DANIEL JOHNSTON Y LOS DEMONIOS

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Por Pablo Rey

Si Stefan Zweig hubiera escrito su La lucha contra el demonio a finales del S.XX, a sus tres pequeños demonios –Nietzsche, Hölderlin y Kleist- hubiera añadido un cuarto: Daniel Johnston. No era un literato, pero sí artista en su máxima expresión, pues a través de la música y del dibujo liberaba su caja de pandora transportando al mundo de la materia maravillosos monstruos y adorables aberraciones. Ahora bien, si en su libro Stefan Zweig contraponía esas almas que terminaron en la locura con Goethe, debido a su capacidad para domar al demonio y tener una vida tranquila, debemos considerar a Daniel Johnson como un tercer arquetipo que no se ajusta ni al que acaba sus días completamente poseído por el demonio, ni al que logra domarlo y convertirlo en su confidente, sino como un loco que ha sido dominado por el entorno. Podemos verlo como un monstruo, una fiera salvaje que con dardos tranquilizantes, años de reclusión y dosis de electrocución, se hizo de él algo tan manso como un gatito. La pregunta que motiva este breve análisis es: ¿Mereció la pena? ¿Compensa perder un genio por perder también un psicópata en potencia?

Daniel Johnston nace en 1961 en Palm Springs, California. Es el menor de 4 hermanos, todos ellos –excepto él, se entiende- ejemplares, lo que supone una presión cuantificable con respecto a lo que se espera de él.  Su familia va a misa los domingos y dona parte de sus ingresos, porque consideran –herencia del protestantismo- que la salvación han de ganársela con sudor, y como en el mundo real el sudor es convertido en dinero, éste es considerado portador de salvación, principalmente si se entrega a Dios. En el documental The Devil and Daniel Johnston (Jeff Feuerzeig, 2005) podemos escuchar a su madre en una antigua grabación criticando a su hijo porque se gasta el dinero en materiales para dibujar, comics, y herramientas para grabar sus cintas de música, lo cual está muy cerca del pecado pues ese dinero es para granjearse su salvación, es decir, para dárselo a la iglesia. Con esta pequeña caracterización queda claro lo que quiero decir: En su familia, desde pequeño, fue demonizado. En el sentido literal de la palabra. Lo convirtieron en un demonio. Es significativo cómo en el documental, gracias a cintas de Casete a modo de diario y a grabaciones audiovisuales de una súper 8 que rondaba por casa, lo vemos en su adolescencia como un joven inquieto, simpático, lleno de creatividad, de humor y de ganas por conquistar el mundo con sus cintas, dibujos y películas. Mientras, suenan los comentarios de los hermanos, en retrospectiva, afirmando que ya por entonces había algo raro y oscuro en su carácter.

Daniel Johnston se volvió loco, de eso no hay duda. Le vemos no reconocerse a sí mismo, apalear a su manager, lo vemos paranoico encontrando al diablo en todos sus amigos, canturrear melodías tenebrosas, creerse un profeta, y en uno de los momentos más dramáticos de la vida de su padre –que no de la suya, porque a él le resultó muy divertido- arrancar la llave de la avioneta en la que viajaban y tirarla por la ventana, poniendo claramente en peligro sus vidas, salvadas gracias a la pericia del padre. Ahora bien, lo que queda claro es que se volvió loco, y eso en un sentido sencillo de la palabra. ¿Pero nació así? ¿Era necesario? ¿Estaba ya loco? El documental no emite ningún tipo de juicio con respecto a la forma en que fue educado, nada en él deja entrever indignación ante las expresiones de los padres o de los hermanos, o de los testimonios que han sido filmados. Sin embargo, como dije antes, se aprecia claramente cómo es demonizado desde pequeño. Infravalorado y relegado al sótano donde creó su propio santuario, era acusado de satanismo, y su moral era masacrada constantemente mediante el apelativo basura, usado para adjetivar todas sus creaciones.

