VIDA Y MUERTE EN EL DESIERTO Y LA MONTAÑA

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Por Pablo Rey

Los materialistas aman el desierto. Tal vez sea el único lugar donde su amor desemboca, aunque el amor, como agua, se mezcle y deshaga con las migajas doradas de arenisca. Como una amante fatal, el objeto de su amor es a su vez su verdugo, pues en las praderas secas se aniquila todo lo húmedo. Aman el desierto, digo, pero no por voluntad propia. El amor no siempre es una decisión, a veces viene impuesto desde el cielo como un inevitable rayo que se descuelga de las nubes. Aman por odio. El camino que conduce de un lugar a otro es siempre corto en ambas direcciones. Aman porque odian todo lo húmedo, todo lo emocional, todo lo humano. Odian las montañas porque nos elevan allí donde habitan las nubes (agua). Aman por tanto el desierto porque nunca los eleva. Odian también las profundidades porque en las cuevas, tarde o temprano, encontramos estalactitas de viejas emociones anquilosadas. Por tanto aman el desierto, porque es imposible escavar en él.

El materialismo es una teoría desértica, una teoría del asesinato. Matan lo que odian porque no quieren que exista, y ya lejos de las montañas y las cuevas, lejos de todo lo vivo, afirman que sólo existe desierto, y lo demás son ilusiones. Pero como en todo asesinato, no podemos juzgar al culpable si no encontramos el cuerpo. “-¿y tenemos el cuerpo, detective?” “-sí, lo tenemos. Aquí se halla: observe usted esa lánguida mente, ya desangrada y sin efluvios”. Porque para los materialistas la mente es el cuerpo, y también del delito. La mente se reduce, como esas cabezas de los shuar, tribu materialista del amazonas, al mero mecanismo de la materia y las neuronas. Se reduce en grado tal que deja de existir, allí donde el materialismo adquiere el apellido de eliminativo. Desaparece entonces y sólo queda cuerpo, porque aquello que muere es insustituible y, como toda pérdida, desaparece para siempre. Cuerpo que no es cuerpo, que es materia. Cuerpo que no es caricia y amor, roce, vibración y placer. Tampoco miedo o angustia, esa gran amiga de la filosofía. Cuerpo que no es deseo ni creencia, ni ningún otro llamado estado intencional. Cuerpo que sólo es física y química. Que es movimiento y dirección, sí, pero tan sólo propiciado por otro cuerpo, porque no existe en él motor que lo mueva que no sea cuerpo. Como si de un mundo físicamente aristotélico se tratara, jamás nos movemos si no es por motivo de otro cuerpo. Si me excito es por las hormonas (otro cuerpo, en sentido amplio), y éstas aparecen sólo porque otro cuerpo las llama, y ambos se encuentran porque los cuerpos deben pervivir, el cual es el único sentido del materialista: la supervivencia (donde súper no tiene nada que ver con sobre, ese superlativo de calidad de la vivencia. De hecho deberíamos llamar al único sentido para los materialistas una mini-vivencia, una reducción al mínimo de la existencia: el mero existir, no por deseo ni pasión, por supuesto, si no por necesidad biológica).

El problema es que los materialistas, pobres condenados, son detectives inexpertos que no distinguen bien la causa del problema y por ello matan al perro para eliminar la rabia. Hijos de una cultura idealista donde predomina la mente como algo fantasmagórico, algo trasmundano, y sabiendo que hay un problema en ello pero no dónde, deciden matar a su padre, pues todo asesinato intelectual es un parricidio. “¡La mente! ¡Qué es eso! ¡Vaga referencia a algo que no existe! Aquello que no puedo palpar, ¿acaso existe? La memoria misma, ¿no es acaso una vana ilusión? ¡Metafísicos! ¡Todos sois metafísicos!”. Así se expresa el materialista cuando hacemos referencia a la mente, es decir, al deseo o la creencia, o la idea, o cualquier cosa humana. ¡Pobres! Son dignos de compasión los que, por miedo al error, eliminan lo inseguro. Al igual que Descartes consideró los sentidos radicalmente engañosos porque a veces nos confunden (y lo que nos engaña una vez es susceptible de engañarnos siempre: ley del resentimiento), así también los materialistas consideran que la mente, que una vez nos hizo creer en mundos trascendentales que no existen, debe desaparecer por completo. Es así como nace el desierto, del odio y del rencor, y por tanto del orgullo, y éste del miedo, pues es la fobia al error, a la caída, al deshonor, lo que guía a estos hombres al desierto. Tienen estos animales una terrible incapacidad para perdonar sus propios fallos, y por ello adoran al desierto que crece y engulle, que se expande desertificando los paisajes, porque la materia por sí misma no tiene necesidad ninguna, la materia es un zombi ansioso de materia, un agujero negro, una nada, pero los hombres comunes habitan esa materia dándole sentido con su mente a lo que ocurre, ¿Pues es acaso la poesía materia? ¿Es el amor, la alegría o el dolor, tan sólo un conjunto de elementos químicos? ¿Puede medirse la justicia, la bondad o el arte en materia? ¿No producen esos elementos una sensación? ¡Sensación!, qué humana es la sensación, qué humana es la poesía…

