A PROPÓSITO DE HÖLDERLIN: UN HOMBRE ENTRE DOS TIERRAS

Caspar_David_Friedrich_-_Mondaufgang_am_Meer_-_Google_Art_Project

Por Pablo Rey

Hölderlin no es un caminante sobre un mar de nubes (Friedrich, 1818), es un experimentado bañista con exceso de confianza. Como suele ocurrir cuando uno confía tanto en sí mismo que ya ni siquiera mide los peligros, Hölderlin, espíritu romántico hecho carne, se lanzó sin contemplación a la búsqueda de la plenitud. No había condición o restricción que pusiera freno a su ahínco. Sin duda era un hombre obstinado -se me viene a la cabeza el texto de Hermann Hesse, Obstinación, sin duda roommate espiritual de Hölderlin, en el que describe el rasgo del carácter del siguiente modo: “El obstinado obedece a otra ley, a una sola, absolutamente sagrada, a la ley que lleva en sí mismo”-. Hölderlin sólo contemplaba un objetivo y toda su obra y probablemente su vida se encuentren en la estela de dicho concepto: plenitud. Tonto, loco o genio, es irrelevante. Sin duda su incansable impulso, su entrega, es admirable.

Ahora bien, como decía, Hölderlin no contempla desde la lejanía el torrente bullicioso que es la vida espiritual. No es como esos románticos teóricos, no es un hombre de conocimiento, no le basta con la contemplación. Él necesita sentir dentro de sí aquello que contempla. Y esto, señoras y señores, que se dice pronto, es un problema terrible. Porque si recuerdan ustedes el cuadro de Friedrich, deben imaginar por un momento que ese hombre bohemio, con toda su elegancia recogida en su traje y su bastón, su pose altiva, mostrando sin dudar el llegar, el fin de un pequeño paseo, ese hombre de melena libidinosa y linaje aristocrático se lanza al vacío, al mar de nubes, en pretensión irresponsable pero grandiosa, de asir una de esas nubes. Por supuesto que su afán es trágico. Su salto es al vacío. Pero la esperanza era suficiente para H. Ahora imaginemos por un momento que bajo las nubes había un bravo mar, una tempestad desatada, la furia de los dioses descargada contra el más vivo de los seres inertes. Ese hombre que se ahoga, que lucha incansablemente por sobrevivir; que es revolcado una y otra vez sobre sí mismo en angustiosa lucha de fuerzas centrífugas y centrípetas; que no encuentra asidero más que en su propia voluntad de fuego, su instinto vital, su firme creencia en la posibilidad de un reencuentro con tierra firme; ese hombre entre dos tierras, lejos ya de lo que un día fue su casa y lejos aún de lo que podría ser una nueva, ese hombre luchador, angustiado, nostálgico a la vez que esperanzadamente enérgico, complejo, renacentista, romántico, en contacto por ello mismo con toda esperanza, ese hombre es Hölderlin. Aun así, metiéndole un dedo en el ojo al sentido común, esa esperanza no es tan vana como parece. Cuando torna sus manos para mirar las palmas vacías vé gotas de las nubes en ellas. Algo hay que reconoce como aquello que busca, aunque en menor medida, disminuido, caricaturizado. Encontremos algunos rasgos de su psicología en ciertos elementos de su poesía, con el fin de verlo más claro.

Pensar en Hölderlin y no pensar en Grecia es imposible. Cierto es que resulta también imposible no respirar el aire mediterráneo cuando se nombra el Romanticismo o el Renacimiento, pero en Hölderlin esta característica cobra un significado especial. Grecia no es sólo ese pueblo idílico y ejemplar que resulta para Schiller o Goethe. Pueblo, por cierto, no sólo idílico sino absolutamente idealizado debido a la ausencia de conocimientos históricos fidedignos y por supuesto a la falta de contacto con el pueblo llano -como nos cuenta Antonio Pau en la biografía Hölderlin, el rayo envuelto en canción (Trotta, 2008)- . Grecia no era una realidad, era lo que aparece en los libros; se tomaba la parte por el todo; Platón, Homero, Heródoto, Héroes por los homínidos corrientes. Pero lo griego no era para Hölderlin un arquetipo, era un concepto abstracto, un tiempo no físico sino espiritual: Kairós. El alma se abre y accede al reino de los griegos. Tiempo que se actualiza, sin espacio, que aparece una y otra vez. Una forma de sentir y de estar en comunión con la existencia; en definitiva representa el concepto de la plenitud en la tierra, aunque no sólo eso, dado que los símbolos suponen para H un complejo de ideas y sensaciones que se agrupan en una sola imagen. En este caso, Grecia es plenitud, pero sin duda el máximo exponente de esa plenitud está en el pasado. Hubo un tiempo en que el espíritu se sentía libre para ser grande, y salía a diario a pasear, a jugar, a hermanarse con las cosas y los hombres. No había miedo ni historia. Ese tiempo, morada de los inmortales todos, es también el tiempo de la juventud. Inocente juventud en la que la apertura es el estado natural del alma. Juventudes, porque es la de todos. Dice en una de las más famosas citas de Hiperion (Hiperion, 1998): “Ojalá no hubiera ido nunca a vuestras escuelas, pues en ellas es donde me volví tan razonable, donde aprendí a diferenciarme de manera fundamental de lo que me rodea; ahora estoy aislado entre la hermosura del mundo, he sido así expulsado del jardín de la naturaleza, donde crecía y florecía”. La juventud ha muerto y Grecia con ella. Es la muerte misma del alma, la incapacidad para permanecer liberada de cadenas, lo que convierte a Grecia y a la juventud en concepto abstracto que significa a la vez pasado de plenitud y promesa de futuro. Huyendo de un pasado que no puede alcanzar se lanza el poeta al mar de nubes del cuadro de Friedrich.

