TIEMPO DE SILENCIO: LUIS MARTÍN-SANTOS

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Por Andrés Galán

He leído Tiempo de silencio, de Luis Martín-Santos. El mutis temporal al que hace referencia el título de la novela no es otro que ese fragmento, ese lapso terribilis que corresponde al final de la Guerra civil española. Con un poco de fe, uno puede jugar a compactar miserias, a pensar que las heridas de la tierra se reducen a ese término de posguerra que poco sabe ya de años sesenta, pero mentira. Martín-Santos demuestra que la miseria corroe a España en los cincuenta, y también cuando el hombre ya ha dado saltitos de niñita sobre la luna. Que mucho traje espacial sobre el satélite, mucho Eurovisión y Massiel cantando aquello del La-la-lá, pero en España, todavía quedaba rato para el garrote vil. Ese silencio es aquello que esconde lo que no canta Massiel. Que todavía existen la tira de chabolas y analfabetos a las afueras de Madrid. Que la inversión en ratas de laboratorio, en microscopios y en voluntad positivista estaba, con Franco, para echarse a llorar. Martín-Santos sabía la tira del tema porque lo suyo era la psiquiatría. A la literatura se dedicaba solamente los fines de semana. Cuando la mujer y los niños se quedaban mansos en el salón mojando magdalenas en té. Entonces el escritor escribe. Coge carrerilla y no para. Se ve que había leído el Ulises, y la prosa de Faulkner. Y se ve también la voluntad renovadora que se imprime en su prosa, pero joder, Martín- Santos, respira. De tanta psiquiatría y tanto texto científico, resulta que hasta la más profunda de las veleidades humanas queda registrada bajo el concepto matemático. El estilo es estilazo, pero no para ir leyendo en el autobús. Tiempo de silencio hay que leerlo en la cama, con la batita boatiné. Entre tanto espíritu renovador y tanto bache, agradece uno al final un simple diálogo de personajes (objetivo, sin inventos). La novela es pesimista, como toda novela honesta. Pedro, su protagonista, es un investigador que experimenta con ratas de laboratorio acerca de la herencia del cáncer. El tipo es un poco abúlico, al estilo de los caracteres barojianos, por eso acaba como acaba. Deambula por un Madrid sombrío, con un tono desencantado y nihilista, sin mucha fe en el amor ni en sí mismo. A veces, este Pedro, carácter ficticio, suelta un par de monólogos interiores de lo más devastadores. Y si a uno le queda todavía algo de sangre en las venas, pues claro, lo turba y perturba. Porque hay que ver esta España cómo es y cómo ha sido. Tan rápida y tan anclada todavía a la miseria de chabola. Cierto profesor me contó una vez que los curas lo obligaron a leer Tiempo de silencio en el bachillerato. Error. Tiempo de silencio no se lee en bachillerato. El bachiller que lee a Martín-Santos en el bachillerato queda inmediatamente aniquilado. No se puede leer así, a la primera de cambio, los pilares sagrados. Habrá novelas más asequibles para la chavalería. Pero no Tiempo de silencio.

El autor tenía proyectado escribir una segunda novela titulada Tiempo de destrucción, no sabemos si en pos de construir una trilogía sobre la España mísera. En cualquier caso nunca lo comprobaremos. Martín-Santos muere, igual que Camus, en un accidente automovilístico a mediados de los sesenta. Nos legó una única novela tremebunda, cruel y desesperanzada. De unos tintes sombríos que denuncian un paisaje moral anquilosado y paupérrimo. Se aprecia el esfuerzo a la hora de renovar el lenguaje de la novela realista, pero a la larga, y visto desde 2016, el texto agota. Se aprecia el sentido del humor y el exacerbado esteticismo. Se aprecia la sinceridad y el atrevimiento. Se aprecia el furibundo y, en el fondo inútil, esfuerzo del novelista.

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