LA SOLEDAD TERRIBLE. BREVE REFLEXIÓN SOBRE DARK SOULS

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Por Pablo Rey

Hay dos tipos de personas en la vida. Y si se me permite realizar una incisión sin bisturí, afirmaré que un inicio como éste siempre funciona porque nuestra mente está filogenéticamente preparada para diseccionar binariamente cualquier concepto. Una de las más antiguas leyes de la lógica, que es esa cosa que rige nuestra razón sin que sepamos cómo, reza que o bien tenemos una cosa o la contraria, pero no hay una tercera posibilidad. ¿Llueve? O sí o no. O esto es rojo o no lo es. O eres alto o bajo. Claro que esta ley es un poco simplista y no entiende de matices, pero a menudo nuestra mente tampoco. La ley no se impone, sino que describe una realidad subyacente. ¡Bien! Pues es fácil entonces afirmar que hay dos tipos de personas, las que son de un tipo y las que no, y por eso la división en pares siempre funciona. Pero en este caso me refiero concretamente a la diferencia entre las que se sienten cómodas en la soledad y las que no. Hay personas que siempre desean subir las escaleras de su torre de marfil –nunca es lo suficientemente alta- y otras que tienen tanto miedo a las alturas que prefieren vivir eternamente entre el bullicio de la planitud.

¿Por qué unas personas la aman y otras la odian? ¿Qué papel juega la soledad en nuestras existencias? Imagino que son muchos los rostros con los que se nos aparece. Hay soledades necesarias, soledades impuestas, soledades bellas y soledades terribles. Debería hacerse toda una fenomenología existencial de la soledad, diseccionar sus matices, inspeccionar cada posible acepción del término. Tal vez en otro momento. En este caso voy a penetrar levemente, tan sólo a incidir tal vez, en la soledad como terreno de apertura donde se desarrolla cierto crecimiento personal, la soledad como lugar existencial, casi como catarsis. En primer lugar pienso, ¿Cómo aparece esta soledad? ¿Cuál es su carácter? Por lo que sé, viene impuesta. Si bien no desde el exterior, como puede ser la soledad del preso o del inadaptado social, ésta viene impuesta por una exigencia interior. Se nos presenta como necesidad imperiosa a cumplir, sin importar si se desea o no. Hay otras soledades -así debería hablarse siempre de ella, en plural- que se desean, nos producen placer. ¡Ah! Qué agradable es a veces disfrutar del silencio, de la lectura, de la contemplación o del más puro placer orgánico. Otras veces es terrible. Por ejemplo cuando nos falta alguien. La soledad, entonces, es una angustiosa ausencia. En cambio, la que describo como existencial, no es agradable ni desagradable, se escapa a la crítica del juicio kantiano, es sencillamente necesaria. No le importa si la deseas o no, ella te reclama. Y si no la obedeces, te reclamará incesante, pues su hambre es voraz y demanda saciarse.

Una vez aclarado, en cierta medida, cómo aparece y cuál es su carácter, en seguida me asalta otra pregunta. ¿Qué desea? Ya que no parece entenderse como algo elegido con voluntad propia –tampoco ajena, sino que habita en ese extraño espacio interior donde nosotros nos imponemos a nosotros mismos nuestras necesidades y deseos-, ¿Qué requiere de nosotros? ¿Qué busca? Es decir, me pregunto por su función. Está bien, decimos, has ganado. ¿Y ahora, qué? Pues esa soledad que se nos impone no es un festín digno de entrar en las elegías, es más bien un bestiario, producto del más enfermo de los imaginarios. Es fácil imaginarla como un agujero negro que nos traga. Una vez estamos solos exteriormente, nos arrastra con sobrehumano poder al más recóndito de nuestros interiores, mostrándonos, en medio del abismo, toda la galería de nuestros momentos más vergonzosos, de nuestros desastres personales, nuestros fallos. Nos muestra lo que realmente somos, lo cual marca un claro contraste con lo que deseamos ser, y más aún, con lo que creemos que somos. Supongo que, realmente, lo que cada uno encuentre en ese espacio ha de ser ya cosa personal. Pero estoy seguro de que se exige sin duda un encuentro con uno mismo, y lo más probable, con lo peor de uno mismo, sea eso mucho o poco.

