JUAN ANTONIO CANTA: EL ELEGIACO GRITO DEL LIMÓN

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Por Andrés Galán

En la última película de los hermanos Coen (Inside Llewyn Davis, 2013), Oscar Isaac daba vida a Llewyn, un cantante folk cuya más preciada propiedad era una guitarra acústica y un gato escapista de nombre Ulises. Chapuceramente embutido, con la cara (y el alma) partida, Llewyn brujulea por los viejos garitos del Greenwich en busca de una oportunidad que le permita sobrevivir meridianamente haciendo aquello que más le gusta hacer: cantar. Pero el fracaso es un perro sucio del infierno que se agazapa a la vuelta de la esquina y, aunque Llewyn lo intenta, los Coen nos dejan claro desde el principio que éste no tiene la más mínima oportunidad. No hay nada que hacer. Nadie quiere un cantante folk de jeta triste con una incapacidad, más bien innata, para desenvolverse en ámbitos ajenos a los acostumbrados por esa estirpe de músicos que gestan siempre desde el arroyo. A esta pléyade de músicos sin nombre perteneció Juan Antonio Canta, un tipo al que no podría aplicársele bajo ninguna circunstancia el calificativo de petimetre. Juan Antonio, como el Llewyn Davis de los Coen, fue un músico ambulante que, lejos de transitar los barrios bohemios de la ciudad de Nueva York, zascandileó, guitarra al hombro, por Montilla y otros pueblos de la provincia de Córdoba. Hay que imaginarse a Juan Antonio en uno de esos veranos del ochenta y tantos, entre chiringos y verbenas, pasando la gorra con un gesto torcido pero todavía canalla, canturreando como algún viejo juglar. Juan Antonio sabe que es lo suficientemente feo y lo suficientemente insignificante como para triunfar por sí mismo; por eso tras mucho paseo dubitante, el joven músico cordobés se arma de valor y se traslada a Madrid. Son los primeros años noventa y el gobierno de Felipe González hace frente a una banda de terroristas que se torna cada día más sanguinaria. Pero Juan Antonio, corajudo, no se amedrenta ante este presente violento y viciado, aderezado, además, por una peste musical que, desde Valencia, se extiende bajo el nombre de bacalao. Son los años de Chimo Bayo y de la farlopa; la derecha, que espera agazapada a la sombra del mismo modo que un león hambriento, tiene como principal líder a un tipo menudo y bigotudo que pasará, al albur de los acontecimientos, de funcionario de Hacienda a presidente del Gobierno. El 19 de abril de 1995, José María Aznar sale vivo por los pelos del bozo de un atentado con coche bomba mientras Juan Antonio, con la voz rota de ilusiones, pasea su desencanto lírico por diferentes locales de la capital. Son baretos nocturnos en los que se hacinan parejas de novios y borrachos que observan el cortejo con la nostalgia sedienta del que hace años que no se come una rosca. Entre humo de cigarrillos y cristales rotos, Juan Antonio canta, entre otras, a una novia perdida en el mar. Nadie sabe aún que su repertorio de apenas quince canciones tiene mucho que decir. Pero Juan Antonio, además de juglar lírico escribe cuentos y obras de teatro; sin embargo, a nadie le importa, ni siquiera a Pepe Navarro, quien, junto a los borrachos de la barra, observa las actuaciones del músico en el Café del Foro. Por entonces, el periodista cordobés conduce un late night en Telecinco llamado Esta noche cruzamos el Mississippi; espacio por el que se pasea la fauna y la flora de la España farandulera y criminal, dando cabida tanto a transexuales que enseñan las tetas por televisión como a criminólogos con hambre de fama que acusan a políticos de traficar (en VHS) con grabaciones de crímenes inconfesables. En este circo, se inscribe el comienzo del fin de Juan Antonio, quien, ante el inicial entusiasmo que le provoca la oferta del presentador, no se lo piensa dos veces antes de firmar un contrato que acabará por convertirse en su sentencia de muerte.

Unos meses antes, Juan Antonio ha grabado en un garaje de Córdoba quince espléndidas canciones recogidas en el álbum Las increíbles aventuras de Juan Antonio Canta. El músico se desgarra con los ojos semicerrados y escribe con una sensibilidad de genio que, por socarronerías de la vida, queda inmediatamente mancillada. Uno de los temas incluidos en el álbum es el reconocido hit La danza de los 40 limones, popularizado a ritmo de salto cuántico por el programa de Navarro. Una y otra vez, Juan Antonio es empujado a interpretar un tema que, lejos de reducirse a éxito de verano, representa poco más que una broma de evidente carácter juguetón. De la noche a la mañana, Juan Antonio se convierte en el tipo raro que canta de madrugada la bobada ésa de los limones. Nadie ha prestado atención, nadie ha querido indagar ni descubrir un disco que parece condenado al olvido. Juan Antonio se enfrenta entonces a la difícil encrucijada que supone desandar el camino a costaladas. Juan Antonio es un artista, un héroe de vanguardias que, con un tono salpicado de desafecto, es capaz de componer canciones tan oníricas y emotivas como La copla del viudo submarino o Bella di Napoli; confesión de tamaña dimensión poética que resulta casi imposible, como ocurre con todo texto poético, rascar en las profundidades de su contenido.

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La anagnórisis con la que se descubre casi siempre el teatro de la vida, desvela a Juan Antonio como otro de esos perdedores que, del mismo modo que Llewyn Davis, pelean a corazón abierto hasta caer rendidos a un lado de la cuneta. Pero a finales del noventa y cinco, Juan Antonio todavía canturrea con especial sentido del humor algunas de las letras por las que hoy muchos empiezan a reconocerlo. El éxito ha llegado tarde, como suele ocurrir con todos esos malditos que se salen del mundo antes de que la tierra baldía reconozca sus flores de vivos colores. Juan Antonio Castillo, así se llamaba nuestro anti héroe, no era ningún producto televisivo, lo suyo era transitar los territorios de la poesía, terruño, a menudo, reservado solo a los locos y a los endemoniados. Sin embargo, nada hay más opuesto a este mundo de poetas que el ruidoso ambiente televisivo donde Juan Antonio se vio arrastrado. Acompañado siempre de un coro de despampanantes y coloridas bailarinas, Canta se armaba con la acústica y repetía aquel canto de los limones que lo llevó de gira por un verano del noventa y seis cuyo final se traduciría en tragedia. En diciembre de ese mismo año, y cansado del mundanal ruido, Juan Antonio decide quitarse del medio. Los periódicos apenas reseñan su muerte, enterrándolo en el más hiriente de los silencios. Tendrán que pasar todavía unos años para que artistas como el Lichis, reconozan la herencia de Juan Antonio. Pero hay que pensar en Canta como un Llewyn Davis derrotado y solitario. Un caminante callado que, en lugar de transitar las heladas carreteras del medio oeste y enfundarse el abrigo en busca de un plato caliente, zigzagueaba hacia adelante por las vías secundarias de Andalucía la Alta. En un contexto de mediocridad y estruendo, Juan Antonio se revela como un artista de genuina sensibilidad. Todavía algunos estamos pendiente del documental sobre el cantante que Asbel Esteve estrenó en el pasado Festival de cine europeo de Sevilla. Mientras tanto, tenemos ese puñado de buenas canciones que Juan Antonio nos regaló.

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