PHILIP ROTH: CONSIDERACIONES INTEMPESTIVAS SOBRE EL TEATRO DE SABBATH

558VISO- 10A.

Por Carlitos Céline

En lo alto de una colina, accediendo por una serpenteante carretera que deja Zafra al otro lado del asfalto, se esconde un municipio de apenas mil habitantes cuyo gentilicio (parreños) refiere, antes que a un estado del espíritu, a un espacio geográfico concreto. Tratando de superar equívocos, estar en La Parra no es solo vivir en la inopia, también significa quedar emplazado en una tierra salpicada de dehesas y almendros en flor. Situada en la provincia de Badajoz, La Parra ha sido dominio de visigodos tardíos pero también de romanos fogosos y labriegos. Hoy no es más que otra aldea dejada de la mano de Dios en la que, por no quedar, no queda ni el típico vejete que se deja consumir la vida esperando pasar la parca arrullado en una sillita de playa. La Parra es un espacio (por eso de usar caprichosamente el oxímoron), de atronador silencio. Para quienes acostumbran el trasiego y la actividad frenética de la ciudad, el pueblo no puede más que presentarse como un espacio resbaladizo, hostil, refractario a  lo que se conoce como el entertainment. Y es que los habituados al pensamiento transeúnte, no tardan en experimentar el desamparo y la angustia que, por norma general, imprime el pausado ritmo rural en el, así llamado, neurótico hombre de ciudad.

El cementerio de La Parra es chiquito y popular. A diferencia de los célebres camposantos europeos, en él no descansan personajes eximios; los muertos de La Parra son finados sin lustre. La fiambrera allí reunida se caracteriza por una comunión de huesos que es prueba irrefutable de un puñado de vidas agotadas en un quehacer pequeño. Estos muertos no ostentan pomposidad; la mayoría se salieron del mundo sin hacer ruido, por la puerta de atrás, como quien aprovecha que nadie mira para largarse de la fiesta. Es así como hay que irse, en el momento correcto y sin armar jaleo. No obstante, y en cuanto uno abre la verja del camposanto, se topa con el que probablemente sea el único espacio de épica permitido dentro del cementerio. Huesos anarquistas y republicanos se mezclan en una fosa común con los restos óseos de quienes fueron fusilados antes de tener tiempo para reconocerse en un espejo. Son los caídos durante la guerra. Monumento a héroes cuyos nombres ya nadie recuerda. Es entonces, y paseando por el camino de gravilla que separa las distintas secciones, cuando uno recuerda las clásicas escenas de cementerio que aparecen en las novelas de Philip Roth. En aquellas que coronan la última parte de El teatro de Sabbath, pero también en las que salpicaban las páginas de Elegy.

DE CADA TRES PENSAMIENTOS, UNO LO CONSAGRARÉ A MI TUMBA

Los personajes que habitan la obra del escritor norteamericano suelen acudir al cementerio no solamente en señal de duelo, también lo hacen con la firme convicción de encontrar el agujero más propicio desde el que divisar la eternidad. No es extraño que alguno de estos héroes literarios realice la luctuosa visita sabiendo que transita la última parte del camino. Mickey Sabbath, titiritero jubilado de barriga oronda y barba hirsuta, es el protagonista total de El teatro de Sabbath, quizá, la novela más compleja y controvertida de Roth. En las postrimerías del relato, el viejo titiritero mantiene una larga conversación con el enterrador que se encargó de sepultar a sus progenitores. De hecho, Sabbath trata de ultimar con éste todos los detalles relativos a su inminente funeral. Visto lo visto, y tras hacer balance, Sabbath toma conciencia de que llegados a determinado punto, lo mejor es quitarse del medio. Trazar, como diría el escritor austriaco Thomas Bernhard, un suicidio largamente calculado, no un acto de desesperación espontáneo. A fin de cuentas, todo alrededor del viejo se desmorona. Drenka, con quien Sabbath mantenía una relación extramatrimonial desde hacía más de dos décadas, acaba de morir víctima de un cáncer. Roseanna, la esposa, trata de superar un problema de alcoholismo internando voluntariamente en un centro psiquiátrico y, para colmo de males, Linc, amigo de juventud del viejo, se ha suicidado. Ante este panorama, no queda otra que repensar el abismo. ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? ¿Y por qué somos lo que somos? Roth construye con El teatro de Sabbath, el que probablemente sea uno de los personajes más ricos y contradictorios de la literatura contemporánea. No es de extrañar que Sabbath resulte repulsivo para buena parte de los lectores, a fin de cuentas, Sabbath es un pervertido, un tipo que vive por y para el placer lúbrico. Desde los años de juventud, cuando el titiritero ingresa en la Marina, el hedor de los prostíbulos se ha revelado como el único motivo de su existencia. Una puta en cada puerto, podría decirse. Pero si Sabbath es un libidinoso, un pervertido y un trapecista de la eyaculación, no es solo porque le guste follar, que también. La reiterada obsesión por el sexo que Sabbath comparte con la finada Drenka -un vínculo sucio, casi visceral, imposible de establecer con otro ser humano-, convierten al titiritero en un álbum viviente de estampas pasadas. Con Drenka muerta, se acabó el entusiasmo.

