RETAZOS IMPRESIONISTAS SOBRE EL CINE DOCUMENTAL DE BASILIO MARTÍN PATINO

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Por Andrés Galán

Cerrar de vez en cuando las puertas y ventanas a la conciencia; no ser molestados por el ruido y la lucha con que nuestro mundo subterráneo de órganos serviciales desarrolla su colaboración y oposición; un poco de silencio, un poco de tábula rasa de la conciencia, a fin de que de nuevo haya sitio para lo nuevo (…) este es el beneficio de la activa, como hemos dicho, capacidad de olvido, una guardiana de la puerta, por así decirlo, una mantenedora del orden anímico, de la tranquilidad, de la etiqueta: con lo cual resulta visible en seguida que sin capacidad de olvido no puede haber ninguna felicidad, ninguna esperanza, ningún orgullo, ningún presente.
Genealogía de la moral. Friedrich Nietzsche.

I. ALAS DE MARIPOSA

Hay autores (para los de mi generación) a los que hay que salir a buscar; como Nabokov cuando se lanzaba al campo, armado de redes y calzones cortos a la caza del lepidóptero más hermoso. Directores que permanecen tragados por el tiempo y cuyas voces hoy no oímos, apagados -algunos por voluntad propia- por el estruendo y la velocidad que nos rodea. En realidad, el descubrimiento de un escritor, pintor o cineasta, no dista gran cosa del estudio pormenorizado de unas alas de mariposa. Pero la caza de lepidópteros requiere tiempo y paciencia, y para nuestra generación (los desencantados, los tecnológicos, los del amor líquido, los jóvenes que, como Nabokov, mañana seremos viejos, panzudos y de cabeza despejada), salir a buscar autores, resulta una empresa, cuando menos, ardua y agotadora. Resulta más fácil, suponemos, dejarnos llevar por lo que oímos en televisión. Por la actualidad carnívora de los estrenos. Por lo último. Por aquello que ni siquiera ha sido todavía creado. Ocurre, sin embargo, cuando uno hace un descubrimiento inesperado, que inmediatamente siente la necesidad de salir a contarlo. Se trata, en este caso, de hablarle al vecino de la mariposa cazada, de describirle los colores y las extrañas formas de las alas. Esta ha sido siempre, podría decirse, la labor del filósofo: bajar a las profundidades o salir de la cueva (elíjase la metáfora que más guste) y regresar para narrar el paisaje. Pero ocurre que el paisaje es inefable y que, o lo ve uno con sus propios ojos o poca cosa hay que añadir. El lenguaje, para qué engañarnos, es siempre deficiencia.

Basilio Martín Patino es uno de estos autores a los que uno debe salir a buscar. Su cine, una experiencia inenarrable, un paisaje en imágenes difícilmente explicable. Uno debe asomarse a sus propuestas fílmicas para tener plena conciencia de lo que allí se está contando. Las alas desplegadas por el director salmantino son tan hermosas como terribles. Sus películas documentales iluminan de tal forma las zonas oscuras de nuestra historia más reciente que no queda otra que maravillarse ante la valentía de un cineasta que trabajó durante buena parte de su carrera en la más absoluta de las clandestinidades. Su trilogía sobre la España negra no es solamente una lección de cine, también un documento inestimable acerca de lo que fuimos y, por consecuencia lógica, de lo que somos. La trilogía formada por las películas Canciones para después de una guerra (1971), Queridísimos verdugos (1973) y Caudillo (1974) viene a representar el fresco de una época (la del franquismo) que, salvo honrosas excepciones, pocas veces se ha estudiado con el rigor y la triste ironía con la que Patino filma, por ejemplo, a los ejecutores de sentencia que, durante más de treinta años, se encargaron de implantar la ley (siempre en nombre de Dios), y como diría Machado, sobre las tierras áridas de España. Pero de Patino, pocos se acuerdan hoy. Al menos, ninguno de los que nacieron en las postrimerías de los ochenta tiene constancia de su existencia. Ahora que Virginia García del Pino acaba de estrenar Basilio Martin Patino. La décima carta (2014), documental que reivindica la figura de este excepcional director, en SOY UN GRAN MENTIROSO queremos sumarnos a la reivindicación haciendo repaso de una obra que es memoria; radiografía de una forma de ver el mundo que, por muy ideológicamente lejana que nos parezca, ha sido, hasta no hace mucho, la España espiritual de nuestros padres y abuelos. La España filmada por Patino se nos antoja rancia y clausurada, y, sin embargo, su monumental alegato contra la pena de muerte, fue rodado hace tan solo cuatro décadas.