Podemos imaginar que sufrió toda su vida un atentado, un terrible acoso contra su propio poder interior. Contra la creatividad, la pasión y el arte que sentía, y que es con lo que se identificaba. Contra lo más propio. Imaginemos por un momento que todo nuestro ser, toda nuestra esencia se concentra en algo así como una pequeña pelota de energía. Sé que es un ejercicio terrible de imaginación, pero hagámoslo. Tenemos esa pequeña pelota que es nuestra alma en nuestras manos. Nos identificamos con ella de forma absoluta, somos ella. La acariciamos y mimamos como lo haríamos con nosotros mismos si pudiéramos, tal vez incluso con un poco de compasión por su fragilidad y vulnerabilidad externa. Y mientras la cuidamos y admiramos, aparecen todos nuestros seres queridos con una maza y la destrozan. Con hachas y bazucas la revientan hasta que no queda nada de ella. ¿Qué queda de nosotros? ¿Qué somos entonces? ¿Podemos si quiera compadecernos, podemos sentir u odiar? Todo eso son propiedades del alma. Cuando no queda nada, cuando han destrozado el alma realmente hasta el límite, ni siquiera podemos sentirlo. Ya no hay nada. Tal vez sólo la locura. Daniel Johnston es un ser destrozado.

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Tal vez por ello, por esa absoluta falta de fe en sí mismo, sea su estilo musical tan frágil. Daniel no canta, tiembla. Casi como un pajarillo herido. Su estilo es atemorizado y paranoico. En los vídeos de sus conciertos, principalmente en los primeros –recuerdo su actuación en el Liberty Lunch, en Austin, para el programa de la MTV The Cutting Edge, en 1985- mirar a cámara y vemos en el fondo de sus ojos el horror. Sin duda se odia a sí mismo cada vez que canta, cada vez que crea, porque sabe que es producto del diablo. Sabe que toda su familia lo desaprueba, y ve esa pequeña bola que es su alma sangrando en el suelo. Es fácil imaginar que cada vez que cantaba buscaba recomponerse, encontrarse a sí mismo. Que veía en su camino, en su necesidad de ser famoso y exitoso, afianzar su propio yo que tan sólo se identificaba con su arte. Pero recomponer algo roto no es tan sencillo, y sin duda la esperanza era vana. Tal vez por eso, cuando conoció las drogas, se deshizo completamente de la esperanza, último hilo de cordura. Se dio por vencido y dejó de reconocerse. En una cinta de vídeo vemos cómo su manager le pregunta: “¿Sabes quién eres?” a lo que él responde, riéndose: “No lo sé”, y no parece bromear.

En los años posteriores cae el telón. Los brotes de locura son cada vez mayores y ya no puede ni siquiera aparentar ser capaz de tener una vida autónoma. Una vez muerto el único camino que encontraba en la vida, lo que le daba sentido, se creyó su propio mito. Apareció la paranoia satánica. Veía a todo su alrededor al demonio, en todo aquel que quería ayudarle con su música a un enviado. Vagaba por las calles, asustaba a las ancianas. Hizo que una saltara por una ventana, atemorizada ante los gritos y la manía de Daniel. Eso fue el colmo, lo encerraron en el Hades, lo atiborraron a pastillas, lo condicionaron. Como al protagonista de La naranja mecánica, hicieron de un huracán una pequeña anécdota doméstica, algo que mostrar a tus invitados más protocolarios. Entre pastillas, periodos encerrados y vanos intentos por recuperar su música, pasan los siguientes años, hasta que la imagen se deforma y deja aparecer a un Daniel Johnston gordo, sin dientes. La mirada paranoica se ha vuelto triste y alejada, sumisa. Sigue sin ser capaz de subsistir por sí mismo. Al fin y al cabo recordemos: su alma ha muerto. Pero al menos ahora hace lo que le dicen. Ya no lucha. Me gusta pensar que su locura era una forma de lucha contra las garras que veía cernirse sobre él. Las garras de sus padres, del cristianismo, de la cultura, la cordura, la normalidad. De joven le obligaron a trabajar en un McDonald’s. Esas garras. Cualquier cosa antes que el alma muera, cualquiera. Hasta volverme loco. Al menos así, la excentricidad  y la paranoia serían suyas. Sería una forma de mantener alejado al verdadero diablo, al destructor de subjetividades, aquel que se cuela en tu casa sin ser visto y adopta la forma de unos padres, de unos hermanos, de unos amigos.

