LA BUENA LETRA: RAFAEL CHIRBES, OTRA VEZ

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Por Carlitos Céline

<<Lo cierto es que, cuando a los pocos días acudimos al laboratorio a recoger los carretes, y después de todo el teatro que había montado tu tío Antonio, descubrimos que no había ninguna foto que estuviese bien. Sólo en una de las copias se distinguían ciertas sombras que podían resultar vagamente reconocibles para quien hubiera estado en la fiesta. Guardé esa foto fallida durante años. «Parecemos espíritus escapados de la tumba», dijo tu padre riéndose>>.

La buena letra, de Rafael Chirbes, es una novelita ligera. La puede llevar uno, qué se yo, en el bolsillo de la chaqueta sin notar el peso. Tampoco se trata de un mamotreto como las grandes obras de Tolstoi y Dostoievski, lo que quiere decir que La buena letra se puede leer. Tratándose, como se trata, de un texto de extensión breve, la novela de Chirbes tampoco sirve para sujetar ese sofá con estampado de flores que se vence, desde hace años, en el piso de Matalascañas. La puede llevar uno en el bolso de mano, mezclándose con la barrita de labios y los pañuelos para hacer pis. La buena letra no pesa. Es leve como el flato de un neonato. Ni siquiera puede utilizarse como elemento arrojadizo en caso de violencia doméstica. Hasta que se lee. Una vez hecho el ejercicio de lectura, las ciento treinta y cuatro páginas de La buena letra se convierten en plomo. Entonces no hay bolso de mano que valga, Chirbes ha condensado en un centenar de páginas los padecimientos de varias generaciones. Se pregunta uno si todas esas traiciones inmanentes a cualquier círculo familiar, los rencores y decepciones, pueden ser concentrados en tan limitado espacio literario. Chirbes demuestra que sí, y no necesita derrochar papel. Los ecologistas deben estar contentos. El escritor valenciano va desgranando las vidas de sus personajes con una seriedad y contención que desarma al más gallito de la clase. El autor adopta la voz de Ana, una mujer provinciana de posguerra cuya prosa desencantada (no podía ser de otro modo), sin aspavientos ni hiperbólicos movimientos de corazón, va desmigajando a su hijo Manuel las entradas y salidas de aquellos que habitaron el espacio familiar antes que él. Ana escribe con la gracia marchita de una mujer acostumbrada a la miseria. En realidad, La buena letra es como sentarse a escudriñar una de esas viejas fotografías que todas las familias conservan guardadas en cajas de zapatos. Estampas maltratadas por el tiempo donde la gente parecía más alegre y luminosa.

Te preguntas quién narices es ese tipo bronceado que sonríe presumiendo de palmito. Tu madre te dice que el abuelo, cuando era joven y todavía pertenecía al equipo de fútbol regional. No obstante, tu madre ignora por completo la identidad de ese otro que está con él. Seguramente un amigo que ya se ha muerto. En la solapa no hay nombres que despejen la incógnita. Si acaso, una fecha anotada con pulso apresurado, con mala letra, porque como nos dice Ana, o Chirbes (con tanta literatura uno se lía), la buena letra es el disfraz de las mentiras. Así, uno va tratando de desenterrar muertos, espíritus salidos de la tumba. Chirbes va enumerando la muerte de un abuelo por aquí y de una tía enferma por allá. En La buena letra, los miembros del clan se van muriendo sin ruido ni tragedias. Que en la posguerra no había dinero para plañideras y todo se hacía con bastante discreción, incluso si ese acto resultaba ser el acontecimiento último de morirse. Por la novela desfilan la abuela María, el abuelo Juan, el tío Antonio y la tía Gloria, y todos nos parecen cercanos, conocidos. También es cierto que el peso plomizo de la novela, ése que tan bien ocultan sus dimensiones, hace mella en el lector sensible. Aquí no puede uno esperar consuelo (para eso está Hollywood). Aquí todo resulta sincero y, en el fondo, bastante familiar. Que el texto es duro no lo niega nadie. Por ejemplo:

<<Un día recogió su ropa muy temprano. Cuando me levanté, ya estaba Gloria sentada en el comedor con la maleta al lado. Me pidió: <<Ana, llévame a Misent>>. Volvió al hospital y, dos semanas más tarde, nos avisaron para que recogiésemos su cadáver, sus botellas, sus cartones de tabaco y su maleta de ropa. Digo de ropa, porque cuando abrimos la maleta, no había en su interior más que algunas piezas de tela y algunos vestidos y cosas de aseo. Ningún detalle, ningún recuerdo que la atase a algo o a alguien sobre esta tierra>>.

O este otro:

<<Pensaba que él está cada vez más lejos y que la muerte no va a juntarnos, sino que será la separación definitiva, porque, cuando también yo me haya ido, las sombras se borrarán un poco más y el viejo sufrimiento habrá sido aún más inútil>>.

Pero el lector no enloquece, porque la literatura de Chirbes, como la de cualquier escritor de genio, acoge. Se trata de un extraño giro que va de la desolación a la comprensión. Los libros de esta naturaleza desprenden el calor típico de los cuerpos que, una vez hacen el amor, se quedan un rato parloteando, apurando el último cigarro. Haciéndose ese tipo de confesión que solo los libros se atreven a hacer sin pudor. Porque está claro que Chirbes nunca nos hablaría como lo hace Ana. La verdad hay que esconderla debajo de la alfombra. Porque como bien sabía otro genio crepuscular, la gente no se merece la verdad.

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