En realidad, aunque pringosa y seminal, la relación que se establece entre Sabbath y Drenka, resulta tan íntima como intransferible. Por eso, en otro capítulo de la novela y repitiendo la obsesión de Roth por la relación existente entre Eros y Tánatos, Sabbath conduce hasta la tumba de Drenka para masturbarse arropado por una noche sin luna. Allí, y a solas con su deseo roto, en medio de un cementerio de pueblo, Sabbath juega a imaginar el cuerpo en descomposición de aquella con quien alcanzó la exaltación última de la vida. El sexo en las novelas de Roth es una patada contra la muerte, por eso sus personajes padecen siempre una compulsión irracional a practicar el coito. El orgasmo, y a diferencia de aquella ingeniosa expresión inventada por los franceses (petite mort), es para Sabbath, la expresión última del organismo vivo. En este sentido, el coito, el juego sexual llevado al límite, se asemeja a aquel impulso desmedido que desbordaba la literatura del, por otro lado controvertido, Georges Bataille. Si las principales religiones dhármicas han apostado siempre por una anulación del deseo sexual a través de la meditación y de la consabida negación del cuerpo, Sabbath representa el lado opuesto, erigiéndose como el último cruzado contra el poder destructor del Yo que implica la extinción. En el fondo se trata de aniquilar, a fuerza de eyaculación, el carácter transitorio de la sustancia. Sabbath se masturba ante la tumba de Drenka como manifestación de repulsa ante el último de los misterios: la muerte. La desnudez, el semen y la orina, son los modos vitales de afirmar el cuerpo y, por ende, la vida. Por eso, en una de las escenas más conmovedoras de la novela -a la par que cómica y, por ende, desconcertante- Drenka, ya moribunda, hace repaso desde la cama de hospital en la que se consume, de todas aquellas travesuras sexuales compartidas, o no, con Sabbath. Roth no escatima en líquidos corporales, y, obviando la literatura de Sade o del ya mencionado Bataille, nunca antes se ha leído una prosa tan pegajosa, tan intensa.

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LA INEVITABLE AMBIGÜEDAD DE LA NOVELA

Si por algo escandalizó a las mentes más reaccionarias y conservadoras del diecinueve el género novelesco, fue por el insolente carácter ambiguo que presentaban buena parte de sus narraciones. Las grandes novelas de personajes, piénsese, por ejemplo, en el Madame Bovary de Flaubert, describían existencias imposibles de asir, no ya de categorizar en los anaqueles morales de la época. Los juicios de valor, la separación infantil que diferencia con altivez lo bueno de lo malo y lo abyecto de lo repudiable, parecían impracticables ante un género que se mostraba rebelde, oscuro y contradictorio. Los motivos que llevaban a la Bovary a cometer adulterio eran tan indescifrables como los más insondables misterios de la física cuántica. No es que Flaubert quisiera ocultarnos la verdad a fin de hacernos la puñeta, al contrario, a lo largo del relato se dan pistas suficientes para comprender el trágico devenir de su protagonista. Lo que el lector conservador de la época no tolera, es que el género humano se muestre tan complejo y contradictorio al modo en que éste es presentado en el arte de la novela. Bajo esta perspectiva, el héroe novelístico, antes que como totalidad, es presentado como una suma de fragmentos rotos. Eso es precisamente Emma Bovary y eso es, también, Mickey Sabbath; un tipo que es capaz de quemar los burdeles de Latinoamérica y de robar las braguitas de la hija adolescente del amigo que lo acoge tras la muerte de Drenka; un sujeto que supera los límites de lo tolerado por la moral dominante pero que, a salto de página y a modo de flashback, se nos describe como un adolescente desvalido que, ante la noticia del fallecimiento de un hermano, se ve obligado a abandonar el hogar familiar para salvarse de las llamas. Entonces (com) padecemos con Sabbath, podemos imaginar el desasosiego del adolescente que se embarca huyendo de una madre destrozada por el dolor y de un padre que, ante la pérdida del hijo, pasa a convertirse en un individuo silente. La biografía hace al hombre y los acontecimientos son las vestiduras que se desgarran sobre la barriga del viejo Sabbath. Qué hacer, entonces, si, tras conocer el pasado del protagonista lo vemos acariciar las braguitas robadas mientras tiene lugar el funeral de Linc. Qué hacer con las lúbricas estampas de sexo que éste protagoniza con Drenka y con las jóvenes alumnas que asisten a su taller de marionetas. ¿No resulta, en el fondo, conmovedor, esta mezcla de invalidez y abyección? El propio Sabbath se siente en el fondo perseguido por el fantasma de la madre, la cual se presenta en forma de helicóptero o cometa cada vez que Sabbath decide mearse en la boca de Drenka. Otra vez la dichosa ambigüedad resultante de la explosiva mezcla que surge de esa peripecia temporal a partir de la cual se constituyen los seres humanos. Roth sabe dejarnos zarandeados y confusos como solo saben hacerlo los grandes novelistas. Porque transitar este tipo de textos es caminar a oscuras por un bosque frondoso con una linterna en las últimas. Destellos de luz y, después, otra vez oscuridad. La novela no pretende solucionarte la vida. Hoy, acostumbrados como estamos a certezas absolutas entregadas en forma de aforismos, de fraseología de baratillo, de consultas psicológicas y películas reconfortantes, la novela debe presentarse como un ejercicio que aniquile cualquier atisbo de certeza. En el cementerio de La Parra, por el que a buen seguro se hubiese paseado el bueno de Sabbath, se escucha el murmullo de un gato. Un vejete pasa ante la puerta principal. Me da las buenas tardes y se pierde al otro lado de la carretera.

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