Stefan Zweig no caracteriza el demonio de forma bíblica, sino como una fuerza interior. Como una inquietud que no deja tranquilos a los seres humanos. Que empuja hacia lo infinito, hacia el perderse. Una fuerza creadora que se caracteriza por no poder dominarse, por sentirse como algo que es a lo vez lo más propio y lo ajeno. Que es uno mismo, pero que no está invitado. Describirlo así, a la vez que catalogarlo de demoníaco, es algo muy curioso, pero a la vez muy propio de nuestra cultura. Desde los griegos, si no antes, el autodominio, el control y la racionalidad son elementos de humanidad. Lo que Nietzsche llamó el espíritu apolíneo, en contraposición al dionisíaco, o demoníaco para Zweig. Sin duda esta cultura apolínea o calculada, representada en los padres de Daniel, teme irracionalmente esa potencia creadora, donde ve un antagonista. Por ello, aunque es muy interesante, el libro de Zweig me provoca cierta inquietud, cierta angustia. La conclusión es que al demonio hay que domarlo, como Goethe, aunque sea una tarea tremendamente difícil. ¿Y por qué habría que domarlo? ¿Y por qué no dejarlo en paz, dejarlo vivir dentro? Esa es la opción que nos brinda Hermann Hesse en su Demian –Demonio-, libro en el que el protagonista al final se hace amigo de sus fuerzas interiores, pero no por la fuerza sino por la aceptación. Deja de luchar contra su propio ser, y al dejar de figurárselo como el demonio, ya no corre riesgo de ser un loco, sino un ignorado más.

Hay gente que nace con una fuerza poderosa dentro, una fuerza que generalmente es creativa. No hay necesariamente un significado trascendental en ello. Sencillamente ocurre. Esa gente parece distinta, aunque no lo es tanto. Sencillamente tiene un nivel energético mayor al normal, y por tanto les cuesta más dominarlo. Todos arrinconamos nuestra potencia individual, explosiva y creativa, a favor de una razón controlada, de la mesura –terrible concepto-. Pero mientras más fuerte es la energía, menos queremos desprendernos de ella, y por tanto, más nos la imaginamos como una fiera, aunque fiera es quien pretende detener un río con sus manos. Los que hemos apagado nuestra llama necesitamos que los demás apaguen la suya, porque el fuego se propaga y nos atemoriza. Daniel Johnston es esa fuerza de la naturaleza, que finalmente ha sido dominada con pastillas y años de reclusión. Nietzsche, Hölderlin y Kleist sencillamente fueron grandes creadores que no encontraron su lugar en el mundo, porque no lo tenían. Vivieron en lucha, pero no contra sí mismos, sino a favor de sí mismos, contra los muros que les habían impuesto dentro, aunque sin duda aparentaron ser enemigos de sí mismos. Recordemos que la locura es principalmente algo biológico. Los factores externos son acuciantes o atenuantes. Al igual que Leopoldo María Panero, Daniel Johnston sucumbió a su propia imagen, encontró un lugar de consolación en el mundo. En el disfraz de locos debían sentirse cómodos, debían ser algo así como un poco más ellos mismos. Sin duda Daniel actuó a veces como un loco y puede que lo esté, pero se entregó absolutamente a ese fatal destino. Al fin y al cabo, cualquier cosa antes que ceder el alma. Cualquier cosa antes que la nada. Entonces, a la vista de éstas reflexiones, cabe preguntarse, ¿Estaban locos realmente? ¿Qué es la locura? Y, sobre todo, la pregunta principal, ¿Quiénes son los demonios?

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3 respuestas a DANIEL JOHNSTON Y LOS DEMONIOS

  1. Manuel GomAc dijo:

    El mundo es de algodón, donde nadie cree que va a morir, donde todos esperan cumplir su sueño en piscinas de coca-cola, ese mundo se ve seriamente en peligro por gente como Johnston, que te hacen ver en sus ojos el absoluto terror de ser consciente que te lo único que puede salvarte es lo que todos te han dicho que es el diablo.

    La sociedad puede tolerarlos si los encierras en cajas de cristal, desde donde mirarlos en la distancia y decir, “Es un genio!” y seguir pudiendo hacer scroll en tu navegador hasta la siguiente cosa que te haga sentir original.

  2. javi dijo:

    Yo propongo organizarse. Cuando ya son varios los que reciben malas miradas -mientras se parten el culo haciendo lo que les gusta- la bolita de luz recibe menos pisotones emocionales.

  3. emerosn dijo:

    es la mejor publicación la mas razonable que e leido, fuera de lo superficial y profunda
    y lo mejor sobre daniel johnston

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