SOBRE LAS PELÍCULAS DE ALEXANDER PAYNE. UN ACERCAMIENTO HUMANÍSTICO

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Por Andrés Galán

Alexander Payne, oriundo de Omaha, Nebraska, es un director y guionista de pelo cano y ondulado. Tiene el gesto noble y, a veces, para dirigir, usa uno de esos sombreritos de corte ruso. Entre su filmografía destacan títulos como Los descendientes (The descendants, 2011) Entre copas (Sideways, 2004) o A propósito de Schmidt (About Schmidt, 2002). En 2006 dirigió el último de los cortometrajes que componen la cinta de episodios Paris, je t’aime, donde narraba el viaje de una turista norteamericana a la capital francesa. Lo del viaje no es extraño. Gran parte de las películas de Payne pertenecen al género de la road movie; historias que siguen la senda marcada por Homero en las que los personajes, tambaleados normalmente por alguna circunstancia adversa, acaban por realizar un viaje más que físico, espiritual. Nada nuevo bajo el sol. Sin embargo, el mérito de Payne reside en la patética sabiduría con la que perfila el contorno psicológico de estos personajes. No hay en su cine el menor asomo de sentimentalismo. De pornografía emocional. Al contrario, Payne se sitúa siempre en la frontera. Su talento reside en la limitación de no cruzar nunca la línea, de no engañarnos. Dice mucho a su favor, por ejemplo, que la mayoría de los (anti) héroes que habitan estos relatos, procedan de franjas vitales límite, o lo que es lo mismo: octogenarios. Sin ir más lejos, el personaje al que da vida Jack Nicholson en A propósito de Schmidt, es un jubilado que, tras la reciente pérdida de la esposa, inicia un viaje en caravana por el corazón del medio oeste americano. Asimismo, Woody Grant, encarnado maravillosamente por Bruce Dern, era un vejete desmemoriado en Nebraska (Nebraska, 2013). Nebraska es un film de vejestorios. Una película rodada en un melancólico blanco y negro donde no hay espacio para la lozanía. No es que quiera uno recrearse en la decrepitud pero, por aquí nos resultan más certeros los personajes derrotados (y a fin de cuentas solo hay que vivir un poco para acabar en mayor o menor medida derrotado) que los cuerpos firmes y lustrosos del Hollywood contemporáneo. La tercera edad, los divorciados, los viudos, los eternos solterones, los poseedores de vidas sencillas, anónimas, silentes, son los protagonistas de las películas de Payne. Y esto tiene mérito cuando se trata de un cineasta que trabaja dentro de la industria norteamericana, no muy dada a producir películas de este pelaje.

Payne, en realidad, es de origen griego. Su nombre completo de nacimiento es Constantine Alexander Payne. El padre del director cambió el apellido Papadopoulos por el de Payne al llegar a Estados Unidos. A lo mejor por eso, sus películas desprenden una sabiduría tan lúcida sobre la condición humana. Payne procede de una tierra que puede presumir de sabiduría. Precisamente, el primero en preguntarse acerca de las interioridades del individuo fue un cantero griego. Sócrates, reconocido incordio de la polis griega, inauguró, si así se me permite decirlo, y aún a riesgo de caer en el anacronismo, la senda del humanismo. Con su famoso Gnóthi seautón o Conócete a ti mismo, Sócrates se separa de los filósofos presocráticos y de la naturaleza para centrarse en el conocimiento de los hombres. Sócrates inicia así una aventura antropológica hacia el interior en la que el hombre (y la mujer) son el centro de estudio. Que no se entienda este centro como una manera de otorgar puestos de privilegios. El hombre, al menos los hombres y las mujeres de nuestro tiempo, no ocupan, precisamente, un lugar central dentro del cosmos; al contrario, éstos están más desplazados que nunca. Prueba de ello son los personajes de Payne; en su mayoría, empequeñecidos, cuando no completamente desalojados de un mundo, ya sea natural o urbano, colosal. El patético Schmidt mira a las estrellas encaramado a lo alto de su caravana y se pregunta quién demonio es en medio de esa inmensidad natural. Puede que Payne lleve en la sangre esta forma tan particular de mirarse las entrañas inaugurada por Sócrates. La sabiduría del director norteamericano, la empatía con la que construye las peripecias vitales de sus protagonistas es, sin lugar a dudas, griega. Hay, en casi todas sus películas, un fondo de comprensión, empatía y piedad que eleva la narración a cotas de verdadera expresión artística.

