EL VIAJE DE MIYAZAKI

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Por Javier Marín

-¿Qué ha pasado para que os hayáis transformado en esto? ¿Desde cuándo los monos comen carne humana?… -Si nos lo comemos, recibiremos su fuerza y alejaremos al resto de los humanos… Nosotros plantamos árboles. Los humanos los arrancan. El bosque no vuelve. Si matamos a los humanos salvaremos el bosque. El Espíritu del Bosque no luchará. ¡Moriremos todos! ¡A chica lobo no le importa, ella es humana!            

Mononoke Hime.

En esas ocasiones en que las flores languidecen y el cielo se abomba recortando las molduras del lugar que habitamos, eventualmente, una mente reflexiva, intenta una definición de melancolía. A diferencia de la nostalgia, la fuerza de la melancolía también tira hacia el futuro, sin embargo, duda. La duda, la demora, de vigoroso sentimiento, nos envuelve en una nebulosa donde pululan estampas personales del pasado, que, proyectadas en la pantalla blanca, indefinida, del futuro, ora rechazamos, ora ansiamos sabiéndolas casi imposibles. Creo que la melancolía es la indecisión entre la nostalgia voluntaria o el ánimo de conceder una última oportunidad. Las películas de Hayao Miyazaki están cargadas de melancolía. El hombre y la mujer mundanos que a diario cruzan a piececillos afanosos la famosa intersección del barrio de Shibuya son pequeños para el realizador de corazón agridulce. Más que pequeños, son diminutos, como sus preocupaciones y sus capacidades. A lo largo de la obra de aquel encontramos repetidamente cómo los fenómenos de la Naturaleza y los avatares de la vida sobrepasan las capacidades humanas. En El viaje de Chihiro las épocas de la vida nos abandonan irremediablemente. La pequeña Sen debe atravesar una suerte de trabajos épicos entre seres de otro mundo para devolver a sus padres, convertidos en cerdos, a su forma humana. Para ello debe acrisolar su innata virtud a marchas forzadas, entre llantos propios de su temprana edad.

Un simple hechizo de la trama de Howl’s moving castle hace empequeñecer nuestro ego aquí sentados en nuestros asientos. Sophie sufre un envejecimiento repentino, que la hace parecer tener 80 años a sus lozanos 20, con el agravante de no poder contárselo a nadie. Y es que la versión infantil del desastre: lo inesperado, está presente a lo largo de la obra de Miyazaki. Una guerra de gran devastación sobrevuela la ciudad en que vivimos con sus bombarderos como transatlánticos; ¿caerá la próxima bomba en esta calle?; el bosque está siendo destruido y puede que no vuelva a crecer nunca más ni una flor; en Ponyo, el pueblo se inunda y los vecinos dan voces de auxilio desde sus barcazas. Más serio aún para el ropaje infantil, encontramos el miedo a la muerte de una madre, cuando en Mi vecino Totoro, nos enteramos del deterioro de su salud junto a sus hijas protagonistas de 7 y 10 años. Por otro lado, también tocamos los límites de nuestra condición en lo que respecta a la Naturaleza. En Nausicaä del valle del viento, la superpotencia del reino de Tormekia, ve sus tanques y aviones reducidos a hojarasca por hordas de insectos gigantes. A su vez, estos, titánicos dueños de la Tierra en ese futuro post-apocalíptico, no son nada en comparación con un solo dios redivivo de la guerra. Hacia el final del anime, la mano derecha de Lady Kushana -la comandante del reino Tormekia, de ambición virulenta-, absolutamente anonadado, resume en su expresión, susurrante y oteando el horizonte, cuán diminuto es el poder y alcance de los deseos humanos en comparación con la enormidad de la Naturaleza y sus criaturas.