Hasta ahora he indagado someramente en el tipo de soledad que busco representar, pero no he explicado qué fenómenos y sensaciones causa en nosotros, cómo nos enfrentamos a ella. Primero caemos como a través de un espacio abisal para despertar al otro lado. Un terreno árido y solitario. Una voz y algunas pequeñas hogueras nos sirven de ayuda, pero poco más. El resto de ese mundo imaginario es hostil, difícil y arduo. Lleno de retrocesos. Pequeñas muertes existenciales. ¿Conocéis esas pequeñas muertes? Es cuando algo que está en uno, algo con lo que nos identificábamos, se rompe. A la vez que duele, nos libera. La destrucción y la frustración son constantes. Pero el camino del héroe está necesariamente plagado de dificultades, pues son éstas las que vuelven heroico el carácter que las supera. Vemos toda esta experiencia como un camino, aunque no lo es en realidad. Los avances realizados son pequeños retrocesos, y éstos no llevan a ninguna parte. Todo el camino no es más que una fantasmagoría, una representación propia de nuestra cultura. ¿Desde cuándo existe el camino interior? ¿Esa progresión, que los literatos alemanes denominan bildungsroman, que a menudo se nos impone? Desde que el hombre es hombre. Por desgracia, hoy en día la autoayuda se ha erigido como principal explotadora de tan arcaico arquetipo, y con ello ha perdido validez, pero sus raíces son profundas. Ese camino, por tanto, es heroico, es decir, difícil.

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Para ser honestos, no sé si es siempre igual de difícil. Imagino que no, pero no es más que una suposición. La cuestión es que a veces lo es, a veces esa llamada no se experimenta tan sólo como una necesidad, sino como una desagradable necesidad. A menudo la necesidad de encontrarnos a nosotros mismos viene de lo insoportable que se ha vuelto el trato propio. De lo inhóspito que huele el mundo, porque es así, huele, o habría que decir, más bien, que hiede. Tal vez por eso el camino sea tan difícil. Pero a partir de cierto momento, todo esto se vuelve humo, o tal vez siempre lo ha sido. En realidad, hay cierto gusto por el dramatismo a la hora de representar el autoconocimiento. Pero no desearía entrar en los paradójicos deseos que se cumplen aniquilándose ni nada parecido, sino terminar de caracterizar una experiencia que se tiene a veces. A veces, digo, porque no es una forma de vida, una autovía para la existencia, sino una parada, más bien un área de descanso. Tiene su inicio y su final. ¿Y todo esto de ese tipo de soledad? Bueno, la soledad no lo desencadena, pero lo permite. Es un condicional. Sin ella no habría nada de esto. El autoanálisis requiere de soledad, de retiro, de algo de moho. Qué se le va a hacer, no siempre París puede ser una fiesta. Y entonces, un buen día, deseando alimentar tu mente –o tus procesos psicológicos internos, como les gusta decir a los psicólogos o a los filósofos analíticos- de alguna forma, o tal vez por mero entretenimiento, te topas con Dark Souls. Un videojuego mainstream, famoso por su dificultad y su inhospitalidad. Y la experiencia de jugarlo te recuerda toda esa soledad, toda esa fenomenología descrita. O al menos es lo que me pasó a mí. Es lo que me gusta de los videojuegos, que a veces me provocan experiencias insólitas, y los comprendo entonces como representaciones de alguna realidad o algún concepto que he vivido. Al fin y al cabo una forma de filosofar es, como dijo una vez Husserl, describir cómo vemos una taza de café.

En Dark Souls, lo que encuentra el jugador es un mundo hostil. Tras caer por un precipicio, no va a encontrar más que orfandad. Ninguna ayuda. Apenas dos o tres personajes, sencillamente, no nos destrozan, sino que nos venden algún objeto. Nada más. Del resto… hasta el escenario mismo parece desear nuestra caída. Pero no importa, porque de la insistencia, del reto de aguantar esa frustración, surge la verdadera experiencia. Es más, hay un fenómeno curioso que tal vez represente ciertas actitudes de cada uno de nosotros ante la vida, y en esa conexión está lo interesante: en la relación que hay entre la experiencia del videojuego y la realidad misma, nuestras actitudes. La cuestión es la siguiente: No a todo el mundo le gusta este videojuego. A mucha gente le parece insidiosamente difícil y encuentran que esa mecánica no va con ellos. Me pregunto si eso define cierta pereza, y me planteo si… tal vez… esa pereza sea la misma que los vuelve vagos a la hora de buscar esa soledad, de buscarse a sí mismos y de atreverse a desenmascararse. ¿No es acaso el mismo tipo de experiencia frustrante? Porque el reto me parece similar. Ese necesario esfuerzo, ese saber frustrarse, caer constantemente, perecer, y no sucumbir ante la ira, la falta de habilidad, ante las palabras que resuenan constantes en el interior del cráneo: “Eres débil”. No hay realmente ningún beneficio material en ninguno de los dos trayectos. En ese sentido, las experiencias son parecidas, y no hacen más que mostrarnos a nosotros mismos qué tipo de personas somos. Si somos de los que aguantan o de los que no. De los que deciden tomarse a sí mismos como héroes, con ese tufo dramático y arcaico pero a veces tan necesario para superar ciertas cosas, o si en cambio prefieren ser arlequines, ruedas, o demás objetos del escenario. Si eres de los que prefieres un reto aunque te otorgue una buena experiencia o todo lo contrario. Al final, como decía al principio, sucumbimos siempre a los conceptos binarios, porque es más fácil vadear entre el blanco y el negro que entre los millones de matices intermediarios.

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