Pero esa pérdida no es absoluta. Como restos en la piel de una refriega, permanece en el alma la capacidad de reencontrarse de vez en cuando consigo misma. Junto a la nostalgia de lo perdido, recorre toda la obra de Hölderlin constantes poemas iluministas, producto sin duda de esos instantes de lucidez en que la angustia ha dejado de apretar.

Hemos vivido otro azar feliz. La peligrosa sequía va cediendo poco a poco,

y la luz en exceso cruda no quema ya las flores.

Ábrese de nuevo el espacio a nosotros. Los jardines respiran la salud,

y el valle refrescado por la lluvia resplandece y rumorea

bajo sus altos verdores, hínchanse los riachuelos y todas las alas

cautivas se arriesgan de nuevo por el reino de la poesía.

Parece el aire poblado de seres gozosos y la ciudad y los bosques

hormiguean de criaturas contentas, felices hijos del cielo.

¡Qué alegría la de un nuevo encuentro, la de ir y venir sin cuidados!

Nada es excesivo y nada falta ahora

Y, siguiendo los impulsos de su corazón, respiran la gracia,

gracia predestinada que les fue dada por un dios.

Y así continúa un poema titulado Stuttgart, describiendo un estado de felicidad, de recepción perceptiva de lo cotidiano como algo maravilloso; de la naturaleza, no como un paisaje -propio de una poesía naturalista- sino de la naturaleza como espacio representativo de lo interior -más propio del romanticismo-, y es ésta otra de las grandes características de su poesía, la transmutación de los estados internos en imágenes externas que los representan, como la naturaleza, Grecia, la noche, el fuego…; Pero es ese espíritu perdido al que a veces accedemos el que hace, de la poesía y de la vida de Hölderlin, ese conjunto de fuerzas centrífugas y centrípetas que describí al inicio. Imaginad alguien que entre angustias y desaires puede ver el cielo. Sin duda se asemeja a un bañista al que le ha arrastrado la marea y que se ahoga en la tormenta, pero entre vuelta y vuelta de las olas aspira una bocanada de aire que le sabe a perfección, a presente y futuro, a vida. Como si por un momento creyera que está en calma y que todo terminó, aunque intuya de cierta manera inevitable, que volverá a girarse y a tragar agua venenosa.

cine_y_arte_the_revenant_Enfilme_r8747

La naturaleza representa ese instante, pero no sólo ésta, sino también el vino, la fiesta, el feliz olvido de sí mismo. En el maravilloso poema El pan y el vino, Hölderlin describe la felicidad de la vida nocturna, que se aleja por un momento de la luz, se embriaga y en el renunciar a uno mismo se sumergen los cuerpos en euforias de felicidad, corrientes de palabras incontinentes, risas y emociones. En este caso la plenitud no es directa, no es vivida en su esplendor sino en su sombra, más aún así parece brillar desde lo lejos.

            Ay feliz olvido, ser atormentado. Si amas la plenitud por qué la rechazas, pues es el olvido de sí un olvido de todo, una paz engañosa.

No se nota que se acercan. Se rebelan todos contra ellos;

y se rechaza infantilmente una dicha demasiado luciente, en exceso cegadora.

El hombre teme estas cosas; e incluso un semidiós apenas

sabe dar sus verdaderos nombres a los que vienen a colmarle

con sus dones.