II. RETABLO DE UNA TRAGEDIA ESPAÑOLA

Contaba el guionista español Rafael Azcona en sus memorias, aquella anécdota de infancia en la que celebrando el Año Nuevo, su madre, después de experimentar un sentimiento de dicha en medio de la charanga y el anís del mono, se cruzaba de pronto de brazos arguyendo que aquella felicidad suya debía ser pronto cobrada. Esta actitud penitencial, por otro lado tan propia del catolicismo, esta abdicación de la alegría y el gozo, salpica desde tiempos inmemoriales buena parte de nuestra cultura. España ha sido siempre un territorio de llantos y sufrimientos. De cilicios y escapularios. La representación total de aquello contra lo que Nietzsche se levantó. Una perspectiva que ha lastrado, generación tras generación, la forma de observar el mundo de un país cuya clara problematicidad se explicitó con el estallido de una guerra que todavía hoy, sigue levantando ampollas. La historia de España, como probablemente cualquier historia que se revisite, es una historia de dolor, y precisamente en memoria de todo ese dolor, filma Patino su película más emblemática; Queridísimos Verdugos no es solo un alegato contra la pena capital, es, además, una síntesis y recapitulación de la tradición mencionada. Aquello que Álex de la Iglesia amalgamó en los títulos de crédito de Balada triste de trompeta (2010) es lo que el director salmantino se encarga de desmenuzar a través del testimonio de los tres ejecutores de sentencia –verdugos, por eso de sortear el eufemismo-, responsables de accionar el mecanismo de un garrote que estuvo funcionando hasta bien entrada la década de los setenta .

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Patino nos habla de víctimas y ejecutores; operantes que a su vez no dejan de ser marionetas de un sistema cuyo principal pecado es engordar la miseria creada. Pero a Patino le gusta centrar su cámara en el individuo, en los rostros; y en el documental nos colamos hasta las cavidades más profundas de estos funcionarios de la asfixia. Con un solo barrido, el director describe el ser de unos hombres que no necesitan hablar para ser conocidos. Los planos que muestran, por ejemplo, el mobiliario del domicilio de Bernardo Sánchez Bascuñana, verdugo titular de la Audencia Territorial de Sevilla, la gitana sobre el televisor, el color pálido de las paredes, la mesita con los payasos alegres de cerámica, no hacen sino confirmar lo que ya sospechábamos: Queridísimos verdugos es, sobre todo, una película de terror castizo. Una cinta que describe la realidad como un lugar donde el analfabetismo, la miseria y la religión se dan la mano con la muerte. Sánchez Bascuñana ejecutó a diecinueve reos en el periodo que va de 1949 a 1959. A su muerte lo sucede José Moreno Moreno, último de los verdugos españoles y responsable del ajusticiamiento de Heinz Ches. A Moreno no le dio tiempo a matar más porque el “progresismo” se le echó encima. Los nuevos tiempos, con sus transiciones, abolen la pena de muerte y santifican al último ajusticiado: Salvador Puig Antich, muerto por garrote el 2 de marzo de 1974. Su ejecutor, Antonio López Sierra, es otro de los protagonistas de la película. A sus espaldas, 17 muertos. Su hijo dice que, aunque López Sierra parecía un tipo duro, siempre iba borracho cuando de lo que se trataba era de ajusticiar a un reo. Junto a Vicente López Copete, verdugo titular de las Audiencias Territoriales de Barcelona, Aragón y Navarra, forman la triada esperpéntica de esta comedia grotesca. Los queridísimos verdugos presentados sin antifaz, filmados de cara y mostrados como la consecuencia directa de un sistema que nunca prestó demasiada atención a eso de enderezar almas. Las historias personales de los tres ejecutores, narradas por ellos mismos a cambio de remuneración, tabaco y vino, los avatares, las guerras, las hambrunas, evidencian la podredumbre de un contexto que casi los empuja, podría decirse, al oficio de la muerte. La película evidencia que dentro del franquismo, es el pordiosero quien aniquila al pordiosero. Los pobres, los derrotados, la gente que pierde, en definitiva, es quien se pone el antifaz para ajusticiar. Ocupar el puesto de verdugo o de reo, es una simple cuestión de azar.

