DE CÓMO CONVERTIR UNA AUTOBIOGRAFÍA EN ARTE

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Por Olga Cerovski

La inmensidad de su obra nace tras una catarsis personal. Tracey Emin realiza pinturas, vídeos, instalaciones, bordados, fotografías y esculturas inspiradas en su propia vida. Es doctora honorífica del Royal College of Art de Londres, doctora en Letras (University of Kent) y en Filosofía (London Metropolitan University), fue Premio del jurado de la Bienal del Cairo 2001 y en 2007 representó a Gran Bretaña en la Bienal de Venecia, fue nombrada miembro de la Royal Academy of Art y recibió un doctorado honorario del Royal College of Art. El mundo comienza y acaba en su piel, la historia sólo es una serie de acontecimientos personales, pero tiene la capacidad de indagar hasta lo más profundo de su interior para mostrarnos algo del nuestro. Crudeza y ternura. En una entrevista se define a sí misma de esta manera: “Estoy jodida, 35 años y no tengo hijos, soy alcohólica, anoréxica, neurótica, psicótica, fácilmente irritable, muy emocional, demasiado dramática, quejica, una perdedora obsesionada conmigo misma. Sí, tengo un puto espejo magnífico, y ese es el espejo al que miro todos los putos días y cada día trabajo en alguna de esas cosas y trato de solucionarla”.

Se caracteriza por su clandestinidad moral con el conocimiento de la segura reprobación social que reciben muchas de sus ideas y obras, llegando a ser en ocasiones bastante polémica. Por ejemplo, en los noventa, ella vendrá a proponer elementos de la estética neoexpresionista que ya se dieron en los ochenta. En este sentido, Tracey Emin desconoce el arte moderno académico y tiende más a funcionar instintivamente e incluso adentrarse en artes más allá del occidental como pueden ser las miniaturas orientales del arte antiguo. Usa como herramientas de creación una caligrafía dibujística y una fuerte iconografía del cuerpo. Su relación con temas íntimos es un núcleo recurrente de sí misma y lo revive a través de ese vaciamiento intrépido. Todas sus obras son autobiográficas puesto que en cada una de ellas deja parte de sí misma.

Tracey Emin, desde muy temprano, es consciente de su fisicidad. Entre otras cosas porque siendo muy pequeña es violada y ese hecho muda por completo su relación con el sexo y contigo misma, ve el peligro en la inocencia y en la belleza, a lo que comenta: “No podía tener ambas. Esto sería algo contra lo que lucharía el resto de mi vida”. De esta manera, es interesante su narración del yo, “la vida tiene que ser editada para continuar” como búsqueda de significados y cierre de círculos e historias. Su arte es una manera de escapar, invadir la realidad e incluso transcender sus propios márgenes (así como la realidad la invade a ella). Su estar creativo se entiende no como verdades reveladas, sino como versiones de lo real, relatos que nos hacen agarrarnos con más fuerzas a la realidad simplemente por existir esta posibilidad de reinvención e ingenio. Tracey Emin muestra sus heridas pero lo verdaderamente profundo no es el sufrimiento, sino la curación. Su facultad y pilar fuerte es la de no aparecer como una víctima. Sus obras no son himnos a su depresión ni altibajos, sino producto de una distancia y una reflexión sobre las condiciones reales de la vida y su capacidad de destilar ésta en símbolos. Repetimos la idea suya de comprenderse a sí misma por medio del arte.

En el año 2006, indignada por el sexismo institucional dentro del arte, Tracey Emin se implica a lo largo de un documental de unos 50 minutos e intenta resolver las siguientes preguntas: ¿Por qué es que el arte de los artistas hombres siempre vende más que el de las artistas mujeres, y qué cosas tiene que sacrificar una mujer artista para obtener el éxito que quiere? Un trabajo muy interesante que permite a Tracey resolver dudas que le aparecen en este momento de su carrera artistica, como el hecho de las preferencias que ha tenido a lo largo de su vida o cómo su actividad creativa le ha impedido formar una familia. Entrevista a mujeres artistas contemporáneas, curaderas, un tasador de arte y una de las fundadoras de Guerrillera Girls.

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Una de sus obras llamada “My bed” significa una descarada escenificación de intimidad y dolor con el que estuvo nominada para el premio Turner, premio que se le otorga de manera anual al artista de origen británico más representativo de menos de 50 años, en 1999. Ella misma narra la creación de la pieza como una catarsis de degradación física y muerte. Realmente lo que hizo fue recrear su propia cama tal y como la vio al salirse de ella después de una semana de borrachera; “al sentirme distanciada de todo aquello, lo percibí de repente como algo bello”. Sábanas revueltas, manchada de fluidos vaginales y rodeada de ropa interior, botellas, medicinas, preservativos y cigarrillos es lo que vemos en esta obra, de modo que museifica elementos de la vida cotidiana usados, los hace permanecer en el tiempo como símbolos manipulados por la artista. A través de la obra fluye un desorden incomprensible como es la vida. Sobre la cama aparecía un letrero luminoso que decía: “Cada parte de mí está sangrando”.

Su expresividad y su fe en la representabilidad de las emociones y la subjetividad, dan cuerpo a una voz vigorosa que defiende transgresoramente los límites del sistema y al mismo tiempo constituye un contrapunto a las fórmulas universalistas masculinas. Según palabras del crítico Enrique Castaños:

Tampoco hay especialmente intencionalidad política en su propuesta, es decir, que sería forzado incluirla como una contribución al arte feminista, al menos ese arte feminista iniciado en los sesenta por Judy Chicago y por Laura Mulvey y continuado en el decenio siguiente por Mary Kelly y Martha Rosler, tan impregnado de ideología militante y de pensamiento marxista, a veces hasta de catecismo marxista. No es el caso de Emin, ni siquiera cuando emula la confección de colchas que inició Faith Ringgold cuando transformó el collage en sus colchas de historias de la vida de los negros norteamericanos, pues la artista británica no pretende hacer apología, no tiene la intención de desmitificar o destronar un determinado poder para colocar otro en su lugar, sino que se limita a dar cuenta de su experiencia, y para ello cualquier técnica, cualquier procedimiento es adecuado si cumple su propósito.

Tracey Emin representa a mujeres que logran superar y transgredir los significantes que la sociedad nos impone, como madres, sumisas, dependientes o pasivas. En relación a esto ella en una entrevista comenta cuando alguien la llamó «Vieja bruja que “¡Claro que sí! Tengo más de cuarenta años, vivo sola con un gato, leo la palma de la mano y las llaves, participo de una sesión de espiritismo al menos una vez por semana y mato de miedo a los hombres. No hay dudas. Cuatrocientos años atrás, de no haber estado escondida, me habrían quemado”. Todo lo que toca, reconvierte y asimila a su favor, o como decía Byron y ella rescata: “Estoy al borde del precipicio y lo que veo es maravilloso”.

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