[…]

Pero, amigo, llegamos tarde. Sin duda los dioses viven aún, pero sobre nuestras cabezas, en lo alto, en otro mundo;

y allí actúan sin cesar, sin preocuparse mucho de nuestra suerte. ¡Tal cuidado ponen en evitarnos!

Pues a menudo no puede contenerles un débil recipiente,

que el hombre no soporta sino por instantes la plenitud divina.

Y la vida que sigue se pasa en sueños sobre ellos.

Ambos extractos del poema El pan y el vino. Y recordemos el segundo verso del poema Stuttgart: y la luz en exceso cruda no quema ya las flores. Hölderlin tiene miedo. La luz le ciega, la plenitud le resulta insoportable. ¿Por qué huye de aquello a lo que tanto le canta? Parece ilógico, pero era de esperar. Hay una circunstancia en su vida que tal vez pueda explicar la forma en que siente el mundo. Esta circunstancia es muy sencilla: Hölderlin  no era más que otro pequeño-burgués acomodado que prefirió sufrir las dificultades impuestas naturalmente por su condición a luchar por ganarse verdaderamente un lugar en el mundo. ¡Ah, la autocompasión! es algo terrible. Como era habitual en las familias de los siglos XVII y XVIII, alguno de sus hijos tenía el destino escrito de hacer carrera eclesiástica. En este caso le tocó a Hölderlin. Su vida estaba pre-programada para ser pastor o, como mínimo, para enseñar en el seminario. Entre luchas y solicitudes a su madre, intentando cambiar su destino pero ciñéndose siempre cordialmente a los deseos de su madre, terminó el seminario. Vivió el resto de su vida lúcida con miedo a aceptar algún cargo de pastor, pero no se atrevió nunca a decirle a su madre un santo “¡no!” imperativo. Ésta, por su parte, arpía codiciosa y manipuladora, no le concedió jamás la parte de la herencia de su padre -muerto cuando era H un niño- que le correspondía, con la finalidad de obligarle a aceptar un cargo eclesiástico como paliativo contra las penurias terrenales.

 Es normal odiarse a sí mismo, debil, ser patético, y condenarse, creerse maldito. ¡Aciago destino! debía ser el saludo de Hölderlin. ¡Ay de mí! su rezo. El feliz olvido de sí mismos, el hundimiento en la naturaleza, con el cual, ya sin uno mismo, poder reencontrarse con la paz, con la plenitud, el reencuentro con la inocencia -época en la que su vida no se veía turbada por la condena- se comprende como algo lógico. Por otra parte, esos mismos encuentros con la plenitud soñada son constantes aguijones. Recuerdos de la posibilidad de una vida más feliz, una vida que se estaba perdiendo, pero para la cual hacía falta asumir una responsabilidad de uno mismo que Hölderlin no estaba dispuesto a soportar. “No sin mi madre”. Eso sí, nunca perdió la esperanza. No se resignó completamente. No era capaz de combatir ni de perder la esperanza. No era capaz de volver ni de avanzar. Se encontraba a medio camino entre la nostalgia, la idolatría y la memoria, y la ilusión, la certeza y la experiencia. Era un hombre sometido a las inclemencias de la vida, un hombre subyugado y a la vez enérgico y poseído por la más grande de las energías y de las esperanzas. Tal vez la locura fuera su único camino para proteger lo que era propio -una vez más-, para huír de aquello de lo que no podía huir, su madre, símbolo probablemente de ese amor infantil, de esa plenitud que sentiría resquebrajarse. ¿Cómo podría renunciar a ella, cómo podría renunciar a Grecia?

Apresúrate, oh apresúrate, nueva hora de la creación.

Sonríe, dulce edad de oro.

Solicita con angustia en los Himnos de Tubinga. La edad de oro no está en el pasado, está en el futuro y sin duda desea con un ardor propio de las más oscuras pasiones que llegue. En el fondo, Hölderlin no era un nostálgico. Le pesaba más el futuro que el pasado. El pasado, tal y como hemos visto, no es algo que se deje atrás, sino que es algo intemporal, tiempo-siempre-presente, kairós. La razón de esta creencia es que se lanzó hacia el futuro. Se zambulló en las inclemencias del tiempo. La razón de que no lo lograra es que no se lanzó completamente, en cierto modo se quedó a trás. Y ese es el problema: que murió siendo un caminante, un náufrago, acaso destino inevitable. En apariencia era absolutamente incapaz de llegar a su destino. ¡Hay espíritus así! Pero a pesar de su desgracia, hay algo grande en él, y parece que uno pueda pensar, aunque esté seguro de que no es más que una ilusión, cuando ve la potencia pirotécnica y lúcida de la bruma y el viento que sus poesías desprenden, que esa vida mereció la pena ser vivida.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s