III. LOS SANTOS INOCENTES

Aunque la película se rueda en 1973, Patino debe esperar hasta la muerte del dictador para su estreno. Se trata, como hemos dicho más arriba, de una película clandestina. Son los años del auge turístico. Las playas de la Costa Brava se abarrotan de rubias nórdicas luciendo palmito y, sin embargo, no muy lejos de este paisaje moderno, europeo y vital, están todavía los pueblos de El Bejarín; lugares remotos de la España rural en los que todavía se reúnen espíritus de otro tiempo. España es, en la década de los setenta, un país habitado por fantasmas. Lo que Patino denuncia en sus películas, son los restos podridos de aquellas imágenes que desfilaban en Canciones para después de una guerra, esto es: gitanillos que asesinan por una peseta o la imagen de Estrellita Castro rodeada de sus viejas muñecas chochonas. En la pared, pinturas de Romero de Torres y estampas de actuaciones pasadas. Estrellita Castro con la dentadura amarilla, el rostro arrugado y el caracolillo sobre la frente en lo que parece un gesto de rebelión contra el paso del tiempo. La propia actriz fue enterrada por expresa voluntad con este signo de distinción sobre la frente. Estrellita Castro como el fantasma de un tiempo que se fue y que muchos, incluidos el propio Franco, se negaban a claudicar. Tal vez por eso, los ambientes y escenarios de Queridísimos verdugos se muestran irrespirables y emponzoñados. El documento cinematográfico que atestigua años de atraso. Las imágenes documentales que Patino se encarga de reunir y montar, son el lado carnal de esa literatura que Miguel Delibes o Camilo José Cela nos han legado. Y es que Pascual Duarte podría haber sido ajusticiado por Sánchez Bascuñana, del mismo modo que la familia de Paco el Bajo en Los santos inocentes podría ser cualquiera de las estirpes devastadas que aparecen en el documental. El propio Patino cuenta como tuvo que rodearse de un equipo portugués para evitar las posibles consecuencias por parte del régimen.

En la última secuencia de la película, los tres verdugos almuerzan en una azotea a las afueras de Madrid. Moreno Moreno, el nuevo verdugo, engulle una ensalada. Patino nos insta a que observemos como el aceite le resbala por el mentón. No queda ni un ápice de épica en estos personajes. Los verdugos son tan humanos y patéticos como aquel otro ejecutor de sentencias interpretado por Pepe Isbert en la célebre cinta de Berlanga. Tipos tan agarrotados como las víctimas a las que se encargaron de quitar del medio. Solo por la trilogía de películas sobre el franquismo, Patino merece un puesto de honor en la historia del cine español. Un tipo de mirada perdida que ha sido denominado por algunos como el cineasta de la memoria. Resulta paradójico que, tratándose de un director que escudriñó con tanta sensibilidad y empeño la memoria de un país, hoy, sea víctima del Alzheimer. El bueno de Basilio se apaga y apenas quiere ya recordar. Es como si en el fondo, hubiese de seguir aquella máxima nietzscheana que aboga por el olvido. Hacer tabula rasa, como si lo que está detrás nunca hubiese ocurrido. Pero por encima de todo, Patino nos ha legado una espléndida memoria fotografiada. Una proyección que queda ahí, a disposición de cualquiera, de aquel que sienta deseos de revisionar la oscuridad; de aquel que no quiera resignarse al olvido a fin de construir un futuro que repita lo menos posible los terribles tics de nuestro pasado más reciente.

 

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