Hay en el cine actual, sin embargo, una tendencia natural a escapar de esta perspectiva humanística. Frente a la posición estética de Payne, quizá solamente practicada al otro lado del océano por el director finés Aki Kaurismaki, se extiende toda una generación de realizadores mucho menos dispuestos al acercamiento. El caso de Todd Solondz es un buen ejemplo a la hora de contraponer la fílmica del distanciamiento. Solondz, a diferencia de Payne, prefiere narrar las peripecias de sus personajes desde la distancia. El director de Happiness (Happiness, 1998) disecciona desde la sátira y con una mirada despiadada, dejando poco, cuando no nulo, espacio para la redención de sus protagonistas. En la filmografía de Solondz existe el mismo patetismo que en la de Payne, ambos directores gozan de una enorme capacidad para el humor, pero mientras que en el primero no hay voluntad de aproximación, de inclinación a tender la mano, en el caso del director de Nebraska, el acto de escritura es siempre compasivo. Payne se zambulle en el alma de sus creaciones y construye espectros tan contradictorios como humanos.

Payne no rehúye el dolor, lo expone con todas sus aristas. Pero prefiere suavizar la angustia de los personajes sirviéndose de la comicidad. La misma conducta de éstos, suele desencadenar la carcajada. Siempre nos resultará divertido ver a un tipo de cuarenta años, como el Miles de Entre copas, teniendo dificultades para intimar con una mujer. Divertido es ver a una turista norteamericana, con la indumentaria –riñonera incluida- que define por lo general al visitante estadounidense, perdida entre los cementerios parisinos confundiendo la tumba de Simone de Beauvoir con la de Simón Bolívar. Pero tampoco olvidemos que esta turista está sola. Ha viajado desde Nebraska hasta París para demostrar que todavía está viva y que es capaz de redireccionar su soledad. En el fondo, los personajes de Payne, son fuertes. Están preparados para descubrir, una vez más, que a pesar de los años vividos, siguen reencontrándose consigo mismos como si fuera la primera vez. Porque la empresa socrática es, no nos engañemos, una labor tan exigente como excelsa. La vejez, que es siempre una masacre antes que una batalla, vuelve a quienes la sufren, individuos reflexivos. Tanto Schmidt como la turista americana, se ahogan frente a la angustia que supone enfrentarse cara a cara con la muerte. Si los jóvenes tienen siempre una mirada retrospectiva, tienden un puente hacia el pasado, los vejetes, los individuos arrugados que protagonizan las películas de Alexander Payne, se conocen a través del tiempo que les queda. Los viejos piensan con proyección. Puede que su mente esté llena de recuerdos difusos, pero se proyectan siempre hacia el futuro. Ya no son nada salvo el tiempo por vivir. Se han convertido en un tic tac demoledor y patético.

Pairs je t'aime Alexander Payne

Existe algo de quijotesco en las narraciones del director de Entre copas. Payne es licenciado en Filología Hispánica, por lo que no es de extrañar que la filosofía cervantina del viaje se haya inmiscuido en muchos de sus guiones ¿No es acaso el decrépito protagonista de Nebraska un quijote americano que arrastra a la locura al hijo que lo acompaña hasta el final del sueño? El personaje de Dern cree que ha ganado un millón de dólares. Ve gigantes donde no los hay. Será su hijo Will quien, conmovido por la creencia errónea del viejo, materialice las visiones del malogrado Grant. Will se ha convertido en el fiel escudero. Puede que ya no viajen en corcel, ahora los héroes quijotescos viajan en camioneta, y puede también que las llanuras manchegas hayan sido sustituidas por los rasos páramos de esa tierra maldita que es América. El asunto sigue siendo el mismo: salir al mundo, aunque sea antes de morir o caer definitivamente en la locura.

El héroe novelesco no es nadie. Tiene el campo abierto para construirse. Su naturaleza no le viene dada porque su misión es la de auto determinarse; construirse sobre las piedras del camino. Los héroes avejentados de Payne se van definiendo precisamente con el paisaje, aunque ésta, sea la última oportunidad antes de volver a la noche oscura de los tiempos. Obviando sus primeras películas, mucho más cerca del cinismo que del humanismo, todos los personajes de Payne, trazan, en algún momento, un punto de salida. Incluso el Matt King de Los descendientes, interpretado magistralmente por George Clooney, habitante insular, salta de isla antes de aceptarse y perdonar la infidelidad y posterior desaparición de su esposa. Payne tiene la capacidad de rebajar estrellas. En el caso de Clooney y Los descendientes, resulta enternecedor ver a un habitual del Star System reconvertido en un sufriente y mortal padre de familia que es abandonado a la deriva con dos hijas adolescentes. Payne sabe dirigir actores. Conoce los entresijos y las contradicciones de los entes que, como diría el filósofo alemán Martin Heidegger, aparecen arrojados al mundo. Puede que sea la influencia de una tierra rica en sabiduría. Puede que se trate simplemente de talento. De lo que no nos cabe la menor duda es que las películas de Alexander Payne es una de las mejores cosas que le ha pasado a Hollywood.

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