAS NÉMESIS: SOBRE LA OBRA LITERARIA DE PHILIP ROTH

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Por Andrés Galán

Philip Roth escribió una vez: “no importa cuánto sepas, no importa cuánto pienses, no importa cuánto maquines, finjas y planees, no estás por encima del sexo. Es un juego arriesgado. Uno no tendría dos tercios de los problemas que tiene si no corriera el albur de la jodienda. El sexo es lo que desordena nuestras vidas normalmente ordenadas”. El sexo no es solo el motor del mundo; de él nacen todas las cosas y, probablemente, a causa de él, muchas otras perecen. El sexo, entendido como voluntad, es la piedra fundamental dentro de la filosofía de Schopenhauer. El sexo preside la obra pictórica de Balthus y salpica las filmografías de Woody Allen o Fellini; precisamente, el cineasta de Brooklyn tiene mucho que ver con el autor de La mancha humana. Ambos pertenecen a la comunidad judía de Nueva York y ambos llevan más de medio siglo explorando la naturaleza devastadora o salvífica, esto depende mucho de quién y cómo se mire, del deseo. Se ha afirmado hasta la nausea, que la monumental obra literaria de Philip Roth bascula del sexo a la muerte; todo lo que queda en medio, son migajas; migajas vitales, si se quiere, pero menudencias a fin de cuentas. Ni el problema de la identidad judía en la diáspora, ni las ideas políticas, ni las alusiones literarias a autores como Kafka o Gogol, adquieren verdadera relevancia cuando de lo que se trata es de describir el sometimiento del cuerpo, su evidente exposición a las inclemencias del tiempo. El sexo posee capital importancia en la narrativa de Roth por cuánto tiene de redención frente al impepinable pulso contra la muerte. Cuando uno (o una) jode, nos diría el viejo de Newark, espanta la sombra de lo funesto. Detiene el tiempo. Se trata, no obstante, de un ardid, de una ilusión (la muerte siempre gana la guerra), pero como ardid, como treta, es de lo único que disponemos para defendernos de aquello que nos señala constantemente con el dedo.

Mickey Sabbath, quizá uno de los personajes más célebres de la extensa bibliografía del autor, sucumbe a esta disposición sexual. Sabbath, titiritero jubilado, obeso y con la barba hirsuta de un Papá Noel moderno, persigue mujeres con la alucinación ingenua de un adolescente flacucho y desgarbado. Podría decirse que Sabbath es incapaz de desplazar el sexo de su vida; por eso rememora con una nostalgia maloliente los burdeles visitados durante la juventud, cuando, tras la muerte de un hermano en la Segunda Guerra Mundial, se ve obligado a escapar de la casa familiar, rota por el dolor, transfigurada por la pérdida. Esta persecución constante del placer, esa búsqueda incesante de lo erótico que lleva a Sabbath a encadenar una aventura sexual tras otra, no es más que la respuesta a un hecho terrible que baña toda la obra de Roth: el sexo como lenitivo frente a la desaparición del ser amado, de la extinción propia. No hay más que una verdad, y esa verdad es la del cuerpo. El talento del autor de La conjura contra América, consiste en haber sabido fundir, con incontestable destreza, la arcaica relación entre Eros y Tánatos. Uno de los fragmentos más ilustrativos de El teatro de Sabbath se desarrolla en un cementerio nocturno donde su protagonista, abatido por la reciente desaparición de su amante, acude cada noche a masturbarse sobre la tumba de ésta. La escena, a priori terrible, adquiere visos de comedia trascendental en manos Roth. El escritor no se anda con remilgos. Puede que Sabbath nos parezca un depravado, un ser repugnante; puede que realmente lo sea, pero de lo que no cabe duda es de que no podemos emitir ningún tipo de juicio valorativo. En eso radica, probablemente, el arte de la novela. La ambigüedad moral de sus héroes es tal, que dentro del amplio campo literario, en la zona más abisal de las mejores narraciones, afloran héroes como Sabbath. En el fondo, es como si la novela estuviese ahí para justificar una historia del dolor. Del dolor de estar vivo. Sabbath es un viejo obsceno. Un perseguidor de muchachas que roba bragas de los cajones, pero también un individuo transido de dolor. Un joven que, tras la muerte del hermano, no tiene más alternativas que huir del hogar familiar en pos de la salvación individual. La muerte, por lo tanto, hace de Sabbath lo que es. De no ser por la desaparición del hermano, a quién Sabbath admiraba de forma incondicional, quizá nunca hubiese sido lo que hoy vemos; un patético intento de libertino venido a menos. Un putero desmadrado, una calamidad que destroza todo lo que toca. Sabbath nace, así nos lo hace saber Roth, el día en que su hermano perece.