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Y qué diferente al materialista es el artista. Éste ama a la montaña, pero su amor, no como el sucio amor del materialista, no nace del odio, sino que nace de sí. El artista es un ave que siente nostalgia de las nubes, un humano que desea siempre más, por ello la montaña es su símbolo. Hijo de Sísifo, solo busca subir y subir, no importa a dónde. El que ama al desierto ama una sola cosa, la aridez embadurnada de arena, calor, sequía… el que ama la montaña, en cambio, ama la flora y la fauna. Ama los ríos y las nubes, los cabellos malditos, ama el viento, el dolor, las barras de labios, las ganas y la angustia, la tinta y las hojas, el óleo y el lienzo, ama el color, el cansancio, la sensación y la vida… En definitiva, ama todo aquello que odia el materialista, y también lo que ama, la materia, porque el artista no es un despreciador del cuerpo. El artista observa con sus ojos todo aquello que el materialista elimina. Éste, el amador de desiertos, cree que la mente es, por necesidad, un invento metafísico, y por eso la odia. El artista sabe, en cambio, que la mente puede ser eso, sí, pero puede ser también algo más (o algo menos). Puede ser tan sólo algo que fluye en la materia, algo que nos hace vivir, sin importar si está aquí o allí. El artista llama a la vida experiencia, y no tiene problema con ello, porque para él la mente no es una entidad supraterrena y por tanto falsa, sino es aquello que nos permite vivenciar, aquello que nos salva. El artista no tiene miedo al error porque no se preocupa de la verdad. Por ello le están permitidos reinos que el materialista, que es el científico más obsesionado con la verdad, desconoce. Verdad y error son las dos caras antagónicas de la misma moneda. Placer y dolor son las dos caras del artista. Tampoco odian al desierto, pues aunque vivan siempre entre montañas saben que éste es parte y tránsito de la vida. Por ello los artistas jamás matarían a la mente, sino que la vanaglorian. Todo lo mental, lo translúcido, es fuente de su arte, manantial de vida, condición de posibilidad de todo lo que merece la pena, origen de las experiencias creadoras. ¿Cómo matar al bien más preciado? “¡Sin él, qué pobre sería la vida! ¡Tan sólo un desierto!” Así hablaría el artista. Porque éste sabe, claro que sí, que ha sido engañado una vez, pero no le importa. Vuelve a la misma cama una y otra vez, cama que ha visto a otros hombres. Ama la vida desesperadamente, como aman los que se dejan herir, los que asumen el riesgo e, incluso, los que asumen la derrota y aun así no permiten que se extinga su fuego. Porque no hay agua que pueda apagar ese fuego.

Los que hacen arte son, por necesidad, seres obsesionados con la memoria. Aman las cosas, aman el recuerdo. Y por ello las cubren con el manto de aquello que creen que, en realidad, les pertenece: La belleza. El artista es un adorador del mundo, el materialista un odiador. Amor y odio, orgullo y entrega. Dos formas radicales de vivir. El problema es que el desierto y la montaña están en lucha constante, porque no olvidemos que el desierto no es más que roca deshecha, vida que ya no es vida, recuerdo sin nostalgia de lo que un día fue. ¿Cómo podría matar la mente el que no tiene mente? ¿Cómo podría vivir en el desierto si no creyera en montañas? Porque el materialista es un hombre contradicho, una paradoja viviente. Un no-querer-ver, pero que ve-y-niega. Y sin embargo, ya que su odio viene de su miedo, hay siempre esperanza.

Con una suave mano puede el artista enseñarle al otro la montaña con sus bienes y, si éste se deja engañar un poco, descubrir que no es el arte un engaño porque no es verdad. Que se borren sus recuerdos amargos y sus miedos y siga ensayando con el error su ciencia, probando y jugando, y si se equivoca o le engañan, que no tema, que lo aprendido descansa en nosotros como moho en las paredes, porque lo contrario al materialismo no es el idealismo, como se suele creer, sino el juego. El materialismo es tan serio que ha olvidado lo que es la pura diversión, el intento del absurdo (antaño motor de búsquedas titánicas, como pisar la luna). Lo contrario a la materia no es la idea abstracta: es la belleza. La idea vivida, la belleza encarnada, la emoción sentida. Las cosas siempre se explican mucho más simples de lo que son, y por ello pensamos en binomios sencillos, pero casi nunca son reales. El materialismo eliminativo es igual de abstracto que el idealismo más trascendental; ambos sesgan y se quedan tan sólo con una mitad de la experiencia. Por ello el científico, si desea conocer la verdad, no debe tener miedo al error y debe asumir, en su teoría, todo lo que pueda engañarnos, porque no hacerlo sería igual que si el artista rechazara al dolor. Y el arte, sin dolor, no es arte, es adorno. Asumir el error y caminar por terrenos inseguros. El científico debe ir a la montaña y llevar toneladas de agua al desierto hasta convertirlo en fango, y caminar por él y sobrevivir, subir y bajar, buscar e indagar en las arenas movedizas, porque sólo así estará inmerso en aquello que realmente desea descubrir y no vivirá aislado en el desierto, al margen de la montaña. El científico debe dejar de ser materialista, es decir, debe convertirse en artista, debe aprender a jugar.

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