UNA CRÍTICA MENOR AL CREMATORIO DE CHIRBES

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Por Andrés Galán

Rafael Chirbes parece un tipo normal; un vejete cualquiera de los que visten con camisa y pantalones de pinza lisos. Bajo la superficialidad que arroja la primera mirada, nadie diría que Chirbes pertenece a esa clase de escritor que, por caprichos del tiempo, aparece hoy reducido a taxonomía literaria. Tampoco hace falta ser un fiera ni haberse matriculado en ninguno de esos másteres estúpidos que obligatoriamente oferta cualquier universidad del mundo, para comprobar que la letra de Chirbes (letra triste pero vigorosa), pertenece a ese tipo de escritura, a ese tipo de literatura, que bien podría denominarse como una literatura de altos vuelos. Curiosamente, esta literatura de altura suele trabajar siempre hacia abajo, es decir, como una empresa minera cuya función no es otra que la de quebrar la piedra en busca de metales preciosos. La empresa literaria como trabajo de introspección rocosa. Proust, Dostoievski, Bernhard o Céline son, en opinión de quien redacta, algunos ejemplos de trabajadores del subsuelo. Todos y cada uno de ellos, del mismo modo que Chirbes, construyen sus narraciones perdiéndose en las cavidades más profundas de la tierra. De ningún otro lugar pueden proceder personajes tan ruines y poderosos como los miembros de las genealogías torcidas que poblaban aquel sur norteamericano imaginado por Faulkner. Hay que bajar a lo profundo, con una linterna sobre el casco, para llegar a tocar las partes pudibundas de la verdad, casi siempre escurridiza. Esta literatura, construida a partir de un trabajo paciente, es más un ejercicio de honda religiosidad que un vano salto de estilo. Piruetas sí, pero sobre todo hondura, reflexión y escucha. Resulta meritorio lo de Chirbes porque sobre todo hoy, existen pocos escritores de tamaña capacidad mística. Como él mismo dijo en alguna ocasión, la redacción de esta novela se asemeja a un ejercicio de corte loyolístico. La literatura como forma de oración para aquellos que, sin atreverse a dejar de creer, escriben con la certeza del que poco o casi nada espera ya del otro lado de la vida.

Si Faulkner imaginó el condado de Yoknapatawpha como solar árido en el que situar las idas y venidas de sus más célebres egos, Chirbes hace lo propio en Crematorio. Misent, ciudad costera, violada una y mil veces por la corrupción urbanística, el capital y el lujo, será el espacio, esta vez analogía de Oropesa del Mar, Benidorm, o cualquier otra urbe de marcado ascenso arquitectónico, por el que discurran los distintos personajes que, a modo de monólogo interior, irán exponiendo sin tapujos los más íntimos desgarros. De eso, quizá, trata Crematorio, si es que puede hablarse de trama con propiedad; la verdad escapa siempre a las constricciones del argumento. Honestamente, y para no defraudar al futuro lector, Crematorio gira alrededor de un vórtice perverso de vacuidad, pero a estas alturas tampoco podemos desdeñar la sugestión que nos provoca el vacío, la soledad, el sinsentido o la pena. Alrededor de la nada, del tiempo perdido, de los recuerdos, las traiciones, el amor o la noche, serpentean los miembros de la familia Bertomeu, saga encabezada, en primer lugar, por el patriarca, Roberto Bertomeu, un constructor y arquitecto septuagenario que ha visto la vida volar mientras pasaba a convertirse en uno de los hombres más ricos de la ciudad. Silvia, la hija, restauradora y refinada amante del arte antiguo, cocainómana en los ratos libres, su marido, Juan, catedrático de literatura dedicado a escribir la biografía de un escritor maricón y alcohólico, viejo amigo de la familia, cuya más reconocida novela La voluntad errática, tenía como protagonista a un trasunto del propio Bertomeu. Y en el centro de esta incapacidad para comprender la propia constitución humana, el cadáver de Matías, el otro Bertomeu, hermano de Roberto y reciente finado a punto de traspasar el umbral de la eternidad pasando previamente por el horno. Todo reducido a ceniza. A construcción elevada pero de material barato. La vida como un apartamento para turistas alemanes situado a pie de playa. Según Chirbes, en el fondo, de lo que se trata es de retratar el salto de una España miserable, franquista y hundida en los lodos de la ignorancia a una modernización que ha olvidado cubrir con cemento los ladrillos del nicho podrido. Porque el lujo, los restaurantes en Marbella, los yates, los coches de alta gama, las putas de alto standing, no han logrado subsanar las carencias de un solar, en este caso el español, que sigue cubierto de una miseria moral imponderable.

Pero Chirbes se alza como un auténtico minero. Y sale victorioso, con el rostro cetrino y cansado. Exhibiendo el típico agotamiento de quien ha pintado una capilla sixtina. Una magnífica representación de lo irrepresentable. De lo que queda oculto y solo el arte es capaz de revelar por un momento, antes de que lo revelado vuelva a hundirse en las grietas telúricas de lo indescifrable. En un tiempo de rampante mediocridad en el que la industria cultural suele apostar por una concatenación de discursos vacíos, fáciles y reconfortantes, la aparición de un nuevo artista-minero se muestra como una magnífica prueba de cordura y salud estética. Puede que los textos reconciliatorios sigan abundando, que las librerías subsistan gracias a las publicaciones de Albert Espinosa y demás ralea con tendencias a la dulcificación, pero lo que está claro, es que la industria minera, sigue demostrando un perfecto estado de salud.

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