El teatro de Sabbath es, sin duda, una novela abisal. Baja a las profundidades. Los paisajes que dibuja son tan certeros y dolientes como salvajes y excesivos los juegos sexuales de su protagonista. En el fondo, todo se reduce a una cuestión de vida y muerte. En el texto, incluso la lluvia dorada adquiere visos de vitalidad. Los fluidos más perversos, la orina, el sudor y la mierda, son la manifestación última de la vida. Los desechos indican el funcionamiento de un cuerpo que respira, que camina y que a ratos -solo a ratos-, parece caer en extáticos estados de gozo. En definitiva, un cuerpo que todavía es cuerpo, no corrupción. Un cuerpo que está vivo y no descomponiéndose allende la tierra.

Otra de las novelas más relevantes de Roth, El animal moribundo, arranca con la siguiente cita de la escritora irlandesa Edna O Brien: El cuerpo contiene la biografía tanto como el cerebro. No deja de ser extraño, entonces, que la mayoría de las novelas de Roth, estén protagonizadas por hombres maduros. Tipos que se pierden en la vorágine de la vejez. <<La vejez no es una guerra, es una masacre>>, afirma David Kepesh, profesor de literatura y protagonista del libro, quien, a los setenta, todavía padece ese nervio genital, esa emoción atávica, casi misteriosa, ante el cuerpo joven de las mujeres. A Roth le gusta jugar con los contrastes. Enfrentar cuerpos de diferentes edades. Pliegues rugosos y pálidos contra pieles tersas y suaves. La facilidad de Kepesh para seducir a jovencitas evidencia, además, un cansancio vital. Una percepción decepcionada del mundo que se toma el cortejo como un juego biológico. Un juego falaz. Un medio para llegar a la más estúpida y vacua de las lujurias. Ya en su senectud, Kepesh todavía no comprende qué cosa es ésa que lo empuja al catre.

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Enfrentarse a la obra de Philip Roth es como situarse delante de uno de esos cuadros de Lucian Freud en los que el cuerpo parece caer con mórbida exquisitez. No hay el menor grado de mentira en esta literatura. Todo se reduce a un grito cómico contra la insensatez de estar vivo. Los cementerios y el hogar apolillado de los viejos, con sus desvencijadas fotografías manchadas de recuerdos, es la única certeza que le queda a Sabbath. Cuando visita al tío Pez, un vejete medio sordo y desmemoriado a punto de cumplir los cien, Sabbath se pregunta cómo se las apaña el ser humano para aguantar de un modo tan extraordinario dentro de un periodo de tiempo tan estirado como para sobrevivir, incluso, a los hijos. La vida de Pez consiste ahora en una espera, en un estatismo sereno pero inútil. El viejo apenas duerme por las noches pero sigue disfrutando cuando, antes de almorzar, se tumba en el patio trasero a tomar el sol. No hay aquí abismos ni tremendismos, solo una resignación estoica, diríase que casi vegetal. Pez espera la muerte con sabia calma. Como un Séneca neoyorkino. <<¿Y las chicas?>> le pregunta Sabbath cogiéndole la mano. Pero la respuesta no puede ser otra que la incredulidad. <<Oh, no. Eso ya se acabó. A mi edad, nada de chicas>>.

En 2012, tras recibir el Príncipe de Asturias, Philip Roth anunció que dejaba de escribir. Cerraba su extensa trayectoria literaria con las Némesis, ciclo de novelas compuesto por Elegía, Indignación, Humillación y Némesis. Puede que Roth, como Kepesh, ya no reciba ninguna dádiva de ese otro acto extático que es la escritura. En Némesis, no obstante, no queda espacio para el sexo. Se trata de una obra fúnebre. Un canto elegiacamente bello sobre la devastación de la polio en un barrio de Nueva York. En una novela donde los niños mueren, Roth retoma los viejos temas de siempre. A fin de cuentas, uno escribe una y otra vez la misma novela; un texto que va de la vida a la muerte; todo lo que queda en medio, no son más que migajas; menudencias.

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