En Mononoke hime, volvemos a encontrar el mismo patrón que acabo de traer a colación: a Lady Eboshi le interesa matar al espíritu del bosque, un ente esquivo que casi nadie ha visto, que todo el mundo teme, y del que no se conoce su mortalidad. En el arrojo de estos dos personajes que representan el arquetipo de la ambición humana desmedida, muy sutilmente y con maestría artística, se entrevé una sombra temeridad. Sin la anulación del propio instinto de conservación no es posible llegar tan lejos. No es una cuestión de ímpetu, motivación o insolencia, ya que en el fondo, la batalla está perdida. Dichos personajes, en contra de la apariencia, buscan en realidad disolverse en la potencia numénica. Tanto Lady Kushana como Lady Eboshi sufren amputaciones debido a su afán sin perder la sonrisa y la expresión entusiasta. Volviendo a nuestra consideración inicial, la melancolía cumple su definición en la pretensión de conciliar la ambición humana con el orden natural. Tanto Nausicaä como Ashitaka, en el cénit de la acción, cuando sus esfuerzos no son ya suficientes, recurren al acto más subversivo contra la violencia que encuentran: arrojan sus armas y abren los brazos, en acto de resistencia pacífica, pidiendo con su vida a quienes luchan por domeñar la Naturaleza, que en vez de explotarla, comprendan la relación paradójica entre su grandeza y su fragilidad. Este acto ejemplifica una visión melancólica de la condición humana. Si el ser humano es, ya sea de forma innata o culturalmente, un animal que tarde o temprano sueña con domeñar y denigrar la Naturaleza, cómo debemos comportarnos aquellos que amamos toda la belleza de lo desconocido, de lo que está más allá de las fronteras de lo humano, frente a quienes abanderan el ecce homo y posicionan sus tanques frente al árbol sin rostro. Cómo lidiar, a niveles de tan alta implicación ética, entre el odio y el amor a algo ineludible: nosotros mismos. Descubrimos un variado, luminoso, musical, en fin, maravilloso carnaval de criaturas extrañas, de otro mundo, que nos ofrece en sus películas Miyazaki, de lo cual sólo puede ser una testigo saboreando sus dibujos más allá de este escrito. Kodamas shintoistas que habitan los árboles, que parecen sacados de una película de terror pero que no dan miedo, dragones luchando con monigotes de papel semovientes, jabalíes discutiendo en asambleas, espectros que actúan como inmejorable símbolo del egocentrismo y la colusión, cabezas rodantes, espíritus del río. Todos y cada uno de ellos pertenecen a un mundo más allá de lo humano, en el cual, no gozamos de importancia alguna. La vistosidad de los dibujos en la animación japonesa de estos y la demostración patente de su necesaria existencia para que el equilibrio del mundo no se trunque van de la mano.

¿De qué parte se pone el espectador a lo largo de la historia, de aquellos seres de carne que se ofuscan con facilidad y suelen estar ora engañando, ora matando, o de parte de quienes con inocencia infantil desarrollan su vida y contribuyen a la riqueza y diversidad estética natural, pero que la mayoría de las veces no tienen dos brazos y dos piernas? Esta variedad de melancolía poco tiene que ver con el amor de pareja o carnal. En ninguna de las películas presenciamos la consumación de este. El tipo de amor en que se basa dicha sentimentalidad es más bien agapē, a diferencia de la philia y el eros. Un amor incondicional, que brega por el bien del ente otro. Dicho sentimiento se funde con facilidad con la misión heroica, con el compromiso ético, con la defensa de la justicia y el valor de la tolerancia. Al final de estas historias de anime nos queda un regusto que nos inquieta, como si la relación de los personajes con su pasión hubiera quedado inacabada. Supongo que es el destino que deben afrontar hoy día más que nunca los amantes de la naturaleza y los animales no humanos, y también, no se olvide, quienes se preocupan de las generaciones futuras. El planteamiento de los elementos narrativos de sus obras hace que intuyamos una preocupación de Miyazaki por el avance de la sociedad japonesa. El temor porque la destrucción de la naturaleza no permita un futuro humano ya la hemos mencionado (seguro que el desastre de Fukushima habrá afectado al autor, también a nosotro@s).

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En este sentido, se presenta el cambio de una era a la siguiente como algo traumático, en el que las viejas tradiciones -las buenas- se olvidan sin más. Tanto Haku como Howl se encontraban a la deriva al haber olvidado quienes fueron en el pasado. ¿Quiere decirnos Miyazaki, también, que un pueblo se encamina a la extinción cuando olvida quién fue en otra época? Leamos una declaración suya respecto a la vertiginosa transformación de Japón:

“El período Shōwa fue triste porque la naturaleza, las montañas y los ríos, todo ello estaba siendo destruido en nombre del progreso económico. Sin embargo no aprendemos nada de lo acontecido en el pasado”.

En general, al menos aquí en Europa hoy día vivimos como si las generaciones no tuvieran continuidad. Nuestra generación vive en el mañana, el futuro es hoy, vivimos en el supuesto final, o más bien, diría yo, supuesto borde de la historia, sin ser conscientes de lo que dejamos a las generaciones futuras. La transformación de nuestra cultura también ha sido vertiginosa. Un proceso similar al que opera quien se desplaza al limbo emocional entre la naturaleza humana y el resto de formas de vida, ocurre con aquellos hombres que defienden el feminismo. Conspicuamente, Miyazaki ha hecho del género femenino la personificación de la heroicidad a lo largo de los años en todas sus películas. En el tira y afloja de la guerra de sexos que, desgraciadamente, eventualmente domina el clima de opinión, hay que posicionarse muchas veces entre lo que se es (si se lleva un género masculino, como el director y dibujante), y lo que no se es. El feminismo, al igual que el animalismo y el ecologismo, es un debate y una lucha actual, para cuya consecución nunca está de más que aquellas personas que sienten los intereses en juego, como elementos de un reino ajeno y alejado, como algo raro que no comprenden o, como una alteridad extraña que nos hace sentirnos incómodos con lo que habíamos pensado hasta ahora, emprendan un viaje fantástico con su imaginación, el mismo que Miyazaki emprendió un día hace ya casi 40 años.

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